15-7-2011
UNA MIRADA IRRELIGIOSA A LA CUESTIÓN DE LAS RELIGIONES ESCRITO POR: Anibal Corti
En Uruguay las iglesias no son perseguidas y casi no hay manifestaciones de odio religioso, aunque seguramente haya casos aislados. Tampoco es cierto que las iglesias y las religiones carezcan de influencia en la vida pública, que estén confinadas a la vida privada de los individuos o que estén ausentes de ámbitos como la educación. Sólo por citar dos ejemplos recientes: la mayor parte de la población apoya la legalización del aborto, pero los legisladores temen votarla porque algunas iglesias creen que la interrupción del embarazo es un crimen; la mayor parte de la población cree que los niños y adolescentes deberían recibir educación sexual, pero las medidas en esa materia se han venido tomando en forma muy tímida y muy lenta a lo largo de las últimas dos décadas porque algunas iglesias encuentran pecaminosas ciertas expresiones de la sexualidad.
En Uruguay la libertad de culto rige, pues, en términos tanto formales como reales. Las opiniones de las distintas iglesias no son ignoradas en el debate público, más bien al contrario: a veces son tenidas en cuenta al extremo de que esas instituciones logran imponer sus visiones particularistas del mundo incluso a aquellos que no formamos parte de congregación ni profesamos fe alguna.
Ahora bien, se está volviendo un tópico decir que en Uruguay existe alguna clase de postergación de lo religioso, y se está volviendo una (mala) costumbre reclamarle al Estado que vele por los intereses de las instituciones religiosas y sus distintas visiones del mundo, como si esas visiones no pudieran sostenerse por sí mismas o como si estuvieran siendo atacadas de una forma ilegítima y, en consecuencia, debieran ser defendidas.
Las iglesias uruguayas se quejan, entre otras cosas, de que la religiosidad y la vida espiritual han sido relegadas al ámbito privado por efecto del laicismo y la secularización. Ello no es del todo cierto, como se ha visto. Pero en todo caso, si lo fuera, si en efecto la vida espiritual estuviera confinada a la vida privada de las personas, ello estaría bien. Las creencias religiosas son privadas, por su propia naturaleza. No deberían tener incidencia en la vida pública. Veamos esto con más detalle.
LA NATURALEZA DE LA FE RELIGIOSA. Las distintas religiones pretenden ofrecer descripciones literales –no metafóricas– de un mundo sobrenatural, un mundo que no es el de la experiencia cotidiana. El acceso a ese mundo no es público, y las pretendidas verdades que puedan decirse de él no están abiertas a escrutinio. No puede mostrarse, en consecuencia, que un dogma religioso cualquiera sea falso, pero, para los creyentes, cualquier otra creencia incompatible con ese dogma será necesariamente falsa.
Un cristiano, por ejemplo, jamás convencerá a un judío, sobre la base de algún tipo de evidencia pública, de que Jesús es el salvador, pero está obligado a creer que ese dogma de su fe es literalmente cierto y que todos los que no admitan esa verdad (entre ellos los judíos) están equivocados.
Hace unos años, el pontífice romano permitió que se volviera a celebrar la misa según el rito antiguo –es decir, la liturgia anterior al Concilio Vaticano II– sin necesidad de un permiso especial. Aprovechó la oportunidad para hacerle también algunas modificaciones muy menores. La liturgia del viernes santo, según el rito antiguo, invitaba en latín a rezar por los judíos para que Dios quitara el velo de sus corazones y pudieran reconocer así a Jesús como el único salvador de todos los hombres. Ese pasaje fue modificado muy ligeramente y en la nueva versión se invita a rezar para que Dios ilumine el corazón de los judíos a esos mismo efectos.
El hecho provocó un pequeño escándalo. Algunos rabinos –italianos y alemanes, sobre todo– se enfurecieron. El nuevo texto litúrgico, a su juicio, apenas maquillaba el pasaje anterior, en que se consideraba a los judíos como un pueblo enceguecido, que debía ser guiado hacia la verdad sobrenatural acerca de Jesús. El enfurecimiento era del todo injustificado si se tiene en cuenta que tres veces al día, todos los días del año, cuando se reúnen en oración en la sinagoga, esos mismos rabinos piden al dios revelado en la Torá que ilumine el corazón de los gentiles, para que un día lo reconozcan como el único dios verdadero.
Toda religión describe un mundo sobrenatural con características específicas. Como se dijo, esas distintas descripciones pretenden ser literalmente verdaderas. Si Jesús es el hijo de Dios y el cordero sacrificado que quita el pecado del mundo, el cristianismo es verdadero y todas las demás religiones falsas. En caso contrario, el propio cristianismo es falso. Si la conciencia individual (Atman) es un mero reflejo de la conciencia universal (Brahman), el brahmanismo es verdadero y todas las demás religiones falsas. En caso contrario, el propio brahmanismo es falso. Y así sucesivamente con los distintos dogmas de las distintas confesiones. El problema es que todos esos dogmas describen un mundo que es inaccesible, que no es investigable a través de los mecanismos cognitivos de que disponemos los seres humanos normales. Todos se apoyan en alguna clase de revelación, ofrecida por medios sobrenaturales, en algún pasado más o menos remoto, a personas elegidas especialmente a tales efectos por una deidad específica o varias de ellas. Todos esos dogmas pretenden ser literalmente verdaderos, pero no refieren al mundo de la vida cotidiana y no pueden ser sometidos a escrutinio.
Algunos siglos de secularización (todavía muy pocos, por desgracia) han hecho olvidar a la mayor parte de las personas que las religiones no son como el chocolate, el vino o las mujeres, es decir que no son un asunto de gustos o de preferencias personales –que uno no puede creer lo que se le antoje en forma liviana, alegre y despreocupada, mientras que el resto de la gente anda por allí creyendo también lo que a ellos se les antoje creer–, sino que están involucradas supuestas verdades referidas a una supuesta dimensión sobrenatural de la realidad. Cuando esta verdad elemental sobre las religiones estaba fresca en las mentes de los hombres, nadie se sorprendía de que un pontífice romano dijera que sólo hay salvación a través de Jesús –¿qué va a decir si no un pontífice romano?– y que los judíos deben aceptar a Jesús en sus corazones para alcanzar la vida eterna, como todos los demás hombres.
No sé de qué temas discuten los creyentes cuando se unen en un diálogo interreligioso, pero sí sé de qué tema no discuten: no discuten de religión. No lo hacen porque de religión no se puede discutir. La religión se toma o se deja, pero no se discute. No se discute si Jesús es el cordero sacrificado; no se discute si Israel es el pueblo elegido; no se discute si Alá es el único dios o hay otros o eventualmente no hay ninguno. En fin, las creencias religiosas se toman o se dejan. No se aceptan tentativamente –como se aceptan, por ejemplo, las hipótesis científicas–, hasta que un día quizás se descubra que son falsas. Simplemente no se puede descubrir que una creencia religiosa es falsa. Las religiones no están abiertas a ninguna forma de refutación. Sin embargo, tampoco constituyen gustos o preferencias personales. Pretenden ser descripciones literalmente verdaderas de una supuesta realidad trascendente. Pero el fundamento de esas descripciones es puramente privado, igual que los gustos y las preferencias personales.
LO PÚBLICO Y LO PRIVADO. Como se dijo, las iglesias uruguayas se quejan de que las religiones han sido relegadas al ámbito de la vida privada por efecto del laicismo, pero las religiones están acotadas a ese ámbito por la propia naturaleza no pública de sus creencias.
La religión es la parte de la cultura menos abierta al diálogo. Por supuesto que los dogmas religiosos pueden ser cuestionados, pero al precio de abandonar una religión para fundar otra, como hicieron los primeros cristianos con el judaísmo, o simplemente abandonarlas todas, como hacemos los ateos. Las diferencias religiosas se pueden tolerar, pero no se pueden zanjar por medio de la argumentación.
Esa es la razón por la cual las religiones no pueden tener jamás un protagonismo en los asuntos públicos; al menos un protagonismo que sea legítimo. Esto no quiere decir que las iglesias deban ser perseguidas o que sus fieles deban ser hostigados. Cada quien es libre de creer lo que quiera, incluso historias fantásticas sobre deidades y sus alianzas con los hombres, profetas, vírgenes parturientas, conciencias cósmicas y demás asuntos sobrenaturales. Pero no hay algo así como un derecho a creer en esas cosas que deba ser salvaguardado por el Estado. Si algunos las creen, bien. Tampoco está prohibido, ni debería estarlo. Lo que el Estado debe asegurar es que nadie sufra persecución por creer lo que sea que crea. Y punto. Nada más. Las creencias privadas se quedan en la vida privada y las otras se confrontan en los espacios públicos. Si una creencia desapareciese, por quedarse sin fieles, nadie debe ir corriendo a protegerla, como si se tratara de una especie valiosísima que se encuentra en peligro. No hay que enseñarlas en las escuelas para evitar que desaparezcan, ni nada por el estilo. Sólo hay que enseñar que existen, porque eso forma parte de la cultura general. Pero eso es algo que ya se hace en Uruguay. Quizás podría hacerse mejor, como todo lo que concierne a la educación, pero nada más.
La fe no es un asunto público
15/Jul/2011
Brecha, Aníbal Corti