La masacre secreta de soldados soviéticos con la que los nazis iniciaron el holocausto judío de Auschwitz

14/Mar/2018

ABC, España- por Manuel P. Villatoro

La masacre secreta de soldados soviéticos con la que los nazis iniciaron el holocausto judío de Auschwitz

Tras el verano de 1941, cuando todavía no
se había instaurado la Solución Final, Rudolf Höss ordenó encerrar a 600
prisioneros en el bloque 11 de este campo de concentración y probar con ellos
el temible Zyklon-B. Este fue el pistoletazo de salida para matanzas como la
«Operación Hungría», la misma por la que fue declarado culpable el fallecido
Oskar Gröning
Corría el 14 de mayo de 1944, apenas once
meses antes de que Adolf Hitler se disparara en la cabeza con su Walther PPK.
Aquel fue el día en el que -con una rapidez inusitada- comenzaron a llegar a
Polonia unos 400.000 presos procedentes de Hungría. De ellos, 300.000 murieron
en las cámaras de gas del campo de exterminio más tristemente famoso de la
Segunda Guerra Mundial: el Konzentrationslager de Auschwitz. Estos brutales
crímenes, los mismos que le granjearon al antiguo guardia de las SS Oskar
Gröning(fallecido el lunes con 96 años) la cárcel, formaron parte de la matanza
sistematizada de judíos, gitanos, homosexuales (y otros tantos) organizada por
el gobierno del Tercer Reich.
Con todo, las muertes perpetradas en
Auschwitz no llegaron de la noche al día. Por el contrario, fueron
perfeccionadas por unos médicos que -contrariamente a lo que se cree- buscaron
durante meses una forma de asesinar en masa a cientos de seres humanos que
fuera rápida y que no dañara psicológicamente a los verdugos. La solución mágica
fue hallada en septiembre de 1941. Aquellos días, los guardias de las SS
encerraron por sorpresa a cientos de prisioneros soviéticos (comisarios, según
desvelan la mayoría de las fuentes) en el bloque 11 del campo de concentración
y, por primera vez en la historia, les gasearon de forma masiva con el famoso
Zyklon-B. Aquella triste matanza puso los pilares del Holocausto.
Transición
Auschwitz, el mismo lugar en el que fueron
asesinados entre un millón y un millón y medio de personas, no nació como un
campo de exterminio. Ni mucho menos. Su primera piedra se puso en mayo de 1940
con el objetivo de crear un centro de tránsito que acogiera (si es que puede
decirse así) a los reos que eran llevados como mano de obra hasta Alemania.
Tampoco se construyó desde cero, sino que se edificó utilizando una serie de
viejas barracas de las unidades polacas ubicadas 20 kilómetros al oeste de
Cracovia. Con todo, pronto se convirtió en el centro neurálgico del nazismo.
«Los primeros prisioneros de Auschwitz
fueron alemanes traídos desde el campo de concentración Sachsenhausen de
Alemania (que habían sido encarcelados por ser delincuentes reincidentes) y
presos políticos polacos de Lodz traídos del campo de concentración de Dachau y
desde Tarnow, en el distrito de Cracovia del Gobierno General», afirma el
«United States Holocaust Memorial Museum». Por entonces, el campo era regido
por Rudolf Höss, quien ejerció el cargo hasta noviembre de 1943.
Al poco tiempo, este emplazamiento ya se
había convertido en una prisión con las mismas funciones que se exigían a sus
hermanos mayores: encarcelar a los enemigos del nazismo, suministrar mano de
obra gratuita a Alemania y servir -en casos aislados- como lugar en el que
acabar con prisioneros.
«A finales de 1940, seis meses después de
abrir sus puertas, el campo albergaba a 7.900 presos alojados en edificios de
ladrillos de una y dos plantas, en los antiguos barracones del ejército»,
desvela Nikolaus Wachsmann en su obra magna «KL. Historia de los campos de
concentración nazis». Lo cierto es que su expansión no fue casual, sino que
Auschwitz incrementó su tamaño gracias al apoyo de la empresa alemana IG
Farben, la cual se asentó en la zona para extraer sal y carbón. «IG Farben
compró dos minas -la Fürstengrube y la Janinagrube- explotadas por deportados
judíos. En esta inmensa cantera, las SS y IG Farben colaboraron a todos los
niveles», determina Myriam Anissimov en «Primo Levi o la tragedia de un
optimista».
Meses después un suceso hizo que la
prioridad de campos de concentración como Auschwitz cambiara drásticamente. La
Operación Barbarroja, la invasión de la URSS iniciada el 22 junio de 1941,
provocó la llegada a Alemania de miles de prisioneros soviéticos. Una masa
ingente de personas que despertaban un inmenso odio en los nazis… «La
utilización de los campos de concentración como terreno de ejecución de
“indeseables” que no estaban registrados oficialmente como internos adquirió
una urgencia particular cuando Alemania atacó la Unión Soviética», determinan
Deborah Dwork y Robert Jan Pelt en su obra «Holocausto: una historia».
¿Por qué se había generalizado ese odio
alemán hacia los soviéticos? En palabras de Dwork y Jan Pelt, por culpa del
mito de la «puñalada por la espalda» generado tras la derrota de Alemania en la
Primera Guerra Mundial. Esta teoría es apoyada por Manuel Moros Peña en su
libro «Los médicos de Hitler»: «Con ella se trató de hacer creer [a la
población] que los soldados en el frente habían sido traicionados por los
judíos bolcheviques mientras daban hasta la última gota de sangre por su país».
En palabras del español, la teoría de la
«puñalada por la espalda» afirmaba también que los soviéticos eran los que
«controlaban a los políticos socialdemócratas que habían permitido que, el 15
de abril de 1917, Lenin saliera desde la estación de Zúrich […] y cruzara
Alemania para liderar la revolución rusa».
El mismo Adolf Hitler dejó claro su odio
hacia los soviéticos, así como sus planes de aniquilación de los reos que
procedían de la URSS, en una misiva recogida por el historiador británico Hugh
Trevor-Roper en «Hitler’s Table Talk, 1941-1944»: «He ordenado a Himmler [el
líder de las SS] que, en el caso de que algún día hubiese razones para temer
que volviera a haber problemas en casa, liquide todo lo que encuentre en los
campos de concentración. Así, de un solo golpe, privaremos a la revolución de
sus dirigentes».
«Himmler, anticipándose a los deseos de
Hitler, no esperó a que hubiese problemas. El primer objetivo fueron los
prisioneros de guerra rusos, y Heydrich ya estaba ocupándose de ese asunto.
Pero ¿dónde iban a matarlos? Auschwitz era una buena elección. Himmler
controlaba unos 40 kilómetros cuadrados alrededor del campo: allí podría hacer
lo que le diera la gana», completan los expertos en su obra.
Otras vías
Tras decidir la aniquilación de los presos
y de todos aquellos elementos «indeseables» contrarios al Reich (la llegada de
la Solución Final no se produjo hasta febrero de 1942) a los nazis se les
planteó la disyuntiva de cómo acabar con ellos sin recurrir a los
fusilamientos. Una práctica (según Hess) sumamente dañina para la moral de los
verdugos. No le faltaba razón ya que en otros campos de concentración como el
de Sachsenhausen se había demostrado que el asesinato de presos terminaba afectando
a nivel psicológico a los militares.
De hecho, en este último centro se habían
desarrollado varias formas de matar tales como disparar a los reos por la
espalda en la nuca a través de un agujero en la pared.
La primera solución que trataron de llevar
a cabo los nazis fue acabar con los prisioneros mediante monóxido de carbono.
La misma sustancia que ya se usaba para asesinar a los disminuidos mentales y
físicos del «Programa de eutanasia para adultos». En principio la idea fue usar
este gas en duchas, pero poco después se percataron de que, si lograban
inventar un sistema que les permitiera asesinarles cerca de los hornos
crematorios construidos en algunos de los campos de concentración, todo sería
mucho más sencillo. Así nacieron los camiones de la muerte. Unos vehículos a
los que los presos subían y que, mediante un conducto, transmitían esta letal
sustancia del motor a la parte trasera.
«Los camiones móviles de gas se habían
creado originalmente durante la búsqueda de vías más efectivas para erradicar a
los judíos de la Unión Soviética. Sin embargo, antes de desplegar estos
vehículos en el Este ocupado, en el otoño de 1941 el Instituto Técnico Criminal
los había probado dentro de Alemania», afirma, en este caso, Wachsmann.Para ser más concretos, las primeras
pruebas realizadas con estos vehículos se llevaron a cabo en Sachsenhausen,
donde se ordenó a los reos subir a ellos ya desnudos. «A continuación, el
camión arrancaba y cuando se detenía frente al crematorio de Sachsenhausen,
todos los prisioneros del interior habían muerto y sus cuerpos estaban teñidos
de rosa por el efecto de los gases», completa el experto.
Zyklon-B
Finalmente, los médicos de las SS
decidieron desechar el resto de opciones y apostar por el ácido prúsico
(Zyklon-B). Un gas ideado para limpiar de insectos grandes edificios o fábricas
que se caracterizaba por oler a almendras amargas y a mazapán y que, según
explicó en el juicio contra el exguardia de las SS el médico forense Sven
Anders (de la Universidad de Hamburgo-Eppendorf), era más ligero que el aire:
«Penetraba por inhalación en los pulmones y bloqueaba la respiración celular».
Una vez inhalado, el Zyklon-B atacaba en
primer lugar al corazón y al cerebro. «Los síntomas comenzaban con una
sensación de escozor en el pecho similar a la que puede causar el dolor
espasmódico y al que se produce en los ataques de epilepsia. La muerte por paro
cardíaco se producía en cuestión de segundos. Era uno de los venenos de acción
más rápida» añadió el doctor.
La sustancia, siempre según Anders,
provocaba un «dolor extremo, convulsiones violentas, y un ataque cardíaco en
cuestión de segundos».
Eso, en el mejor de los casos, pues una
inhalación menor podía hacer que el fallecimiento durase una media hora. «Una
intoxicación inferior conducía a un bloqueo de la sangre en los pulmones y
provocaba dificultades para respirar. Comúnmente se habla de agua en los
pulmones, la respiración sería entonces más profunda y más fuerte, porque el
cuerpo ansía después el oxígeno. Sería una agonía», añadió el experto.
Por si fuera poco, su uso era mucho más
sencillo que el del monóxido de carbono ya que -como señala Wachsmann en su
obra- los soldados solo tenían que arrojar las bolas de cristal en las que
venía prensado en una habitación sellada. Nada que ver con los engorrosos
camiones de monóxido de carbono por los que tanto se abogaba en Sachsenhausen.
Pruebas
Tras conocer las crueles bondades del
Zyklon-B, las autoridades de Auschwitz decidieron llevar a cabo una prueba de
campo para comprobar su efectividad.
En palabras de Wachsmann, esta se sucedió
en agosto de 1941, cuando los soldados de las SS ejecutaron a un pequeño grupo
de prisioneros soviéticos. «La acción estuvo supervisada por el jefe de campo,
Karl Fritzsch, un agente veterano de la SS que más tarde se las daba ante sus
colegas de ser el inventor de las cámaras de gas de Auschwitz», añade el
experto. El ejercicio se perpetró en el bloque 11 del campo. Aquel en el que se
impartían castigos brutales a los prisioneros.
Después de esta primer test, Höss dispuso
hacer una nueva prueba mucho más grande. En este caso, seleccionó a un grupo de
600 rusos que habían llegado a Auschwitz, en palabras de Wachsmann,
«probablemente el 5 de septiembre» procedentes del campo de prisioneros de
Neuhammer, en la Baja Silesia.
«Cientos de reclusos bajaron de los
vagones. Todos ellos eran presos de guerra soviéticos identificados por la
Gestapo como “comisarios”», desvela el experto. Todos ellos fueron conducidos
durante la noche hasta el bloque 11, donde se toparon con decenas de
desafortunados más. «Cuando bajaron las escaleras a la fuerza, los soviéticos
vieron a otros 250 que yacían en el suelo, inválidos de la enfermería que
habían sido elegidos para morir con ellos», completa el historiador.
La matanza fue rápida. Inmediatamente los
soldados alemanes tapiaron la puerta y las ventanas y, a continuación,
arrojaron cristales de Zyklon-B en el interior del barracón. Cuando abrieron de
nuevo este infierno, el paisaje era dantesco. Así lo explicó el reo Adam Zacharski,
testigo de los hechos: «La escena era realmente espeluznante, porque se podía
ver que aquellas personas se habían arañado y mordido entre ellos en un ataque
de locura antes de morir; muchos tenían los uniformes desgarrados… Aunque ya
me había acostumbrado a ver algunas escenas macabras en el campo, a la vista de
todos aquellos hombres asesinados me mareé y me puse a vomitar sin control».
Esta desconocida prueba fue admitida
durante los Juicios de Nuremberg por Hess. Aunque su testimonio es peligroso,
pues el oficial deseaba cargar las culpas sobre Fritzsch. «En el otoño de 1941,
de conformidad con una directiva secreta especial, políticos rusos, comisarios
y funcionarios políticos especiales fueron trasladados por la Gestapo desde los
campos de prisioneros de guerra, hasta los campos de concentración más próximos
para su liquidación. Durante una rueda de inspección, mi segundo, el capitán de
las SS Fritzsch, por iniciativa propia, utilizó gas para destruir a estos prisioneros
de guerra rusos. Él amontonó a los rusos en celdas individuales en el sótano y,
utilizando máscaras de gas, tiró Zyklon-B en las celdas, lo que les provocó la
muerte inmediata», explicó durante el interrogatorio el jefe del campo.
De esta guisa se puso la primera piedra del
Holocausto. Un pilar elaborado a base de sangre y gas. «Los nazis buscaban
constantemente formas de exterminio más eficientes. En septiembre de 1941, en
el campo de Auschwitz se realizaron experimentos con Zyklon-B (usado previamente
para la fumigación) en los que se gaseó a unos 600 prisioneros de guerra
soviéticos y a 250 enfermos. Sus gránulos se convertían en un gas mortal al
entrar en contacto con el aire. Se demostró que era el método de gaseo más
rápido y se seleccionó como medio para realizar masacres en Auschwitz», explica
la versión digital del «U.S. Holocaust Memorial Museum».
Höss, por su parte, afirmó estar orgulloso
del suceso en sus memorias: «Aquello me dejaba más tranquilo porque todos nos
podíamos ahorrar los baños de sangre».