La heroica judía que evitó que los nazis practicasen la eutanasia a su bebé en un campo de concentración

21/Jul/2015

ABC, España, Por Manuel P. Villatoro

La heroica judía que evitó que los nazis practicasen la eutanasia a su bebé en un campo de concentración

Muerte, sangre y una destrucción que nunca se
había visto hasta entonces en la Historia. El nazismo y Adolf Hitler hicieron
que los poco más de seis años que duró la Segunda Guerra Mundial fueran
sinónimo de un dolor inconmensurable para los miles de presos encarcelados en
otros tantos campos de concentración. Con todo, durante esa época los reos
también protagonizaron historias de superación en las que lograron sobreponerse
a aquel sufrimiento. Precisamente una de ellas fue la de Anna Kauderová, una
joven checa que, sin llegar a los treinta años y a pesar de haber sido
encarcelada en Auschwitz y Mauthausen, logró esconder a los guardias que estaba
embarazada y dar a luz a una niña (Eva) que, finalmente, sobrevivió a aquel
horror. Todo ello, arriesgando su propia vida. Y es que, si los alemanes se
hubiesen percatado de que estaba encinta, habrían acabado con su vida.
Lo historia de Anna y Eva es una de las que ha
recopilado la escritora y periodista del Wendy Holden en su último libro
«Nacidos en Mauthausen» (RBA). En la obra, la británica narra la vida de tres
mujeres que lograron escapar de demonios ataviados con la esvástica como Josef
Mengele para, tras todo tipo de penurias, dar a luz a sus pequeños en este
campo de concentración ubicado en Austria. «El libro trata de tres madres que
desafían a la muerte para poder garantizar la vida de sus hijos. Tres madres
que, cuando empezó la guerra, eran jóvenes y, aunque provenían de familias
acomodadas, tuvieron que soportar los mayores horrores de la guerra. Fueron
madres que, además de ser capaces de tener a sus hijos en un campo de
concentración, les construyeron vidas nuevas una vez que salieron de allí»,
explica la autora.
Una niña acomodada
Anna Kauderová vino al mundo un 20 de abril de
1917 en Trebechovicepod Orebem, una pequeña ciudad ubicada en la República
Checa. Desde pequeña destacó por su alegría y por ser la favorita de sus padres
y hermanos. Por ello, y como ella misma afirmó posteriormente, vivió siempre un
poco «mimada». A su vez, durante los años en los que la guerra no arremetía con
fuerza sobre Europa, esta checa fue una gran atleta y una amante de los
deportes. No en vano llegó a ser campeona de su país en natación. Tampoco era
una mala estudiante, aunque de vez en cuando se saltaba alguna clase para
disfrutar de una bebida junto a sus compañeros y amigos. A los 11 años se
convirtió en una de las pocas judías de su edad en asistir al Liceo para chicas
de Hradec Krávolé, lo que le granjearía una educación considerable para la
época.
La de Anna (o Anka, como la llamaban
cariñosamente sus amigos y familiares) era, en definitiva, una vida feliz y sin
preocupaciones de ninguna clase. Esta bella checa ni siquiera se molestaba en
pensar qué estaba sucediendo a nivel político en Europa, pues el mundo acababa
de vivir una Guerra Mundial y, a su parecer, los países habían aprendido la
lección. «Nunca pensamos que fuera a pasarnos nada, nos creíamos invencibles»,
explica la checa en una entrevista recogida por Holden en su obra. No obstante,
la joven estaba muy equivocada. Así lo supo cuando, en 1938 (después de mudarse
a Praga), Hitler se anexionó por las bravas Austria. A partir de ese momento
todo cambió para ella. Para empezar, sus padres fueron expulsados del negocio
que habían regentado toda la vida (una fábrica de cuero), les congelaron su
dinero y les requisaron una buena parte de sus bienes.
Y lo preocupante es que aquello no fue lo
peor, pues después empezaron los cierres selectivos de universidades y la
segregación. «La cosa empeoraba por momentos, pero como a todo te acostumbras
en la vida, a aquello también me acostumbré. Primero no se nos permitía esto y
al día siguiente tenías que renunciar a aquello, pero lo hacías», señala Anka.
Así continuó la situación hasta que, en septiembre de 1941, los soldados de
Hitler tomaron una decisión que sería tristemente recordada: la de obligar a
los judíos a coserse en el pecho de sus chaquetas una estrella de David
amarilla para que todo el mundo pudiese reconocerles por la calle.
Curiosamente, y aunque sabía que esto era una forma de denigrarles, la joven no
se mostró avergonzada, sino orgullosa de su distintivo. De hecho, siempre que
podía se lo ponía con sus mejores ropas.
Con todo, y a pesar de estar rodeada de todo
aquel sufrimiento, Anka logró algo impensable en un país lleno hasta los topes
de soldados de la «Wehrmacht»: encontrar el amor. El afortunado en cautivar a
una joven tan bien parecida fue Bernhard Nathan, un judío de origen alemán
considerado positivamente por los germanos debido a su marcado acento germano y
a su capacidad manual como carpintero. Ambos se casaron en 1940 pensando que, a
pesar de lo que se estaba viviendo en su país, la situación nunca llegaría a
mayores. Desgraciadamente estaban equivocados, y así quedó claro cuando, en
noviembre de 1941, los nazis enviaron a «Bernd» junto a otros mil hombres al
recién estrenado gueto de Terezín (a pocas horas en tren de Praga).
Prisionera de los nazis
Por entonces los nazis afirmaban que este
campo de concentración era realmente una ciudad de vacaciones preparada
especialmente por Hitler para los judíos. De hecho, creían que había tan poco
sitio que solo podrían acudir a ella unos pocos privilegiados… los mejores de
los mejores. Por ello, Anka no se preocupó cuando Bernd fue enviado allí como
parte de la división de carpinteros con el objetivo de acondicionar el lugar
para la llegada de los residentes principales. Fue también por ello por lo que,
cuando recibió una nota en la que le decían que podría reunirse con su esposo
en aquel lugar idílico, no dudó ni un segundo e inició el camino hacia Terezín
ataviada con sus mejores vestiduras.
Cuando llegó a su destino, sin embargo, se
percató de lo que sucedía realmente. Aquello no era una residencia vacacional,
sino un centro de reclusión para judíos en el que las condiciones de vida eran
horribles. Los edificios estaban llenos hasta los topes de literas estropeadas,
no había calefacción, los colchones en los que debían dormir eran de paja -y
contenían cientos de ácaros- y apenas les daban de comer. A su vez, el hedor
era insoportable, pues solo les permitían lavarse la ropa una vez cada seis
semanas. Acababa de comenzar su vida en un campo de concentración. El único
alivio que tuvo fue poder ver (en contadas ocasiones, eso sí) a Bernd, con
quien solía escaparse para dar rienda suelta a su amor a pesar de que era algo
prohibido.
Muerte y vida
En aquella horrible situación, atrapada, sin
nada que llevarse a la boca, y viviendo entre chinches, Anka y Bernd decidieron
tener un hijo. Para ello, aprovecharon un encuentro que pudieron mantener a
espaldas de los guardias de las SS (quien no dudaban y disparaban a matar si
veían que algún judío intentaba «perpetuar su raza»). Su intento fue fructífero
y, en apenas unas semanas, los tortolitos se percataron felizmente de que iban
a ser «papás». Entre hambre, torturas y muerte, pero lo habían logrado. Con
todo, sabían que no habría nada peor que informar de ello a alguien, pues los
niños no eran bien recibidos entre los nazis. De hecho, la checa ni siquiera a
sus compañeras de celda. La razón era sencilla: si sentían miedo, podía
delatarla.
Sin embargo, hubo un momento en que la mujer
no pudo esconder más su incipiente barriga. «Al final, los oficiales del
cuartel se enteraron de ello y obligaron a Anka a firmar unos documentos en los
que daba permiso a las SS para que, tras nacer, fuera asesinado mediante
eutanasia», explica la autora. La crueldad de los guardias no tenía fin. Por
ello, cuando la joven (entonces de 26 años) dio a luz a su pequeño el 2 de
febrero de 1944, se limitó a sollozar y sollozar pensando que -en cualquier
momento- un soldado con el uniforme alemán entraría para llevarse al niño. «Al
final, por un golpe de suerte el niño sobrevivió, no se sabe la razón, pero no
fueron a buscarle. No obstante, a los dos meses murió por una enfermedad que
contrajo en el campo de concentración», añade Holden. Con todo, y a pesar del
sufrimiento que sobrevino a este matrimonio, semanas después s propusieron
concebir otro bebé pata tratar de olvidar lo sucedido con el primero.
Hacia el infierno
Las siguientes semanas pasaron sin ningún
cambio para Bernd y Anka, quien -como señala en el libro la autora anglosajona-
solían eludir a los soldados nazis para verse y estar juntos siempre que
podían. Sin embargo, mientras la tranquilidad reinaba en Terezín, los aliados
avanzaban decididos desde todas partes de Europa recuperando el territorio
conquistado por los nazis. En su camino liberaban también todos los campos de
concentración que hallaban e interrogaban a fondo a los supervivientes para
conocer las prácticas alemanas de primera mano. A pesar de que, a día de hoy,
lo sucedido en aquellos centros de muerte es de sobra conocido, por entonces
era un secreto para el mundo, por lo que más de un soldado tuvo que apuntar
incrédulo decenas de historias de torturas, asesinatos en masa y trabajos
forzados.
El fin del nazismo parecía estar cerca, pero
los hombres de Hitler todavía estaban dispuestos a dar el último coletazo para
esconder las «pruebas del delito». Por ello, comenzaron a trasladar a los miles
de presos que habían confinado hacia campos de concentración ubicados en el
interior de Alemania. De esta forma, pretendían ganar tiempo para asesinar a
los miles y miles de reos confinados y que, sencillamente, no pudiesen contar a
los aliados las penurias por las que habían pasado. Por su cercanía con Praga,
uno de los primeros lugares en ser desalojados fue Terezín, de donde sacaron rápidamente
a los hombres más capaces para evitar que se formara una revolución. Entre
ellos se encontraba Bernd, a quien informaron que viajaría hasta Auschwitz (una
región que era sinónimo de muerte y dolor). Poco después, los germanos dieron
la opción a las familias de estos sujetos de marcharse con ellos. Anka, a pesar
de que sospechaba lo que le esperaba en aquel paraje, acudió.
Anka llegó a Auschwitz en el verano de 1944.
Como otras tantas, en un tren atestado de gente, enfermedades y putrefacción (pues
a los reos no se les permitía salir para hacer sus necesidades). Al entrar al
campo, se tuvo que enfrentar al cruel doctor del lugar. «En aquella época
Josegf Mengele, el apodado Ángel de la Muerte, se dedicaba a hacer los exámenes
de todos los nuevos internos que llegaban al campo en busca de “ganado” que
fuese lo suficientemente joven y fuerte para poder trabajar construyendo todo
tipo de equipamiento militar. Los que fuesen viejos, estuviesen algo enfermos o
que padeciesen, por ejemplo, algún sarpullido, no le interesaban. Los
consideraba débiles y los enviaba a las cámaras de gas», explica Holden.
Las mujeres embarazadas formaban parte de este
grupo. Sin embargo, no solía enviarlas a la cámara de gas, sino que prefería
realizar con ellas todo tipo de crueles experimentos genéticos. Sobre todo con
las que estaban encintas de gemelos, sus favoritas. «Cuando el doctor Mengele
tenía dudas sobre si una mujer estaba embarazada o no, hacía una columna con
ellas y se lo iba preguntando una por una. También solía estrujarles los pechos
para ver si salía leche. Si eso sucedía es que estaban embarazadas e iban
derechas a su laboratorio. Anka fue una de ellas, pero logró ocultar su
embarazo durante aquel examen», añade la escritora. Aquella mentira permitió a
su futura hija vivir y no viajar al otro mundo días después.
No obstante, nuestra protagonista tuvo que
vivir sabiendo que, si se enteraban de que estaba embarazada, la someterían a
todo tipo de torturas. «Hubo otro caso parecido en el que una presa logró eludir
los exámenes nazis. Cuando Mengele se enteró de que una mujer que había estado
embarazada no se lo había dicho en un primer momento y había conseguido
engañarle, decidió esperar a que tuviera a su hijo y, posteriormente, ató a la
madre una cinta alrededor de los pechos. Ella no pudo dar de comer a su
pequeño, por lo que solo podía esperar a que muriese de hambre. La situación
siguió igual hasta que un médico se apiadó de ella y le dio morfina para que
pudiese matar al niño ella misma sin que este sufriese», finaliza Holden.
La infame situación de Auschwitz
Tras arribar al temido Auschwitz, aquellos que
eran designados como «aptos para el trabajo» eran desnudados, rapados y se les
obligaba a ducharse con agua helada y llena de suciedad. Después de ello, se
les entregaba su «nueva» ropa. «En el campo había un gran montón de ropa de la
gente que habían enviado a la cámara de gas. Los nazis tiraban a las mujeres la
primera prenda que encontraban, fuese de niño, de hombre o de mujer. Esa es la
que llevarían durante toda su estancia en el campo de concentración. En
ocasiones les lanzaban zapatos, y en otras no. Puede parecer algo sin
importancia, pero en pleno invierno –el de ese año fue uno de los más crudos-
muchas morían de frío si iban descalzas. Además, si les tocaban zapatos
demasiado pequeños se les hacían ampollas que se les acaban infectando y les
podían provocar la muerte», completa la autora. Anka tuvo suerte, pues le tocó
un vestido largo que le permitía esconder su embarazo y unos zuecos.
La comida no era mejor. Tal y como señala
Holden, por la mañana les daban agua sucia con un ligero tono negro y apenas un
sutil sabor a café. Era todo lo que desayunaban. La comida era igual de infame,
pues solía ser una sopa sumamente aguada en la que, aquellos que tenían suerte,
hallaban un trozo de verdura. La carne o el pescado solo estaban en los sueños
de los presos. Esta «delicatessen» era acompañada de un cuscurro de pan seco y,
usualmente, lleno de insectos. Finalmente, la jornada acababa con una taza del
mismo «café» de la mañana. Una dieta que, sin duda, no superaría las 300
calorías, cuando las recomendadas para un adulto sano son entre 1.500 y 2.000
(y eso, si no tiene desgaste físico).
«Después de una estancia en Auschwitz mandaron
a Anka a una fábrica de aviones. Los alemanes daban en ese momento mucha
importancia a ese lugar porque sabían que una de las pocas posibilidades que
tenían para ganar la guerra era hacerlo por aire. Querían, por lo tanto, que se
produjese mucho y muy rápido. Nos encontramos con una mujer que nunca había
realizado un trabajo físico y que tuvo que trabajar jornadas de 12 horas siete
días a la semana prácticamente sin descanso», destaca la periodista y
escritora. Desde ese momento, y embarazada como estaba, Anka tuvo que caminar
todos los días desde los barracones hasta la fábrica. Y eso, a pesar de que en
pleno invierno dar un solo paso sobre la nieve era un esfuerzo inconmensurable.
Camino de Mauthausen
Anka logró sobrevivir los meses siguientes en
Auschwitz, un sufrimiento que tuvo que soportar sin su amado esposo, a quien
nunca volvió a ver a pesar de su fe. Y es que, la joven solía decir a sus
compañeras que no tardaría en reunirse con él. Ellas, por su parte, respondían
que sí, pero que en las chimeneas de los hornos crematorios. Fuera como fuese,
lo cierto es que a principios de abril de 1945 los nazis no tuvieron más
remedio que volver a reubicar a una gran cantidad de presos ante el avance
masivo de los aliados y su llegada a los campos de concentración más
controvertidos del Tercer Reich. Fue entonces -mientras Adolf Hitler respiraba
sus últimas bocanadas de aire en un Berlín asediado- cuando la joven checa
recibió la orden de subirse a un transporte.
«Un día le dijeron que iban a trasladarla a
Buchenwald para exterminarla, pero tuvo la suerte de que, a la jornada
siguiente, las fuerzas aliadas liberaron en ese campo, por lo que no pudieron
llevarlas allí. Aun así, la metieron en un tren. Este viaje se prolongó durante
17 días en los que no comió nada. Cada vez que el tren se paraba los guardias
tiraban los cadáveres a las vías para deshacerse de ellos. El tren siguió su
camino y pasó por Pilsen, donde se detuvo», explica la escritora anglosajona en
declaraciones a ABC.
Aquel espectáculo fue tan dantesco, que los
alemanes de la zona pidieron que los reos fuesen liberados. «Cuando llegaron a
la estación de tren y el encargado vio la situación en la que estaban las
personas de su interior, movilizó al pueblo entero para que recogieran comida
para ellos. Hicieron principalmente pan y sopa de patatas. A Anka le dieron un
vaso de leche. Ella siempre había odiado la leche, pero en aquella ocasión le
supo deliciosa. A su vez, afirmó que aquella leche, probablemente, le salvó la
vida. El jefe de estación intentó convencer al comandante de que todas esas
personas se quedasen allí. Le dijo que, al fin y al cabo, la guerra estaba
perdida, pero el oficial le dijo que tenía órdenes de llegar a Mauthausen. Y
así fue», completa Holden.
La llegada al infierno
Tras más de dos semanas en un tren sucio,
lleno hasta los topes de personas enfermas y en el que el hambre era una
compañera habitual de viaje, Anka vio el cartel de bienvenida al pueblo de
Mauthausen (ubicado en Austria) el 29 de abril de 1945. Un día antes de que
Adolf Hitler se metiera una bala en la mollera, los alemanes seguían
descargando a miles de personas en aquel lugar para acabar con ellas de una
forma u otra. Aquel emplazamiento era conocido como el «quebrantahuesos», un
apodo que se había ganado a pulso después de que -durante años- miles y miles
de personas se dejaran la vida en la denominada «Escalera de la muerte» (una
extensa escalinata ubicada a las afueras y por la que, casi a diario, los nazis
arrojaban a decenas de presos, que acaban falleciendo por los golpes).
Cuando reconoció aquel nombre, los nervios
atacaron a Anka. «En cuanto vi escrito aquello que no quería ver… me puse de
parto. A pesar de que era lo último que había querido imaginar, allí estaba.
Era un hecho. […] Tenía tanto miedo que me puse de parto. Mauthausen poseía la
misma categoría que Auschwitz. Cámaras de gas, selecciones… Vamos, que se
trataba de un campo de exterminio», explicó la propia checa en una entrevista
posterior con Holden. Casi al instante, y antes de que los germanos empezasen a
descargar al resto de prisioneros, comenzaron las contracciones. El bebé venía
al mundo y, para desgracia de su madre, lo iba a hacer sin atención médica y en
medio de un campo de concentración. Al menos, y como siempre dijo la checa, las
vistas eran preciosas desde aquel lugar. «Al llegar a Mauthausen hacía un día
precioso, soleado y el paisaje era realmente bonito. Era una escena campestre
con prados y flores», destaca.
Eva viene al mundo
Al percatarse de los gritos y las
contracciones, los alemanes sacaron a rastras del tren a Anka y, frustrados por
no saber qué le sucedía, la arrojaron con gran ira a un viejo carromato en el
que habían ido recogiendo a todas aquellas mujeres enfermas que presentaban
síntomas de tifus. Fue en ese armatoste equipado con un par de ruedas y lleno
de esqueletos humanos apilados unos encima de otros, en el que la checa tuvo
que dar a luz. «El carro apestaba, estaba lleno de barro y me encontraba con
aquellas criaturas sin pelo y envueltas en harapos. Eran moribundas comidas por
los piojos; aquellos bichos estaban por todos lados. Las pobres mujeres,
inconscientes, se apoyaban en mí o yacían tumbadas sobre mis piernas. Yo iba
sentada y el bebé empezó a salir. Solo tenía un miedo: que el pequeño no
sobreviviera», señalaba la misma Anka.
Pidió ayuda, pero nadie se la dio, aunque un
alemán le dijo que no se preocupase y gritase lo que quisiese. Nunca supo si el
soldado se lo decía en serio o no era más que una cruel broma. Fuera como
fuese, esas palabras le sirvieron para desahogarse a gusto y soltar por la boca
todo el dolor que acumulaba en el vientre. Finalmente, y cuando el sol se
ponía, el bebé de Anka vino al mundo totalmente desnutrido por la falta de
alimento de su madre. Lo primero que vio al nacer fue el campo de concentración
de Mauthausen. A los pocos minutos los alemanes la llevaron a la enfermería
(quizás sabiendo que ya poco debían a Hitler y a Alemania, pues la guerra
estaba tocando a su fin) e hicieron llamar a un médico para que, mediante un
cachete, hiciese llorar a su bebé. No hubo eutanasia, no hubo muerte, solo hubo
alegría, una alegría que llegaron a compartir algunos soldados germanos. Poco
tiempo después, el 5 de mayo, los aliados liberaron el campo. En su interior se
hallaban, todavía con vida, Anka y su pequeña Eva, como decidió llamar a su
hija. Habían sobrevivido a un infierno.