Israel no es el problema

15/Ago/2014

Infobae, George Chaya

Israel no es el problema

En esta columna de hoy,
bien podría compartir con ustedes algunos hechos históricos fascinantes de la
milenaria cultura árabe. También pensamientos y magníficas experiencias acerca
de esa antigua cultura. Pero claro, en estos días, todas las personas
parecieran estar en carne viva, hablan, entienden y hasta pareciera que tienen
la solución a lo que está sucediendo en Gaza, con el conflicto
Palestino-Israelí. Me referiré a ello solamente de paso y, en todo caso, será
tema de un próximo análisis.
Hoy prefiero dedicar la
mayor parte de mi artículo a pensar con ustedes sobre la amplitud del escenario
geográfico de aquella región que conocemos como “mundo árabe” y al impacto de
los hechos que allí se producen, algo que abordé en varios de mis artículos y
análisis por los últimos años. Para ello, le solicito como lector localizarse
específicamente en la zona que va de Marruecos a Pakistán, un área
predominantemente árabe y musulmana, pero que también incluye significativas
minorías de otras creencias.
Usted puede preguntarse
por qué dejo de lado a Israel y sus asuntos. La respuesta es: porque Israel, y
cualquier problema relacionado con ese país, no importa qué pueda usted leer u
oír en medios de comunicación del mundo, no es el eje central, ni jamás ha sido
el trastorno de la zona de la que hablamos. Contrario a ello, Israel no es
parte del problema, más bien es parte de la solución a la locura generalizada y
estimulada por el terror fanático e irracional.
La disfuncionalidad
psico-sociológica de una región
Es cierto que sí existe
un conflicto Palestino-Israelí desde más de 60 años. Pero no es allí donde se
centra o radica el núcleo del asunto principal de la disfuncionalidad
arabe-islámica.
Los millones de seres
humanos que murieron en la guerra entre Irán e Irak desde 1980 y hasta 1988, no
tenían nada que ver con Israel. Los asesinatos masivos en Sudán, donde los
islamistas están masacrando a sus ciudadanos negros no musulmanes, no tienen
nada que ver con Israel. Tampoco con Europa o con EEUU. Los recurrentes
informes sobre Libia y el asesinato de miles de civiles en una aldea u otra a
manos de los fundamentalistas islámicos de Al-Qaeda -los mismos a los que
Europa y el presidente Obama ayudaron a derrocar a Khaddafi- no tiene nada que
ver con las acusaciones árabes al imperialismo estadounidense, al colonialismo
europeo o al sionismo israelí.
Tampoco Saddam Hussein
invadió Kuwait en su tiempo, ni puso en peligro a Arabia Saudita, ni asesinó
gaseando masivamente a sus propios ciudadanos a causa de Israel. Egipto no usó
gas venenoso contra Yemen en los años 60 a causa de Israel. El fallecido
presidente sirio Haffez Al-Assad no mató en una semana a treinta mil de sus
propios ciudadanos en 1982 en el pueblo de Hamma, en Siria, a causa de Israel,
y lo mismo para con los más ciento ochenta mil muertos que ha sabido generar su
vástago Bachar en los últimos tres años de la mal llamada primavera siria. Por
cierto, en el campo sirio, “es penoso escuchar el silencio” de colegas de
analistas occidentales que desgranaron aplauso los primeros días de la
revolución siria ahora que la guerra civil es abierta ya no hablan de eso.
El control criminal del
talibán en Afganistán y la guerra civil en ese país, no tuvo nada que ver con
Israel, con Occidente ni con cualquier forma de imperialismo que haya
pretendido avasallar la cultura árabe islámica. El terror de organizaciones
como Hezbollah, quien secuestro al Estado legal libanes, no tiene que ver con
Occidente ni con los judíos. Lo mismo aplica para la organización terrorista
Hamas, que asesinó y depuso la autoridad de sus hermanos palestinos
representados por el presidente Mahmoud Abbas en la Franja de Gaza.
Usted puede tomarlo o
dejarlo, pero si desea continuar leyendo, deberíamos pensarlo con amplitud, mal
que les pese a los simpatizantes del terror yihadista, a los arabistas
fanáticos y a la izquierda lunática internacional. Nada de esto, ni las
masacres diarias entre chiitas y sunitas en el Irak actual tienen que ver con
Israel. Pretender ocultar estos hechos o negarlos, no solo no le hace bien al
mundo árabe, sino que resulta una afrenta a la verdad histórica sobre la
crueldad de gobiernos y regímenes árabes para con sus propios ciudadanos.
El origen del problema al
que hoy muchos asisten como testigos sorprendidos, es que esta región donde la
ideología integrista avanzó y se afianzó exitosamente en distintos países fue
convertida absolutamente en disfuncional en toda su extensión y, bajo cualquier
estándar conocido por el mundo moderno. Y lo cierto es que: “la región hubiera
sido disfuncional aunque Israel se hubiera integrado a la Liga Árabe y una
Palestina independiente hubiera existido desde hace 70 años”.
Los 22 países miembros de
la Liga Árabe, desde Mauritania hasta los Estados del Golfo, tienen una
población total de unos 500 millones de personas, casi tan grande como la Unión
Europea antes de su expansión y, ocupan un área mayor que los EE.UU. o que toda
Europa.
Estos 22 países, con
todos sus recursos naturales y el petróleo, tienen un Producto Nacional Bruto
(PNB) menor que el de los Países Bajos más Bélgica e igual al de la mitad del
PNB de -solamente- el estado de California. Dentro de este exiguo PNB, las
brechas entre ricos y pobres exceden la credibilidad y comprensión de un ser
humano normal y bien intencionado. Allí, demasiados ricos acumularon su dinero
no por triunfar en los negocios sino por ser gobernantes corruptos. El estatus
social de las mujeres es mucho peor de lo que era en el Mundo Occidental hace
200 años. Los derechos humanos están por debajo de cualquier estándar razonable
a pesar del grotesco ex presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, quien sostuviera
cándidamente en su discurso de 2011, en la sede propia de la ONU su discurso
más ridículo señalando que en Irán “no había prostitutas, ni existía tal cosa a
la que denominar homosexualidad”.
Según el informe
preparado por un comité de intelectuales árabes y publicado bajo los auspicios
de Naciones Unidas en El Cairo, antes que Mubarak sea destituido por los
islamistas de la Hermandad Musulmana, el número de libros traducidos por el
mundo árabe entero era mucho menor que el traducido por apenas la pequeña
Grecia.
Todo esto está sucediendo
en una región que hace apenas 40 años la OPEP consideraba como la segunda zona
más rica del planeta y, dentro de un área mayoritariamente musulmana que
desarrolló en algún momento de la historia una de las culturas más avanzadas
del mundo. Si lo desea, usted está en derecho de preguntarse: entonces, ¿por
qué esto está sucediendo?
También es un hecho que
casi todos los gobiernos en la región culpan de esta situación a los EEUU, a la
civilización occidental, al judaísmo, al budismo, a todos y a todo, “excepto a
ellos mismos”.
¿Conoció Usted algún
presidente o funcionario importante de algún gobierno árabe que haya hecho una
sincera autocrítica sobre estos temas? ¿Puede usted mencionar algún presidente
árabe que haya reconocido el fracaso de su gestión de gobierno? Pues por más
que busquemos en la historia no encontraremos más que el acto de valentía y
visión estratégica del presidente egipcio Anwar el-Saddat, claro que ello lo
llevo a su propia muerte; fue asesinado por la Hermandad Musulmana egipcia por
firmar la paz con los israelíes.
Justo es decir también
que en esa región viven millones de personas decentes, honestas y buenas, que
son musulmanes devotos o que no son muy religiosos. Hoy, muchos de ellos son
víctimas por partida doble de un mundo exterior que, a partir del avance de
grupos islamistas, está desarrollando rechazo hacia ellos por el solo hecho de
ser árabes. Estas personas, también son, y debe ser dicho, victimas de su
propio hábitat que les divide el corazón por ser total y absolutamente
disfuncional.
La situación a tener en
claro es que la vasta mayoría silenciosa de los musulmanes no forman parte del
terror y de la incitación, pero tampoco se manifiestan en su contra. Esto hace
que muchos ciudadanos en Occidente, equivocadamente, los consideren cómplices
por omisión y esto aplica al liderazgo político, a intelectuales, hombres de
negocios y a muchos otros que ignoran que la inmensa mayoría de los musulmanes
son absolutamente capaces de diferenciar entre el bien y el mal; pero están
condicionados y tienen miedo a expresar sus puntos de vista por diferentes y
conocidas razones. La persecución, el encarcelamiento, el secuestro, la tortura
y el asesinato es muy común entre aquellos que se manifiestan públicamente en
contra del yihadismo en sus países.
Los eventos de los
últimos años han disparado situaciones que siempre han existido en el mundo
árabe, no son situaciones nuevas o desconocidas. Aunque nunca han estado tan
desenfrenadas como en la actual agitación regional.
Usted como lector podrá
escoger y formar su opinión sobre el tema. Sin embargo, debe saber que pasarán
unos cuantos años antes de que el mundo reconozca que estamos inmersos en una
guerra de las ideas que ya ha manifestado no pocas y brutales acciones
militares. Usted podrá tomar su propia posición al respecto, podrá negarlo o
aceptarlo, ese no es mi problema. Mi obligación es contribuir a que lo piense,
pues ya estamos bien metidos en esa guerra. Y mientras más demore el mundo y la
opinión pública en reconocerlo, más cruenta será esa confrontación en el costo
de vidas humanas.