Ninguna frase supera a la de Dante para
hablar de la guerra siria, cuyas imágenes se repiten una y otra vez hasta el
cansancio, hasta que el ojo deja de ver y comprender, saciado como está de
tanto espanto. Puesto que se trata de una guerra amorfa, asimétrica desigual,
no vemos ni trincheras ni compañías de soldados, y los aviones de las
fotografías de prensa podrían ser de cualquier origen, tan pequeños y delgados
se ven. Es una guerra desigual porque la fragmentación de los contendientes
contrarios a Assad es infinita y los nombres rimbombantes en árabe de los
distintos grupos y grupúsculos se multiplican más rápidamente que la necedad de
un mosquito que insiste en chupar sangre donde ya no queda ningún glóbulo rojo.
Pero Siria es apenas un modelo de lo que sucederá pronto en otras partes del
Islam, aparentemente controladas por gobiernos de facto o monarquías añejas. Su
civilización está signada por la ausencia de diálogo: el Corán está lleno de
órdenes y es uno de los pocos libros sagrados, me hizo notar una amiga muy
avispada, lleno de ¡signos de admiración!
Sus versículos, originalmente gritados desde una torre, continúan
siéndolo. Todo es en ese libro imperativo, casi no hay templanza, sosiego.
En el otro extremo Libia es más de lo
mismo, y pide a gritos otro Gadaffi. Lo vio con claridad y así lo dijo Mubarak,
el defenestrado presidente egipcio. Esos pueblos necesitan tiranos, que
naturalmente no se llaman así en tales países. La desventaja de una guerra como
la siria es que nunca, nunca puede surgir de ella un ganador claro y magnánimo.
Quien se imponga será despiadadamente cruel con el otro, el vencido, y todos
aquellos exiliados y fugitivos que decidan regresar, si es que lo hacen, serán
tratados como apestados. Es ante este panorama que se descubre que la no
intervención norteamericana en su momento resultó mucho peor que la
participación rusa actual. Comparemos la transparencia un poco ingenua de Obama
con la opacidad de viejo mujik de Putin, la goma de mascar con el borscht. Lo
elástico con lo líquido. No por casualidad la marca clásica de chicle se
llamaba Bazooka y no por casualidad el borsht tiene el color de la sangre
espesa. Todos los imperios son crueles y carnívoros, incluso el imperio
islámico lo fue. De tal manera que, visto desde el punto de vista actual, ha
resultado mejor el colonialismo europeo para esos países que el nacionalismo
árabe. Todo lo que vino después de las guerras de liberación fue, en cierto
modo, peor. Creó expectativas que nunca se cumplieron. Hasta que llegó la mal
llamada primavera árabe y empeoró aún más las cosas. De ahí el lasciate ogni
speranza. El delicado y elíptico lenguaje de Occidente no puede ayudarles si
antes no se ayudan a sí mismos.
No está lejos el día en que un intelectual
europeo filme los desastres de la guerra y los llame Alepo mon amour, remake de
aquella película sobre Hiroshima ante la que tantos de nosotros lloramos
desconsolados. El viejo continente puede
ser responsable de muchos desmanes, pero de ningún modo tiene la culpa de ese
carcomido paisaje bélico del que han huido todas las esperanzas. Tampoco tiene
la culpa de no poder albergar a todos sus fugitivos.
Lasciate ogni speranza
21/Sep/2016
PorIsrael, por: Mario Satz