La economía en Auschwitz

09/Ago/2018

El Mundo, España- por John Müller

La economía en Auschwitz

He visitado Auschwitz. Sorprende la solidez
de ciertas construcciones y su vocación de permanencia junto a la fragilidad
del barracón de madera. Sorprende, también, la promiscuidad de la máquina de
exterminio y los trabajos forzados.
He pensado que había una mirada económica
para este lugar. Me lo hizo creer la lectura de The Cunning of History de
Richard L. Rubenstein, un teólogo judío que figura entre los creadores del
concepto de genocidio, y, sobre todo, la sugestiva introducción que le dedicó
William Styron, el autor de La decisión de Sophie. Ambos sostienen que no es el
odio racial lo que estaría detrás. «La etiología de Auschwitz -escribe
Styron- está enraizada profundamente en una tradición cultural que va desde el
tráfico de esclavos de África hasta la antigua Grecia y Roma». Detrás
estarían las motivaciones económicas del sistema esclavista.
El libro, publicado en 1975, se viene abajo
cuando Rubenstein y Styron intentan hacer creer, en dos líneas, que el sistema
esclavista y el capitalismo moderno son la misma cosa.
Con menos intuiciones literarias, pero más
datos duros, Peter Hayes, profesor de Northwestern University, también ha
estudiado el asunto. Para él, el antisemitismo es una condición necesaria, pero
no suficiente para el Holocausto. Entre 1901 y 1933, los matrimonios mixtos
entre judíos y alemanes se dispararon. En 1932, había más judíos sentados en
los directorios de las 100 empresas más grandes de Alemania que en todas las
compañías de EEUU.
En Profits and Persecution: German Big
Business and the Holocaust, Hayes relata cómo los nazis fueron creando
incentivos económicos y sociales para que los empresarios aceptaran su
«solución final». Comenzaron los sindicatos nazis, que denunciaron a
los directivos y propietarios judíos.
Los tribunales laborales les dieron, al
principio, la razón. Después se concentraron en eliminar a los miembros judíos
de los consejos de administración. Hasta 1938, capitalistas como Carl y Robert
Bosch o Carl-Friedrich von Siemens, eran pragmáticos y creían que si
abandonaban la primera línea empresarial, los judíos podrían vivir en paz.A
partir de 1938, el intervencionismo fue descarado. El gobierno usaba sus bancos
(el Deutsche y el Dresdner) para estimular fusiones y adquisiciones para
«arianizar» empresas. Muchos empresarios compraron para no perder su
cuota de materias primas y de mercado.
La guerra lo cambió todo. Si en 1934
ninguna empresa aceptó el trabajo esclavo que les ofrecía Himmler, en 1940,
varias de ellas lo hicieron. Y en 1943, ya todas aceptaron. BMW, AEG, Siemens,
Schering y todo el complejo de IG Farben (los fabricantes del ZyklonB de las
cámaras de gas): Bayer, Basf, Hoechst y Agfa.
No he podido encontrar una mirada económica
en Auschwitz. Aquí solo hay desolación. Se trataba de vida o muerte, todo
extraordinariamente básico, como las montañas de maletas o zapatos de las
víctimas. Si hay una lección que llevarse de aquí es la de que esto no fue la
obra de un loco. Dice Hayes: «Esto, tan repetido, queda mucho más claro
con la expresiva, horrible y frecuentemente omitida circunstancia de que
disponer de la propiedad de las víctimas requiere más tiempo y algunas
habilidades más sofisticadas que disponer de las vidas de las mismas».