Cartas al director Señor Director:
Leyendo la columna de Claudio Paolillo, en el último número de Búsqueda, sentí la necesidad de realizar algunos comentarios sobre las relaciones de Uruguay con el régimen iraní.
En primer término quiero felicitar al director de Búsqueda por un artículo muy valiente, claro y directo. Creo que ese es uno de los roles que debe tener la prensa: opinar, sin temores a los calificativos, sobre aquellas acciones del gobierno que considere equivocadas. A pesar de su carácter “opositor”, Paolillo no duda en criticar la política que gobiernos anteriores (blancos y colorados) han tenido en su relacionamiento con el régimen de Irán. Podría agregar que estas críticas se remontan a la época del Sha. No voy a hablar sobre las atrocidades del régimen presidido por Mahmud Ahmadineyad, la columna de Paolillo es muy clara al respecto y la información abunda para aquellos a quienes realmente les interese informarse.
Sí quiero opinar sobre las relaciones comerciales, diplomáticas, políticas y culturales de un país como Uruguay. “Negocios son negocios”, afirman desde nuestro gobierno, al igual que hicieran gobiernos anteriores, pero también deberíamos recordar que “amigos son los amigos”. Al igual que otros tantos países, para Uruguay el norte de sus relaciones diplomáticas tiene que ser el comercio (algo que debería recordar el vicecanciller Conde), con la ventaja que un país como el nuestro no tiene mayores responsabilidades políticas y puede, en ese plano, mantener cierta neutralidad. Pero, siempre hay un “pero”, su responsabilidad hacia la comunidad internacional y la convivencia pacífica entre las naciones debe estar siempre presente, aun por razones estrictamente comerciales. Con China o Vietnam nos interesa tener buenas relaciones comerciales y, por tanto, diplomáticas, a pesar de que se trata de regímenes totalitarios que violan constantemente los derechos humanos. Nadie pretende que Uruguay sea un abanderado por el respeto de los derechos humanos en el mundo, pero de ninguna manera eso supone que hagamos el juego a regímenes totalitarios que no los respetan. Existe un amplísimo campo de relacionamiento diplomático que facilita el intercambio de bienes y servicios, así como de inversiones, sin necesidad de traspasar el límite de lo política y éticamente correcto. Podemos comerciar libremente con el régimen iraní, visitar el país e, incluso, en algunos momentos chiflar y mirar para otro lado. Pero nunca podemos ser amigos de un régimen de ese tipo con el cual establecer relaciones políticas y, mucho menos, culturales. Eso sería lisa y llanamente complicidad con las atrocidades que allí se cometen.
Justamente, esto es lo que pretende el Sr. Ahmadineyad, por la sencilla razón que su régimen se encuentra aislado y busca aliados en los países del Tercer Mundo, en particular América Latina, donde ya ha logrado sentar algunas bases. Para el régimen de Chávez, esa asociación política le resulta beneficiosa, porque también se encuentra aislado y los derechos humanos le merecen el mismo respeto que a su colega iraní, pero es muy distinto el caso uruguayo. La carne uruguaya no es la preocupación del tirano iraní, mucho menos el intercambio cultural, con un país occidental y cristiano como es el nuestro, sí le interesa el relacionamiento político, el contar como aliado con un país respetado internacionalmente como Uruguay. Si ese es el precio que nos quiere hacer pagar por un fluido relacionamiento comercial e inversiones, lamentablemente para nuestros intereses económicos deberemos decirle que no, porque el respeto internacional es más importante para esos mismos intereses. Ni China ni Vietnam nos piden pagar ese precio y así deben ser las cosas en materia de relacionamiento internacional.
La visita de un grupo de parlamentarios a Teherán no tenía ningún sentido. Es más, me provoca mucha vergüenza, al igual que a Paolillo. Mucho menos debieron participar mujeres en esa delegación, si se verían “obligadas” a acatar el “protocolo” iraní, que degrada totalmente a la mujer. Tampoco se explica que parlamentarios opositores integren dicha delegación, aun sin participar del protocolo, por lo cual uno no tiene más que preguntarse: ¿para qué fueron? Una delegación parlamentaria tiene como fin el estrechar lazos políticos con el régimen del país anfitrión, no comerciales ni diplomáticos, para los cuales existen otros delegados como ministros o directores de empresas públicas, incluso empresarios. No le demos muchas más vueltas al asunto: con este episodio Uruguay termina brindando su apoyo a todas las atrocidades cometidas en Irán y a muchos les queda la idea de que hemos sido chantajeados. Espero que esto no sea así, sólo ingenuidad de gobierno y oposición, porque si es así, resulta muy triste.
Juan Carlos Doyenart (en la imagen. Fuente: www.espectador.com)
“La Edad Media está aquí” (I)
12/Feb/2011
Semanario Búsqueda, Juan Carlos Doyenart