Editorial
Pablo Da Silveira
Las libertades civiles (es decir, aquellas que protegen nuestra vida privada) suelen recibir menos atención pública que las libertades políticas (es decir, aquellas que protegen nuestra condición de ciudadanos). Un gobierno que limita la libertad de comercio genera habitualmente menos escándalo que uno que limita la libertad de sufragio. Sin embargo, el respeto de las libertades civiles tiene una importancia difícil de exagerar.
Este respeto es crucial, en primer lugar, porque de las libertades civiles depende nuestra felicidad personal. Si no puedo elegir la actividad a la que quiero dedicarme, la persona con la que me voy a casar (si es que decido casarme con alguien), el dios en el que voy a creer (si es que voy a creer en alguno) o los lugares por los que voy a transitar, difícilmente podré vivir una vida que pueda considerar mía. Por eso es tan importante que el Estado no interfiera en las decisiones privadas, así como es esencial que nos proteja de las eventuales interferencias generadas por terceros. La seguridad ciudadana es una función básica del Estado, porque estar a salvo de la violencia ajena es una condición para construir la vida que queremos vivir.
Pero las libertades civiles no sólo son importantes en sí mismas. Además, son vitales para que podamos ejercer nuestras libertades políticas. La vida privada no sólo es el espacio donde ocurren algunos de los hechos más importantes de nuestra existencia (como enamorarnos, tener hijos o realizarnos profesionalmente) sino también el ámbito donde satisfacemos muchas de nuestras necesidades y realizamos nuestros proyectos sin tener que recurrir al auxilio del gobierno. Esa posibilidad de tomar decisiones con independencia de la autoridad política de turno es una condición esencial para ejercer libremente nuestra condición de ciudadanos.
Si sólo puedo ganarme la vida ejerciendo un empleo que me otorga el gobierno, difícilmente me atreveré a criticarlo en público. Si para acceder a ciertos tratamientos médicos necesito la autorización de un funcionario designado con criterio político, más vale que sea muy sano en el caso de ser opositor. Si para mudarme de casa necesito la aprobación de un vigilante de la revolución o alguna figura semejante, quedaré expuesto a sus exigencias más arbitrarias. Si no puedo educar a mis hijos en función de mis propias ideas y valores, es muy probable que sean educados como militantes del partido de gobierno.
Una vida privada autónoma es una condición esencial para ejercer ciudadanía. Y el problema es que la autonomía de la vida privada es muy vulnerable a la lógica política. Un Estado que interviene en todos los aspectos de nuestra existencia terminará por someternos a su lógica de poder y de control.
Cuando eso ocurre, quedamos anulados como sujetos capaces de decidir por nosotros mismos. Esa es justamente la definición del Estado totalitario. Cuando se cae en el totalitarismo, hasta las decisiones más cotidianas (por ejemplo: cómo se viste o qué lee la gente) terminan por cargarse de significado político. Todo se convierte en objeto de vigilancia y la libertad colapsa.
Libertad y ciudadanía
16/Nov/2010
El País, Pablo Da Silveira