Las hojas caídas del Libro Verde

26/Ago/2011

El País, Claudio Fantini

Las hojas caídas del Libro Verde

25-8-2011
LA BITÁCORA CLAUDIO FANTINI
Su derrota comenzó en las primeras manifestaciones, porque la multitud hizo flamear la vieja bandera de la monarquía. El símbolo del trono que ocupó el rey Idris, emir de la Cirenaica liberada de los italianos y posteriormente unida con Tripolitania bajo la misma corona.
La independencia de Libia había nacido en el Este del país, porque de allí era Omar Muqtar, su principal impulsor y mártir. Por eso el eje del poder se apoyó en Cirenaica, hasta que el golpe militar de 1969 puso el mando en Tripolitania. Muamar Gadafi tenía sólo 27 años y el grado de capitán, pero provenía de Sirte y pertenecía a uno de los clanes beduinos más poderosos del Oeste.
Desde que llegó al poder, bendecido por el hallazgo del petróleo, se dedicó a reescribir la historia minimizando el peso que en la lucha contra el fascismo italiano habían tenido los cirenaicos. Escribió también los tres tomos de su Libro Verde, desarrollando esa «tercer teoría universal» que calcaba los idearios de Naser, Sukarno, Perón y otros líderes nacionalistas que terciaban entre capitalismo y marxismo. Pero en el «gadafismo» deambula errático el «hombre nuevo» del Che Guevara y la supuesta sabiduría confuciana que Mao Tse-tung expresó en su Libro Rojo. ¿El resultado? La democracia directa que pregonó Rousseau contra la democracia representativa (indirecta) de Montesquieu. Eso debía ser la «jamahiriya» (república de masas) que Gadafi proclamó en 1979. Pero el autogobierno de las masas fue, en la realidad, una autocracia personalista. Propuso a Rousseau para gobernar como Luis XIV. Algo tan contradictorio como las reflexiones humanistas que escribió y las alianzas políticas que selló con dictadores de la calaña del lunático ugandés Idi Amín, el «emperador» centroafricano Jean-Badel Bokassa y el sanguinario amo del Zaire, Mobutu Sese Seko.
Europa y Estados Unidos lo abandonaron a pesar de los grandes negocios que hicieron con él en la última década, porque jamás le perdonaron masacres como la del avión que derribó sobre Escocia en 1988. Y el pueblo se rebeló contra él a pesar de las sólidas políticas sociales de las primeras décadas y del sistema educativo que alfabetizó hasta el último beduino nómada del desierto, porque el modelo económico llevaba mucho tiempo en la decrepitud.
Con la economía estancada, quedaban a la vista la ridiculez de sus túnicas y sus cirugías faciales, pero fundamentalmente, la contradicción entre su proclamada «democracia directa» y la realidad de un despotismo represivo aun peor que el caído en Túnez junto a Ziné Ben Alí, y en Egipto junto a Hosni Mubarak. Contra esa gran mentira se hizo flamear la bandera de la antigua monarquía cirenaica.