Lo ocurrido con la flotilla que zarpó de Barcelona rumbo a Gaza no sorprende a nadie. Israel advirtió que interceptaría cualquier intento de romper el bloqueo, y así ocurrió. Los activistas han sido detenidos y ahora se desata la tormenta mediática, como si fuera un suceso inesperado. Pero todos sabían que pasaría. Y ahí está la clave: la flotilla nunca fue una misión humanitaria, sino un montaje propagandístico con un guion escrito de antemano.
Si el objetivo hubiera sido entregar ayuda, lo lógico habría sido mostrar públicamente la carga, aceptar supervisión internacional, descargarla en puertos seguros bajo control de algún Organismo Internacional. Pero no. Nunca enseñaron qué transportaban, rechazaron toda verificación independiente ofrecida y se negaron a entregar los suministros por vías seguras. ¿Por qué? Porque la ayuda es una excusa; lo que buscaban era la confrontación con Israel para fabricar titulares.
Y lo han conseguido: las portadas del mundo hablan de “Israel atacando barcos de paz”. Exactamente lo que pretendían. El guion se repite desde 2010: una flotilla con supuesta ayuda, Israel interceptando, la prensa internacional indignada, y Hamás celebrando el eco propagandístico. La población de Gaza, la que supuestamente iba a recibir esa ayuda, sigue en la misma miseria.
Más grave aún es quién financia y apoya estas operaciones. No son redes neutrales ni imparciales, sino organizaciones que orbitan en torno a Hamás, una facción terrorista que no reparte medicinas ni alimentos, sino misiles y atentados. Que se intente vender a la opinión pública europea que detrás de esta flotilla había un gesto altruista es, sencillamente, una burla.
El verdadero montaje no está en los barcos, sino en el complot mediático que se organiza alrededor. Los mismos medios que no preguntan qué carga llevaban, quién paga la expedición, ni por qué se rechazan canales humanitarios oficiales, se lanzan ahora a denunciar la “represión israelí”. No hay periodismo, hay activismo disfrazado de información.
En realidad, todos sabían cómo iba a terminar: con la detención de los tripulantes y el refuerzo de la narrativa victimista que Hamás necesita. La flotilla no llevaba paz ni ayuda, llevaba un guion propagandístico con destino asegurado: el choque, la foto y la manipulación de la opinión pública.
La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿qué hay de humanitario en una misión que se niega a ser transparente, que rechaza la supervisión y que zarpa hacia un desenlace anunciado? La respuesta es clara: nada. Era puro teatro, y el mundo entero se ha prestado a representarlo.