La Niña Bomba

21/Ene/2015

El País, España, Por Jorge Hernández

La Niña Bomba

Hace 10 días una niña de
diez años de edad, previamente secuestrada por la organización terrorista Boko
Haram, se acercó a la entrada del mercado de Maiduguri, capital del estado de
Borno en Nigeria. Al parecer, la niña no sabía que iba envuelta con embutidos
explosivos que al estallar causaron la muerte a más de una veintena de personas
y heridas graves a otro tanto. La niña voló en pedazos y el mundo estaba
distraído en otras protestas contra otros horrores.
Hace menos de un año, se
aprovechó el espacio de estos párrafos para asegurar que, al parecer, ni los
propios miembros de la organización terrorista conocidacomo Boko Haram de
Nigeria saben cuál es el verdadero significado de su nombre. Fundado en el
pueblo de Maiduguri como Congregación del Pueblo por la Tradición del
Proselitismo y la Yijad, ganaron el apodo de Boko Haram (que podría traducirse
como «pecado prohibido») como epíteto coloquial entre la gente que
los identifica desde 2009 como extremistas islámicos no sólo con etimología indefinida,
sino también sin límites en su credo enrevesado: la conversión forzosa de todo
incauto a su interpretación particular del Islam, al tiempo que no conviven con
la población musulmana y la profesión de unir todo militante de su concepto de
religión, al tiempo que incluyen ahora criminales incrédulos, mercenarios
sanguinarios y radicales irracionales. Mohammed Yusuf, fundador de esta
Congregación del Mal, llegó a asegurar en una entrevista con la BBC de Londres
que su cofradía luchaba por abatir no sólo la teoría de la evolución de Darwin
y las oportunidades de educación entre mujeres, sino rechazar abiertamente la
redondez de la Tierra. Para él y sus fanáticos ignorantes, la noción de que
vivimos en un planeta esférico contradice las enseñanzas de lo ellos entienden
por Islam, tanto como se niegan a creer que la lluvia es en realidad agua
evaporada por el Sol.
Para Boko Haram la noción
de que vivimos en un planeta esférico contradice las enseñanzas de lo ellos
entienden por Islam
La animalidad de la
ignorancia se vuelve violenta no sólo porque su condición esencial contenga la
palabra mal, sino porque se intentó combatirla no con la razón. Yusuf y sus
seguidores se volvieron terroristas contra toda forma de lo que llaman
educación y cultura occidental: violencia ante cualquier insinuación de
democracia y ni imaginar el asco que les provoca escuchar que alguien hable de
fotosíntesis. Sin embargo, antes de que muriera su líder Mohammed Yusuf se supo
que llevaba una vida lujosa, que hablaba perfecto inglés y que tenía a su
disposición un Mercedes Benz con chofer.
Entra en escena Abubakar
Shekau —responsable del secuestro de más de 200 niñas nigerianas y a quien
podemos ver en un terrorífico vídeo donde habla con la cabeza inclinada como
pantera, con su metralleta cuerno de chivo como báculo, la mirada de odio puro
y la mano que se extiende hacia la cámara como lengua de víbora. Shekau es un
veneno escurridizo y sanguinario a quien en varias ocasiones se daba por muerto
y nadie sabe con precisión si realmente nació en el norte de Nigeria o en la
vecina Níger. No se saben las fechas de su edad, pero sí la trayectoria con la
que heredó comandar a la Congregación del Mal fundada por el irracional Yusuf.
La frase que explica su curriculum quedó filmada otro vídeo donde afirma
«Disfruto matando a todo aquel que Dios me ordena matar, de la misma manera
que disfruto matando pollos y carneros».
Gilbert Keith Chesterton
publicó en 1907 El hombre que fue jueves, con el subtítulo Una pesadilla. Se
trata de una obra maestra del indispensable autor inglés que entreteje en sus
párrafos —tal como hizo en ensayos, artículos y sobremesas— profundos misterios
teologales con tramas sabrosas, diálogos perfectos, paseos en prosa y
personajes inolvidables. Situada en un Londres de neblina y gabardinas, El
hombre que fue jueves es la pesadilla que vive un detective de Scotland Yard
llamado Gabriel Syme, que siente un mareo como de insomnio o burbujas de
champán desde las primeras páginas de esta historia en la que su misión es
espiar a una secreta organización anarquista cuyos siete miembros llevan como
sobrenombre los días de la semana. En una tertulia ocasional, Syme discute
sobre poesía con un tal Lucian Gregory, declarado anarquista que no sólo cree
sino que lucha a favor de convencernos a todos que la esencia de la poesía se
encuentra en revuelta, rebelión y revolución contra toda forma de ley. El
disfrazado detective defiende la postura contraria e intenta convencer al
pelirrojo poeta anarquista que no hay nada más poético que los horarios
puntuales de los trenes, la cuadrícula de la ley por encima de toda forma de la
anarquía y que no debe quedar nada al azar en los destinos de todas las
voluntades humanas. Su discusión, como la de toda la novela, se debate entre la
abierta existencia del libre albedrío y la a veces inexplicable recurrencia del
mal irracional y masivo.
Curiosamente, las épocas
en que anarquistas ingleses lanzaban bombas redondas y negras con mechas
chispeantes como de caricaturas se asemejan mucho a los enloquecidos lances de
quienes envían virus por correspondencia, bombas en furgonetas o el secuestro
de más de doscientas mujeres inocentes sin que puedan ser localizadas por
ningún satélite. Aquí donde se esfuman aviones en un vacío que escapa los
modernos localizadores cibernéticos que contienen los modernos teléfonos, allí
donde las vemos rezando pasajes del Corán en un coro aterrorizado que acompaña
los dictados del enloquecido Abubakar Shekau quien afirma que no entiende por
qué quieren los padres de esas niñas su salvación o rescate, si él mismo afirma
que ya han sido rescatadas al ser convertidas a lo que él cree que es el Islam.
Al filo de la
muerte, más de 200 niñas cuyo único
delito era estudiar en una escuela donde se preparaban para convertirse en
médicos o abogadas
Miércoles le dice a Lunes
que considere lo dicho por un Viernes. Martes se queda ponderando la
candidatura de un poeta pelirrojo como posible Jueves, mientras Sábado se niega
a contradecir todo lo que diga el Domingo… la tertulia de los días en la
novela de Chesterton se vuelve el camarote de los hermanos Marx… donde resulta
que eligen como Jueves, no al poeta anarquista, sino al agente encubierto
Gabriel Syme, quien para su sorpresa y la de los lectores, descubre párrafo a
párrafo que los demás hombres que son días, son también agentes encubiertos,
todos policías disfrazados de anarquistas, menos Domingo que aparentemente es
la naturaleza misma de un todo donde se conjugan el Bien y el Mal con
mayúsculas.
Los titulares del martes
opacan la noticia espectacular del sábado y un viernes cualquiera se vuelve
chisme por falta de interés en los suplementos del sábado… Lunes intenta
despertar el letargo que arrastran los lectores desde el miércoles ya pasado y
ya nadie sabe en realidad quién es o qué cuenta Jueves. Mientras tanto,
tiemblan al filo del abismo las vidas de más de doscientas niñas cuyo único
delito según sus captores era ser internas en una escuela donde se preparaban
para convertirse en médicos, abogadas, ingenieros, maestras, arquitectas de un
mejor futuro para sus familias, para sus comunidades, para otros niños y niñas
mucho más allá de las mazmorras de la ignorancia. Al filo de la muerte, hoy hay
más de doscientas niñas y jóvenes (alrededor de cincuenta de ellas lograron
escapar en el momento de su secuestro masivo), la mayoría de ellas cristianas,
aunque en la absurda vehemencia de sus captores se llevaron también a
estudiantes musulmanas. Más de doscientas niñas, hoy al filo de la muerte, que
han sido arrancadas de sus hogares y del transcurso de sus días por la absurda
vehemencia de quienes niegan las razones de la lluvia, la redondez de la Tierra
o el origen de las especies. Hoy, al filo de la muerte, más de doscientas
niñas… o bien, una sola mujer joven que intenta ejercer su derecho al saber y
soñar un mejor futuro para todos los días. Una sola niña a quien se le ordenó
que caminara hacia la entrada de un mercado, quizá sin saber que al contemplar
una pila de naranjas alguien, algunos, un solo cobarde la haría estallar en mil
pedazos para espanto del mundo en medio de tanto silencio.