La patria de la rosa blanca

14/Mar/2011

El Observador, Lincoln Maiztegui Casas

La patria de la rosa blanca

12-3-2011
OPINIÓN La represión, como siempre desde los primeros tiempos del proceso revolucionario, ha procurado adelantarse a las protestas y se ha cobrado muchas víctimas, aunque en apariencia ninguna -todavía- mortal
LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
El oficialismo se ha dividido respecto a lo que está sucediendo en los países árabes, y en particular, en la Yamahiria, nombre que el régimen de Muammar Gadafi le dio a la antigua Libia. Los sectores moderados del Frente Amplio han emitido una dura declaración contra la dictadura del líder libio, contra su pertinaz negativa a procurar una salida negociada y contra la brutal represión de que son objeto aquellos ciudadanos que se manifiestan a favor de un cambio, supuestamente democrático. El MPP, en cambio, logró bloquear en el Parlamento una posición oficial de esas características, tal vez porque sus integrantes tienen buenas razones para temer lo que vendrá después; si Gadafi es un tirano impresentable -deben pensar- su sustitución por un régimen teocrático sería salir de Guatemala para meterse en Guatepeor. Personalmente, creo que asiste una buena dosis de razón a cada una de las partes. Sin embargo, hay un campo entre esta sensibilidad y la que muestra la coalición (con deleznables excepciones) en relación con la dictadura cubana, lo que resulta todavía más difícil de explicar, a la luz de los principios, que el problema de Libia. En este tiempo de intensas movilizaciones populares y de eclipse de viejas dictaduras que parecían inamovibles, los aires de fronda, aunque aún muy livianitos, están llegando a la patria de José Martí; las manifestaciones de esas corajudas mujeres, madres de presos y asesinados políticos, están provocando reacciones cada vez más violentas de un régimen caduco que a estas alturas ni siquiera sabe si es socialista o ha dejado de serlo. La represión, como siempre desde los primeros tiempos del proceso revolucionario, ha procurado adelantarse a las protestas y se ha cobrado ya muchas víctimas, aunque en apariencia ninguna -todavía- mortal. Frente a esa realidad, y a la propuesta de los partidos históricos de aprobar en el Parlamento un moderado manifiesto en el que se expresa preocupación por la absoluta falta de respeto a los derechos humanos que reina en Cuba, el oficialismo, si bien con diversos pretextos, ha respondido en bloque, y esa respuesta ha consistido en negarse a cualquier condena a la dictadura cubana. Por supuesto, no hay que esperar nada del señor Lorier, que ha tenido la desvergüenza de calificar de delincuente a un mártir muerto en huelga de hambre, iniciada y culminada trágicamente en pro de la apertura de generosos ventanales capaces de renovar la atmósfera con un hálito de libertad; lo único que cabe, frente a esa canallada, es escribirla, grabarla, retenerla de todas las formas posibles, porque tiempo llegará en que se pueda refregar por las narices a su autor. Pienso en los sectores claramente democráticos del Frente Amplio, aquellos frente a los cuales, por profundas que sean las discrepancias que se tenga, debe mantenerse una postura de respeto por su paladina defensa de las libertades públicas. ¿Cómo es posible que continúen negándose, a estas alturas, a cortar toda relación con una tiranía abyecta y corrompida hasta el tuétano? ¿Cuál es la oculta razón que mueve a quienes son capaces de vibrar frente a la prepotencia de los mandones, a hacer, en este caso, un vergonzoso mutis por el foro? Confieso que cada día lo entiendo menos. Si en tiempo del mundo bipolar podía caber el pretexto -absurdo pero pretexto al fin- de no favorecer a quien se consideraba el enemigo (como si se pudiera justificar un crimen porque el otro también los comete), hoy ni siquiera esa posibilidad existe. Y juro que lo lamento. Cuando se restablezcan las libertades en la patria del espléndido, heroico poeta de la rosa blanca, muchos tendrán que esconder el rubor de sus rostros por no haber tenido el coraje de admitir las cosas como son.