La cultura del odio

13/Ago/2014

Infobae, José Ignacio Apoj

La cultura del odio

Fue el sabio nonagenario
Shimon Peres quien, a su forma, advirtió sobre el desastre que se le venía a
Israel si se decidía a iniciar una operación militar a gran escala en la Franja
de Gaza: “Es necesario, pero hay entre medio un gran dilema moral”. Que era,
obviamente, la muerte de civiles.
Israel, un estado en el
que la respuesta militar se consuma, desde el primer día de su existencia, como
consecuencia de un reflejo vital de supervivencia, cayó una vez más en la
trampa que le tendió Hamas. Dicen por acá los que vieron esta película en vivo
una y otra vez, entre quienes se incluyen escritores y pensadores
históricamente enfrentados a Netanyahu, intelectuales ligados a movimientos
pacifistas, hombres y mujeres leídos, racionales, que Hamas jugó a la ruleta
rusa adrede. En otras palabras, muchos creen que el grupo terrorista quería que
pasara esto: provocar para que Israel responda, mandar al matadero a sus
civiles, exponer sus cuerpos y utilizar su sangre para, otra vez, chantajear
sentimentalmente hasta a las más conservadoras almas de occidente. Lo lograron:
hace tiempo escuchamos que ya no vivimos las guerras de las armas, sino de la
información, y en ese terreno la cantidad de víctimas palestinas le otorgan al
grupo terrorista, paradójicamente, una categórica victoria sobre Israel.
Cuando las imágenes de
niños y mujeres palestinos muertos dan vuelta al mundo, pocos pueden-y quieren-
recordar la letra chica del asunto. El odio se devora los matices. En el
conflicto más maniqueísta de la historia, esas espantosas imágenes, las
sensibleras cartas abiertas de Roger Waters y las remeras palestine-friendly de
Cristiano Ronaldo atentan notablemente, en la mente llena de odio de cualquier
oficinista frustrado, contra la imprescindible posibilidad de atacar el asunto
desde otros ángulos para darse cuenta que esto no es A o B, Israel o Palestina,
Víctima y Victimario. Sin embargo, la palabra genocidio, tan de moda por estos
días como el término selfie, se utiliza con alarmante ligereza. Los
vietnamitas, las víctimas de la feroz dictadura guatemalteca, los Hutus o,
recientemente, los cristianos sirios asesinados adrede y de a millones ya ni
siquiera por pensar distinto, sino por el simple hecho de haber nacido en
determinado lugar, se revuelven en sus tumbas con una risotada llena de
incredulidad y de bronca. Hay que tener cuidado con el uso de las palabras.
Aunque a Eduardo Galeano
no le guste, es obligatorio recordar, ante todo, que esta guerra no es entre
Israel y los gazatíes y que, aunque lejos está de justificarlo, las FDI no
matan civiles por placer o de forma deliberada, aunque es justo y pertinente
proceder a la revisión de los hechos por parte de los organismos
internacionales, sobre todo respecto al intempestivo bombardeo a la ciudad
sureña de Rafiah tras el presunto secuestro del Teniente Hadar Goldin, que
finalmente fue encontrado sin vida.
La izquierda portátil
(esa que no piensa en derechos humanos cuando se refieren a adolescentes
infractores de su propio país, o condena los atropellos dependiendo si el país
es amigo o enemigo de EE.UU) tomó las
redes sociales para bramar contra la brutalidad de la operación terrestre en
Gaza, y está en su derecho. Nadie los meterá presos o los lapidará por opinar
porque, por suerte, las calles donde viven no están patrulladas por las células
terroristas de Hamas, uno de los más sanguinarios grupos fundamentalistas de
todo el planeta.
Algunos de los palestinos
muertos forman parte del subgrupo de las tristemente célebres “bajas
colaterales”, pero muchos otros(¿cuántos? ¿cómo saberlo?) fueron escudos
humanos instruidos por Hamas en manuales específicos en los que no faltan
detalles sobre el procedimiento,como arengas para dar su vida por La Causa. El
lenguaje de Hamas es claro: Palestina o Israel, Jihad o sumisión. Patria o
Muerte.