La increíble novela del St. Louis: los judíos que huían del nazismo que fueron rechazados por Cuba, Estados Unidos y Canadá

10/Oct/2016

Infobae, Por Gabriela Esquivada

La increíble novela del St. Louis: los judíos que huían del nazismo que fueron rechazados por Cuba, Estados Unidos y Canadá

De los 937 pasajeros del barco Saint
Louis, que partió de Hamburgo rumbo a Cuba el 13 de mayo de 1939, sólo seis no
eran judíos.
Todos tenían un permiso para
desembarcar en La Habana como refugiados.
Durante las dos semanas de la
travesía se sintieron seguros por primera vez después de muchos años, tras el
ascenso de Adolf Hitler y la persecución en Alemania, cuyo rumbo era inequívoco
desde el pogrom de la Noche de los Cristales Rotos, del 9 al 10 de noviembre de
1938.
Viajaban en un transatlántico de
lujo, donde recibieron un trato que ya habían olvidado: respeto, alimentos hace
rato restringidos, música y tranquilidad. El capitán Gustav Schöeder había dado
la orden de que así fuera, aunque hasta el momento de embarcar habían sido
maltratados por las autoridades. Los consideraba desterrados cuyos problemas
acaso sólo habían comenzado.
Una semana antes de zarpar, el
gobierno del presidente Federico Laredo Brú había revocado los permisos que
había vendido el director de emigración, Manuel Benítez. La noticia llegó al
barco en la mitad de su trayecto.
Cuando el St. Louis atracó en la
bahía de La Habana, los pasajeros esperaron y desesperaron. Durante seis días,
se negoció inútilmente con Cuba, con los Estados Unidos y con Canadá.
Ningún país aceptó a los
perseguidos.
Cuba impuso un costo de 500 dólares
a nuevos permisos, que casi nadie pudo pagar porque las familias habían
liquidado sus bienes para subir al St. Louis.
El barco debió volver a Europa.
Por la gestión del American Jewish
Joint Distribution Committee, el Reino Unido, Francia, Bélgica y Holanda
aceptaron a parte de los pasajeros. Sólo los 287 refugiados en el Reino Unido
lograron escapar del nazismo.
Armando Correa contó esa historia en
su novela La niña alemana, que se presenta en castellano e inglés el 18 de
octubre en Miami. Él nació en Cuba, y el eco de la historia lo ha perseguido
desde que su abuela —quien vivió la historia mientras estaba embarazada de la
madre del autor— le dijo que la isla pagaría con 100 años de desgracia por lo
que le hizo a esas personas.
«Para mí no era una maldición,
lo interpreto como una vergüenza —dijo a Infobae—. Tanto Cuba como los Estados
Unidos como Canadá nos debemos sentir avergonzados por lo que se hizo. Aunque
no tenga que ver con mi generación: es algo que sucede todavía. Se trata del
miedo del ser humano ante el otro: el que tiene un dios diferente, un color de
piel diferente… Se reacciona con miedo, con rechazo ante el que no es parecido
a uno».
Correa, autor también de En busca de
Emma (la historia de las dificultades que él y su pareja, Gonzalo Hernández,
pasaron para poder tener a su primera hija con una madre de subrogación y
comenzar una familia que hoy tiene tres niños), lamentó que Cuba no haya hecho
un reconocimiento oficial de la tragedia del St. Louis. «Antes de la
Revolución todos los documentos relacionados con el caso desaparecieron del
Archivo Nacional. Y luego de la Revolución nadie que tuviera una religión era
bien visto, por ello tampoco los judíos».
Uno de ellos vivía cerca del autor
en El Vedado. «Cuando comencé la escuela secundaria se estudiaba ruso, y mi
abuela me decía que el ruso no servía y que debía estudiar inglés. Me puso en
clase con un alemán alto, canoso, de ojos azules, con un acento muy fuerte, que
vivía solo. Todos los niños en el barrio lo llamaban el Nazi. Mi abuela le
pagaba lo que era casi una fortuna, 25 pesos la hora, y lo ayudaba en los
mandados. Yo detestaba aquellas clases con aquel hombre rudo… Y cuando fui a la
universidad me enteré que era un judío refugiado. Mi abuela lo ayudaba por eso.
Creo que esta memoria terminó de envolver la historia».
La novela y la realidad
Correa, que nació en Guantánamo y
llegó a los Estados Unidos hace 17 años, no había regresado a su país de origen
hasta febrero pasado, cuando fue invitado en un viaje oficial como editor de la
revista hispana más vendida, People en Español, entre las actividades de la
Feria del Libro de La Habana.
En el Castillo del Morro, donde se
celebra la feria, Correa vio la misma ciudad cercana y a la vez inaccesible que
vieron los refugiados del St. Louis: la construcción queda a la salida de La
Habana, en el extremo de la bahía.
—¿Por qué?
—He colocado a mi Cuba en un lugar
donde no me duela y trato de no vivir pendiente de ese mundo, como le pasa a
mucha gente que vive en la diáspora. Existen relaciones diplomáticas pero hay
cosas que no han cambiado: no hay democracia, no hay derecho al voto. Pero la
editora del libro me aconsejó que fuera porque era importante, ya que había ido
a Berlín y a Auschwitz, y me monté en un barco en Hamburgo en el aniversario
del 13 de mayo… La Habana era parte de la historia. Pude fotografiar la misma
visión de La Habana que tuvieron los pasajeros del St. Louis, desde donde el
barco estuvo parado. Me puse a llorar como un idiota.
—¿Cómo investigó la historia?
—Leí todo lo que existía en los
diarios, compré muchos documentos, encontré las comunicaciones entre la
embajada de los Estados Unidos y el gobierno cubano para mediar. Traté de
reconstruir al pie de la letra tanto el Berlín de los años 30 como La Habana
desde 1939 hasta el 2014, como la travesía en el barco hasta el detalle de la
comida y la música que se escuchaba… Pero no quise hablar con sobrevivientes
hasta terminar la novela, porque quería brindar mi visión de la historia;
también sumaba lo que me quedó de mi abuela de esa tragedia.
—¿Buscó entonces a los
sobrevivientes?
—Cuando terminé, en marzo del año
pasado, me di a la tarea. El Museo del Holocausto en Washington DC, que durante
diez años rastreó todo lo pertinente al St. Louis —qué había pasado con la
gente, quiénes habían muerto en las cámaras de gas, qué fue de los familiares—
me facilitó un listado de sobrevivientes y empecé a comunicarme con ellos. Hay
muchos que no quieren hablar del tema; otros son muy viejitos.
Encontró a tres personas, a quienes
les dedicó el libro junto a sus hijos Emma, Anna y Lucas: «A Ana María
(Karman) Gordon, Judith (Koeppel) Steel y Herbert Karliner, que tenían la edad
de mis hijos cuando abordaron el Saint Louis».
Primero dio con Judith, en Nueva
York: «Tenía 14 meses en el barco y perdió a toda su familia en Auschwitz.
La madre la logró sacar del campo de concentración, se la entregó a una familia
francesa; ellos fueron asesinados en Auschwitz». Luego encontró a Herbert
Karliner, el mayor de todos, que tenía 13 años cuando subió al barco. «Se
salvaron él y el hermano —los padres y la hermana murieron en Auschwitz— porque
se fueron a un orfanato en una zona de Francia que no estaba ocupada. Él tiene
ahora 92 años y vive en Miami Beach».
Cuando el libro estuvo editado y en
proceso de traducción al inglés, Correa lo compartió en su muro de Facebook.
«Y una amiga, una artista mexicana que se llama Silvia Gruner, me escribió
un comentario: ‘Mandy, mi mamá venía en ese barco. Y mis abuelos, y creo que
mis tíos también’.»
Se comunicó de inmediato:
—¿Cómo? Dame los nombres, tengo el
manifesto del barco completo, con la lista completa.
—Karman.
—Karman… Ahí iba tu mamá, que se
llama Anne Marie; tu abuela Sidonia, tu abuelo Richard… ¡y tus tíos! ¿Dónde
vive tu mamá?
—En Toronto.
Y viajó a Toronto para conocer a Ana
María. «Ya he ido varias veces a compartir con ella y su familia»,
recordó. «Acabo de llegar el domingo de Toronto».
Temas muy cubanos: la familia
dividida, la diáspora
Los Karman fueron reubicados en
Holanda. Ana María aprendió pronto el idioma, y poco antes de la liberación,
cuando los nazis se apuraron a matar a todos los cautivos en los campos, sólo
liberaron a algunos holandeses. «La niña y la madre se hicieron pasar por
holandesas. Cuando se fueron, vieron cómo fusilaban detrás. Ella pensó que la
iban a matar, pero empezó un bombardeo de los aliados y los recogió un camión
de la Cruz Roja». Así llegaron a Suecia y tres meses después de la
liberación encontraron al padre, que había sobrevivido a Buchenwald.
«Ellos habían ido a Cuba porque
tenían un tío en Panamá, que los iba a reclamar desde allí, porque no habían
conseguido visa para viajar directamente», contó el autor de La niña
alemana. «Al final de la guerra ese tío estaba en México: los reclamó y en
1946 se instalaron en México. Ana María creció allí: su idioma es el español,
se hizo ciudadana mexicana, se casó con un mexicano, sus cuatro hijos nacieron
en México. Hoy vive en Toronto porque uno de ellos estudió en la universidad de
Jerusalén e hizo un posgrado en la de Toronto, y se quedó. Así ella terminó
viviendo en el país que la rechazó».
—La división de las familias, los
migrantes que buscan un lugar al que llamar su casa: ¿no son acaso también
temas cubanos?
—Sí. No trato de comparar, porque el
Holocausto no tiene comparación, ni trato de minimizarlo, pero al final esta es
una historia sobre la diáspora, la división familiar, la intolerancia, el miedo
al otro… Es lo que estamos viviendo hoy con los refugiados sirios, con las
elecciones en los Estados Unidos: tenemos miedo al diferente. Esta historia no
se acaba: estamos en pleno siglo XXI y lo que pasó con el St. Louis no sucedió
hace un milenio (todavía hay gente viva que estuvo allí), pero esa tragedia
puede volver a suceder. Como padre siempre pensé cómo sería sentir que tienes
la salvación, que estás llegando a una isla que no conoces para empezar de
cero, pero con seguridad para tus hijos, y que de pronto te rechacen y vuelvas
adonde se va a desatar la guerra. Para mí siempre existió esa unión entre lo
personal y este hecho histórico que se ha olvidado.
—¿Por qué no se habla del St. Louis?
—Uno no habla de lo que lo
avergüenza. Porque se habla de lo que hizo Hitler, pero lo que hizo Occidente
en general que cerró los ojos y le dio la espalda a lo que sucedía, y reaccionó
cuando ya habían asesinado a seis millones de judíos, ocho millones de
soviéticos… Esa crueldad nos avergüenza. Todo esto sucedió en el centro de la
civilización occidental, no sucedió en una aldea remota: en el centro de Europa,
del pensamiento.
Se habla de lo que hizo Hitler, pero lo que
hizo Occidente en general, que cerró los ojos y le dio la espalda a lo que
sucedía, y reaccionó cuando ya habían asesinado a seis millones de judíos, ocho
millones de soviéticos… Esa crueldad nos avergüenza
—¿Qué tienen en común esta novela y
su libro anterior?
—En busca de Emma es un libro sobre
crear una familia pero al mismo tiempo es sobre la tolerancia, aceptar que
todos somos diferentes. Y como las diferencias nos hacen únicos, hay que
respetarlas. Ese es también el mensaje de La niña alemana.