La historia de Juan Gino Bartali

01/Ago/2012

Milim, Alicia Benmergui

La historia de Juan Gino Bartali

Un secreto de 60 años
Homenaje a un héroe del deporte italiano
Por Alicia Benmergui
Nació el 18 de julio de 1914  en ponte a Ema -Florencia- Italia. Falleció el 5 de mayo de 2000, apodado il Ginettaccio fue un ciclista profesional entre los años 1935 y 1954 durante los cuales consiguió 91 victorias.
Ha pasado el tiempo desde el fin de la Shoá, sin embargo los ecos del drama dantesco que representó para los judíos no se han acallado ni mucho menos. Es la historia de una tragedia que permanecerá indeleble en nuestra memoria, y en un estricto sentido no es solo por todo lo que les pasado a seis millones de judíos sino por quienes han sido capaces de perpetrarlo. Por la maldad y la crueldad extrema que ahi se puso de manifiesto. Por la herencia que han dejado y por todos los recaudos y mecanismos que deben existir para que los perversos y malvados no puedan ejercer sus siniestros designios ni con los judíos ni con ninguna otra minoría indefensa nunca más. La Memoria es uno de los recursos fundamentales para estar alertas, pero también es un acto de estricta justicia recordar y homenajear a todos aquellos que protegieron a los judíos en el momento más negro de la Historia. Y justamente, por el peligro que representó para gran parte de ellos, para sus familias, porque muchos perdieron sus vidas en el intento, por las privaciones y por las consecuencias que padecieron es doblemente valorable y estimable ese gesto enorme de solidaridad que redime de alguna manera al género humano. La existencia de gente como esta y que además que lo hizo en el silencio y la modestia, sin reclamar para si el reconocimiento y agradecimientos merecidos como fue el caso de este hombre, Gino Bartali merecen también el ejercicio del recuerdo y la memoria, porque son ejemplos de vida necesarios en un mundo donde no abundan.
Es por eso que en este artículo queremos rendir nuestro pequeño homenaje a un héroe del deporte italiano que murió sin haber contado lo que hizo durante la guerra por 800 judíos florentinos. Esta es la historia que nos dejó Juan Gino Bartali, quien falleció en el año 2000 sin que nadie supiese su verdadera historia, la del corredor grandioso que dedicó dos años de su existencia a salvar la vida de ochocientos judíos. Para ello se valió de su bicicleta donde escondía la documentación necesaria para sacarlos de Italia. Y así, bajo la apariencia de simples entrenamientos, llevaba los papeles de un lado a otro. Nadie sospechaba en aquel momento de uno de los grandes mitos del deporte italiano, del hombre que había conseguido darle a Mussolini el Tour de Francia en 1938.
» Gino Bartali escondió un secreto durante casi sesenta años. En el año 2000 se fue a la tumba con él y sólo un descubrimiento casual permitió conocer la dimensión humana que uno de los grandes ciclistas del siglo XX alcanzó durante la II Guerra Mundial. Nacido en la Toscana, en el seno de una familia humilde que se dedicaba a trabajar el campo, Bartali comenzó a correr gracias a que su padre le encontró trabajo en un taller de reparación de bicicletas. Su dueño, contento por el trabajo de Gino, le regaló una y le animó a que se entrenase. A partir de ahí las escarpadas carreteras de la región fueron su espacio natural, el lugar en el que maduraron las piernas que rivalizarían con las de Coppi en el duelo que dividió Italia años después. Pero antes de que el Campionissimo y él protagonizaran algunos de los duelos más grandes de la historia del ciclismo Bartali estaba considerado como el ciclista del régimen de Mussolini.
El Duce, en su delirio, soñaba con ver a un italiano derrotando a los franceses en el Tour y todas las miradas se volvieron hacia Bartali, que en 1936 ya se había adjudicado el Giro y era una celebridad en todo el país. En 1937 una caída frustró su misión. Había comenzado a brillar en la montaña, pero en el descenso del Col de Laffrey se fue por un puente. Sus compañeros, asustados por el accidente, se asomaron por el precipicio y le encontraron en el fondo, en el riachuelo. Se movía. Allí se ganó el sobrenombre del monje -debido a sus profundas convicciones religiosas- volador.
En 1938 cumplió con el sueño de Mussolini aventajando al segundo clasificado en más de veinte minutos. Bartali hizo una declaración elocuente por lo que no dijo. Después de su victoria en el Tour de Francia 1938, que se habría esperado a dedicar su victoria a Mussolini. En su lugar, agradeció a sus fans y al día siguiente fue fotografiado llevando su ramo de la victoria a una iglesia de París.
Cuando la carretera se empinaba, cuando el calor y el polvo secaban las gargantas Bartali no encontraba rival. Pero la 2da. Guerra Mundial le dejó sin los años en los que se podría haber labrado un palmarés espectacular, cuando Coppi aún era un joven meritorio que corría a su lado. Lo que nadie imaginaba es que en aquellos años oscuros Bartali, uno de los símbolos del Partido Nacional Fascista, era en realidad uno de los personajes claves de una organización dedicada a salvar la vida de los judíos italianos a los que los alemanes querían enviar a sus hornos crematorios.
Gino Bartali seguía entrenándose y realizaba largas sesiones de entrenamiento por las carreteras de la Toscana o Umbría. Nadie podía suponer que en el cuadro de su bicicleta o debajo de su sillín transportaba documentos y pasaportes destinados a los judíos que se escondían en algunos de los monasterios italianos. Bartali no despertaba demasiadas sospechas pese a que la guerra impedía cualquier competición y resultaba extraño ver a alguien entrenándose en aquel ambiente. Corría con ropa en la que se podía leer su nombre lo que le permitía recorrer kilómetros recibiendo los saludos efusivos de los soldados italianos, para los que era un auténtico ídolo. Y cuando una patrulla alemana le detenía la respuesta era sencilla: «Sigo trabajando para las carreras que vengan después». Y le dejaban marchar.
Los ejércitos se habían acostumbrado a ver pasar a Bartali de un lado a otro en su bicicleta, subiendo y bajando montañas, cambiando continuamente de ruta. Era el correo perfecto. En los conventos y monasterios la red organizada por Giorgio Nissim -con el apoyo de varios arzobispos- se dedicaba a elaborar los pasaportes destinados a salvar la vida de cientos de judíos y que Bartali transportaba jugándose la vida en aquellos viajes por las carreteras que conocía como nadie pero que le podían deparar una sorpresa desagradable en cualquier momento. Durante 1943 y 1944 el corredor toscano, el beato Bartali, se dedicó a esa misión sin que nadie le delatase. Acabó la guerra y aquellos entrenamientos kilómetros aún le valieron en su carrera deportiva porque con 32 años pudo ganar en 1946 el Giro de Italia y en 1948, con 34 años, se apuntó el Tour de Francia en una demostración colosal en la montaña ya que se impuso en siete etapas de aquella edición.
Bartali se retiró a su tierra, a Florencia, y durante cincuenta años no dijo nada de su trabajo para ayudar a los judíos que habitaban Italia. Durante décadas quedó sobre él la etiqueta de haber sido el corredor de los fascistas. No le importó. Se murió en el año 2000. El mundo sólo descubrió su magnitud en 2003 cuando los hijos de Giorgio Nissim encontraron un viejo diario de su padre en el que detallaba la forma en que funcionó la red clandestina dedicada a conseguir documentos que salvasen la vida de los judíos. Allí, en aquellos papelajos, se explicaban minuciosamente los viajes que hacía Bartali, los kilómetros que recorría, los papeles que escondía su bicicleta y, sobre todo, lo abnegado de su dedicación a la causa. Los Nissin contaron lo que su padre escribió y entonces empezó a cobrar sentido tanto entrenamiento en una época en la que costaba ver a un ciclista recorrer una carretera italiana. Italia descubrió a uno de sus grandes héroes. Los Nissin también contaron el dato más importante que escondía el diario de su padre: 800 judíos evitaron el viaje a algún campo de concentración de los alemanes gracias a las piernas de Gino Bartali.
La historia de su vida, con detalles desconocidos hasta ahora sobre sus actividades durante la guerra, acaba de ser publicado por los hermanos canadienses Aili y Andrés McConnon que consideran que esta historia merece ser contada y conocida por todos.
La relación de Bartali con la Iglesia Católica fue un factor clave en su decisión de ayudar a los Judios de Florencia después de la ocupación alemana en el otoño de 1943. Durante su tiempo como aprendiz como mecánico de bicicletas de Florencia, Bartali había hecho amistad con un judío local, Giacomo Goldenberg. Una vez que las medidas antijudías fueron introducidos por los fascistas, Bartali se reencuentra con la familia Goldenberg y en última instancia, los escondió en su departamento y, posteriormente, cuando la situación se volvió muy peligrosa, en un sótano cercano. Como si esto no hubiera sido bastante arriesgado, Bartali también llevó a cabo una tarea encargada por el cardenal de Florencia, Elia Dalla Costa, de quién era muy amigo. El cardenal había mostrado sus credenciales anti-fascistas cuando estuvo visiblemente ausente durante la visita de Hitler a la ciudad antes de que se desencadenara la guerra.
Cuando los judíos se hallaron en peligro por la amenaza nazi, el cardenal Dalla Costa les ofreció protección. El cardenal le preguntó a Bartali si no creía que estaba bien calificado para colaborar con la tarea de transportar documentos falsos de identidad entre Florencia y Asís, donde fueron impresos en secreto. Escondiendo en la clandestinidad una familia judía y transportando documentos vitales, Bartali corría el riesgo de encarcelamiento e incluso la muerte. Estaba comprometido con su trabajo, pero no había duda de que fue consumido por el miedo. Alli McConnonllí dice: «Lo que hace más sorprendente esta labor humanitaria que hizo en este período es que sabemos que él tenía miedo. Vivía con un peligro muy real en su vida cotidiana y sabía que el trabajo que estaba haciendo no sólo lo ponía potencialmente en peligro a él mismo, sino también a su esposa ya su pequeño hijo. »
Los Goldenberg han sobrevivido y su hijo, Giorgio, que ahora vive en Israel, fue entrevistado por los McConnons para el libro, arroja nueva luz sobre el heroísmo de Bartali.  Una vez que terminó la guerra, Bartali estaba dispuesto a volver a  correr con su bicicleta. Sin embargo, el estrés del trabajo – una vez estuvo a punto de ser interrogado por la policía fascista – tuvo un costo para él así como la escasez de alimentos y las privaciones durante la guerra tuvieron un efecto negativo sobre su físico. Cuando empezó a competir nuevamente se hizo conocido como Il Vecchio (el viejo), en parte porque ya era bastante más grande que la nueva generación de ciclistas y en parte porque parecía diez mayor de la edad que realmente tenía.
Cuando llegó a competir en el Tour de Francia en 1948, el entrenador y sus compañeros de equipo se mostraron escépticos sobre sus posibilidades. Siempre impulsivo ( Bartali estuvo a punto de bajarse en la carrera para golpear a un espectador que estaba burlándose de él) comenzó a correr contra aquellos que se burlaban de él. Tenía un carácter muy complejo, era conocido por ser muy religioso pero también tenía su costado temperamental. No tenía miedo de decir lo que pensaba o de golpear a la gente cuando lo consideraba necesario. El viejo talento todavía estaba allí, a medida que los corredores ascendían a los Pirineos a través de una tormenta de nieve fuera de temporada, Bartali hizo un esfuerzo tan grande que destruyó a sus rivales franceses. Para gran sorpresa de la mayoría de los expertos y el deleite de los aficionados italianos, aumentó su ventaja para salir victorioso contra ciclistas mucho más jóvenes, una década después de su único otro triunfo – un récord que mantiene hasta hoy.
Ahora, 64 años después de su famosa victoria, Bartali sigue siendo reconocido como un gran ciclista por los aficionados de este deporte. Sin embargo, los McConnons se sienten felices de poder difundir su contribución durante la guerra y dar a conocer la historia de su campaña heroica para salvar a los Judios de Florencia. Aili dice: «La mayoría de la gente, incluso en Italia, no sabe mucho acerca de cómo la comunidad judía de Florencia vivió la guerra. Estábamos muy contentos de poder utilizar la vida Bartali como una lente para enfocar en esta historia.»
Y nosotros creemos que la grandeza de Bartoli,  su bondad y generosidad solidaria se ven aumentadas por su modestia y su silencio luego de tamaña hazaña que lo convierten en un verdadero héroe, digno de ser recordado, mucho mas allá de su enorme logro deportivo.