No tengo ningún amigo o
conocido judío, que yo sepa, y, para el caso, tampoco ningún enemigo, o eso
espero. Y no porque lo haya evitado, ni mucho menos, sino, porque, simplemente
en mi entorno nunca ha habido ninguno. Sin embargo, mi padre, sí tuvo, al
menos, un amigo judío. Llegado hasta aquí, los lectores que hayan tenido a bien
iniciar el recorrido por este artículo, seguramente estarán pensado, “bueno, ¿y
qué?, ¿a qué viene esto?”. Pues, lo cierto es que estas dos afirmaciones son
muy relevantes desde el punto de vista histórico para la gente de mi generación
y las posteriores ya que, si hemos vivido separados y con un profundo
desconocimiento unos de otros no ha sido por voluntad sino por imposición de
las circunstancias. Unas circunstancias que también han marcado la,
aparentemente inexistente, relación de kurdos y judíos.
Mi padre nació,
supuestamente, porque los registros en el Kurdistán iraquí de la época eran
poco precisos, en la década de los treinta del siglo pasado, y yo llegué a este
mundo algunas décadas después. Por lo tanto, mi padre aún era un adolescente
cuando Israel se erigió como estado independiente y el conflicto árabe –
israelí se embarcó en la actual espiral de sangre. Tuvo, así la oportunidad de
conocer a la comunidad judía de Baghdad, esa comunidad hoy desconocida pero
que, en las primeras décadas del siglo pasado tuvo un papel tan relevante,
entre otras cosas, en la recuperación y revitalización, en cooperación con
artistas de otras confesiones, tradiciones artísticas tan intrínsecamente
iraquíes, como el Maqam[1].
Yo, por el contrario, no
tuve la ocasión siquiera, de tomar conciencia de que, en algún momento de la
historia, un grupo de personas distintas de las árabes, armenias, asirias,
caldeas, kurdas, turcomanas, etc. que convivían en el Iraq que yo conocí,
habían tenido una presencia tan importante como denostada en la historia de
este país y, para el caso, en casi todo el denominado “mundo árabe”. Porque,
como por todos es sabido, desde 1948, los judíos dejaron de existir salvo para
ser maldecidos por su enfrentamiento con los palestinos.
Sólo cuando empecé a
especializarme en la historia de Oriente Próximo mi interés y mis estudios me
fueron acercando a esa parte del devenir de la región, es decir, la de los
judíos, tan oscurecida y condenada al olvido, como la historia de los kurdos,
objeto central de mi dedicación.
No tardé en constatar que
los intereses que, en la mayoría de los casos nada tenían que ver con la
realidad de los judíos ni con la de los kurdos les convirtieron a ambos, de
manera separada aunque similar, en enemigos a eliminar, no sólo física sino
también documental e históricamente, tanto por árabes, como por turcos y
persas, curiosamente, todos musulmanes. Y digo curiosamente porque, si la
diferencia religiosa con los judíos podía “justificar”, en alguna medida la
enemistad, no es aplicable para el caso kurdo, quienes en su mayoría profesan
esta fe.
Así, si los judíos
tuvieron que huir de todos los países en los que sus ancestros habían vivido
durante siglos, a los kurdos se les trasladó de manera forzosa para romper una
de sus mayores fortalezas, su arraigo al Kurdistán o, lo que es lo mismo, a las
montañas de los Zagros, donde han vivido desde hace milenios. Sí, milenios,
algo que sorprende tanto como el hecho de que algunos estudios genéticos hayan
determinado que las tres etnias más antiguas de Oriente Próximo son la aramea,
la judía y la kurda[2] y que, por lo tanto, son los habitantes que tienen más
derecho a reivindicar su identidad. Así que, existe un triste paralelismo que,
espero, sea objeto de un estudio académico en profundidad en un futuro no muy
lejano.
La contienda imperialista
árabe, turca y persa
Pero, al margen de las
similitudes en la manera que han sido perseguidos y masacrados, porque los kurdos
al igual que los judíos, – como también los armenios y asirios – han sufrido
duras campañas de exterminio tanto por los turcos, sobre todo, desde la década
de los años veinte hasta los cincuenta del siglo pasado, y por los iraquíes,
fundamentalmente, en la década de los ochenta, es de destacar la política de
acorralamiento y negación que han tenido que afrontar en un entorno hostil
donde el odio religioso, confunde u oculta intereses que tienen más que ver con
las aspiraciones imperialistas árabes, turcas y persas que con cuestiones de
enfrentamientos étnicos. Y es que, tanto kurdos como judíos constituyen serios
obstáculos para la voluntad panislámica que está convirtiendo a todo Oriente
Próximo en un terrible campo de batalla con la excusa de la lucha anti-
yihadista.
A la secular rivalidad
por la hegemonía en la región, entre el Imperio Otomano, musulmán sunnita y el
Imperio Persa, musulmán chiíta, hoy entre sus secuelas, Turquía e Irán, hay que
añadir, la aspiración de liderazgo panarabista, en decadencia pero aún vigente
en Egipto, así como el empuje fundamentalista del wahabismo, o lo que es lo
mismo, de Arabia Saudita en competición con Qatar. Obviamente, en los planes de
expansión de cualquiera de estos contendientes, cualquier grupo humano que se
oponga a su primacía es un enemigo a batir, como es el caso de los judíos y los
kurdos.
No voy a revisar aquí los
diversos acontecimientos históricos ni los diferentes intereses internacionales
que tanto han condicionado la existencia de Israel y,
también, boicoteado cuando no impedido el reconocimiento de Palestina porque,
soy de la opinión que ambos son víctimas directas de la nefasta influencia de
los actores mencionados en el párrafo anterior pero, sí creo que puede
interesar al lector un breve repaso a la historia reciente de los kurdos.
La historia de los kurdos
Los kurdos son el mayor
pueblo sin estado reconocido, – ya que se estima que, al menos está integrado
por cuarenta millones de personas que habitan un territorio de, aproximadamente
medio millón de kilómetros cuadrados – y perdieron el tren de la historia en
1923. Quizás, ello fue debido, en parte, a su lenta reacción frente a otras
etnias y minorías bajo el dominio del Imperio Otomano, a la hora de reclamar su
reconocimiento por la Comunidad Internacional durante las negociaciones
posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial.
Pese a ello, los kurdos,
vieron sus aspiraciones reconocidas en el Tratado de Sèvres de 1920[3], el cual
no sólo los mencionaba de manera directa sino que, además establecía la
necesidad de celebrar un referéndum para que pudieran decidir si querían la
independencia o no.
Pero el proceso de
creación de la nueva Turquía y las sucesivas guerras que los kemalistas
llevaron a cabo para consolidar su dominio sobre Anatolia y que provocaron una
revisión del Tratado de Sèvres mediante el de Lausana de 1923, borrarían a los
kurdos de este documento y todos los posteriores. Borrados de los textos
internacionales, escondidos a la opinión pública, los kurdos han mantenido su
lucha hasta el día de hoy.
Aunque, a lo largo del
siglo XIX tuvieron lugar diversos levantamientos contra el Imperio Otomano y
que estos se recrudecieron a comienzos del siglo XX, fue a partir de la firma
de este tratado que la rebelión kurda se agravó. Así, los kurdos desarrollaron
una feroz lucha contra los gobiernos de Iraq, Irán, Siria y Turquía, lo que les
supuso persecuciones, traslados masivos, expropiaciones forzosas, la
prohibición de hablar su idioma, etc. Pese a experiencias tan aleccionadoras
como la República de Mahabad de 1946 nunca lograron más allá de una autonomía
muy limitada en Iraq. Un reconocimiento insuficiente que no aplacaría la
resistencia kurda. La incapacidad del gobierno de Saddam para sofocarla por los
métodos tradicionales alentó su gaseamiento lo que provocaría la masacre de
Halabja de 1988 y la campaña de exterminio de Anfal.
Tras la Guerra del Golfo
de 1991, el nuevo levantamiento kurdo y el éxodo de la población forzarían a la
Comunidad Internacional a decretar zonas de exclusión aérea e iniciar una
campaña de protección que permitiría a los kurdos iraquíes sentar las bases de
su actual autonomía democrática. En Turquía, pese a los aparentes esfuerzos del
gobierno de Ankara por conseguir una paz duradera, los kurdos siguen sin gozar
de sus derechos. Tras décadas de negación de su existencia en Siria, los kurdos
se han erigido como paradigma de la resistencia, primero frente al gobierno de
Bashar al Asad y, recientemente, en Kobane, frente al Estado Islámico.
Por su parte, Israel, en
un entorno eminentemente hostil, logró establecer una serie de pactos con
Egipto y Turquía que le dieron un cierto respiro durante décadas. Sería esta
colaboración con Turquía, hasta hace unos años un país con una trayectoria
cuasi – laica, la que dificultaría, al menos de cara al público un acercamiento
con los kurdos. Pero, ahora que el verdadero trasfondo del liderazgo turco se
está haciendo tan evidente, ya nada impide un cambio en la actitud, los gestos
y la imagen.
Y es que a nadie se le oculta
el apoyo que Erdogan ha prestado y está prestando a los fanáticos del Estado
Islámico, enemigo común de Israel, de los kurdos y de todos los habitantes de
Oriente Próximo que aspiran a un gobierno democrático.
Los kurdos constituyen la
gran esperanza para el cambio en Oriente Próximo, un cambio que, sin embargo,
inquieta y mucho a todos los países vecinos, salvo, probablemente Israel. ¿Y
por qué? Fundamentalmente, porque si los kurdos lograran la independencia
tendría que darse una reconfiguración geoestratégica – con reducción de
territorios – que rompería todas las alianzas y juegos de poder de la zona.
Pero, además, los kurdos se harían con el control de los importantes
yacimientos de petróleo en el norte de Iraq e Irán y también con los cursos de
los imprescindibles Tigris y Eufrates.
Control territorial
estratégico, ingentes recursos económicos y dominio del agua constituyen una
combinación difícilmente soportable por los dominadores de la zona. El hecho de
que, además, sean los kurdos los que estén luchando y defendiendo a todas las
minorías, de la agresión de los fanáticos del Estado Islámico, la criatura de
Arabia Saudita y Turquía, añade más sal a la herida.
Con un enemigo común tan
terrible e intereses coincidentes, parece inevitable una alianza estratégica
entre judíos y kurdos que permita, a los que han permanecido tanto tiempo
condenados, reescribir y cambiar el curso de la historia mediante una
cooperación que logre llevar a Oriente Próximo la paz y la justicia más allá de
la etnia y la religión.
* Escritora y periodista
española especializada en temas árabes, hija de padre kurdo y madre gallega
[1]
http://www.dangoor.com/72page42.html
https://www.youtube.com/watch?v=0-gcytHYBfA&feature=youtu.be
[2] Estudio liderado por
la Profesora Ariella Oppenheim y la Dra. Marina Feirman, de la Universidad
Hebrea, entre otros.
Hennerbichler, Ferdinand.
The Origin of the Kurds.
[3] Sección 3, artículos
62 a 64.
Kurdos y judíos, destinados a reescribir la historia
31/Oct/2014
Aurora, Yashmina Shawki *