A propósito del conflicto
armado entre Israel y HamásNo pienso justificarme
por lo que voy a decir. He oído y leído tantas barbaridades en las últimas
semanas que por dar mi opinión no creo que pase nada. Afortunadamente todavía
hay libertad para expresarse. Internet en general y las redes sociales en
particular son un claro exponente de ello. Nos ha costado sangre, sudor y
lágrimas poder opinar libremente, y yo siempre defenderé ese derecho aunque no
esté de acuerdo con lo que se diga.
No soy amigo de la política,
y menos aún de los políticos. Por consiguiente, nada más lejos de mi ánimo que
defender al actual gobierno de Benjamín Netanyahu o alinearme con todas y cada
una de las decisiones que toma el estado de Israel. La cuestión es otra. Lo que
me importa es el pueblo judío.
Se puede y se debe ser
crítico con aquellas actuaciones que consideremos equivocadas, y cualquier
persona que conozca mínimamente Israel sabe perfectamente que es un país muy
dado a opinar y criticar, algo que, dicho sea de paso, no está al alcance de
los países que lo rodean. Ahora bien, una cosa es discrepar y otra muy distinta
incurrir en el antijudaísmo y el antisemitismo. El mundo occidental, y Europa
en particular, parecen no haber aprendido de los horrores recientes de su historia.
De todos es sabido que la
casi totalidad de los medios de comunicación españoles es descaradamente
antijudía. Una cualidad que comparten la mayoría de los mal llamados
“intelectuales” y demás creadores de opinión. El resultado salta a la vista: la
opinión publicada va haciendo mella en la opinión pública y un alto porcentaje
de personas acaba asumiendo de forma totalmente acrítica esa postura. Da igual
que esté basada en mentiras, medias verdades y prejuicios, muchos prejuicios.
Paralelamente, y esto es
lo que de verdad me preocupa, la iglesia cristiana hace un deplorable ejercicio
de dejación de sus funciones. Renuncia al Antiguo Testamento, que para muchos
solamente es Palabra de Dios de boquilla; renuncia a enseñar “todo el consejo
de Dios” (Hechos 20, 27); renuncia a sus raíces espirituales; renuncia a ser
una voz profética y se diluye en el mar de ignorancia e hipocresía de nuestra
sociedad.
Y es que, amigos míos,
¡qué fácil es opinar desde la comodidad de nuestro despacho! ¡Qué sencillo
resulta todo cuando se siguen las consignas del pensamiento único tan
característico del progresismo occidental! ¡Qué bien queda la equidistancia, no
mojarse, no comprometerse! ¡Qué bonito es creer que podemos quedar bien con
todo el mundo, aunque sea un engaño!
Y yo me pregunto: todas
estas plañideras profesionales, hipócritas hasta la médula, ¿dónde están cuando
se cometen todo tipo de atrocidades en contra de los niños, las mujeres, los
indefensos, en tantos y tantos lugares del mundo? ¿por qué no se hacen declaraciones
solemnes, manifiestos grandilocuentes, manifestaciones masivas contra las
matanzas en Sudán, Siria o Irak, por citar tan sólo tres ejemplos recientes?
Resulta paradójico que una sociedad que ni se inmuta ante la muerte de miles de
niños abortados anualmente se indigne cuando el pueblo de Israel defiende su
legítimo derecho a existir frente a la agresión permanente de terceros. Peor
aún: ¿dónde está la iglesia cristiana? ¿por qué habla tanto cuando debería
callar y guarda un silencio cómplice y cobarde cuando es el momento de alzar la
voz? Demasiadas subvenciones, demasiado politiqueo, demasiada inanidad.
Israel se defiende del
islamismo retrógrado, fanatizado, intolerante y abyecto que representa Hamás.
No está en guerra con los palestinos, sino con aquellos cuya razón de ser es la
destrucción del pueblo judío. Podría hablar largo y tendido sobre la democracia
israelí, que ya la quisieran para sí muchos países europeos, con una clara
división de poderes e igualdad real de oportunidades para todos (judíos,
árabes, drusos, beduinos, etc.). Podría mencionar la superioridad moral de los
judíos frente a los demás pueblos de su entorno (algo que casi nunca se pone
sobre el tapete). Podría poner muchos ejemplos de esfuerzo, sacrificio y
emprendimiento que han convertido a un país con apenas sesenta y seis años de
vida en uno de los punteros del mundo civilizado, a pesar de tener que
desarrollarse en medio de uno de los entornos más hostiles que existen. Podría
pero no voy a hacerlo–y lo mío me cuesta. Mi intención es otra.
Occidente tiene una
sensibilidad selectiva, un doble rasero. Se mueve por intereses, no por
convicciones. Ha sucumbido al embrujo de la multiculturalidad, a los cantos de
sirena de una permisividad y tolerancia sin límites, al relativismo, al “todo
vale”, al “todos somos iguales”. Pues no señor. Todos somos diferentes.
Nuestros valores nos llevan a crear sociedades donde haya igualdad de
oportunidades, a pesar de nuestras diferencias. No nos dejemos engañar. Todas
las culturas no son igualmente buenas, ni igualmente respetables. Hay que
respetar y defender cuanto haya en ellas de positivo, pero no aquello que
atenta contra los valores más profundos de los pueblos nacidos en el seno de la
cultura judeocristiana, cuya raíz última surge de la Biblia.
Todos los conceptos que
nosotros manejamos en Occidente sirven de bien poco en Oriente Medio. Allí
rigen otras normas, otras maneras de hacer las cosas. Nuestra escala de
valores, esa que cuando nos interesa nos saltamos a la torera, tampoco es la
misma que tienen allí. Por lo tanto, pontificar desde aquí sobre el bien y el
mal, sobre lo que hay que hacer y lo que no, es, además de absurdo e inútil, un
ejercicio de ignorancia y etnocentrismo.
Algún día, me temo que
demasiado tarde, Occidente se dará cuenta de que el pueblo judío está luchando
por él mismo y por nosotros. Que los valores que defiende también son los
nuestros, y que a base de tirar piedras contra nuestro propio tejado acabaremos
a merced de aquellos que quieren destruir todo lo que tanto amamos. Aquí no hay
componendas posibles, ni negociaciones que valgan. Es una lucha sin cuartel por
la supervivencia. Es una guerra de ideas. Si claudicamos se impondrá la
barbarie, la intolerancia. De momento ya estamos perdiendo en el terreno de la
información. Asumimos como ciertos términos como “genocidio”, “ocupación”,
“terrorismo de estado”, “respuesta desproporcionada”, “masacre”, “apartheid”,
“bloqueo”, “ilegitimidad” y tantos otros que no tienen base real alguna.
Primero adoptamos el vocabulario de los terroristas y al final compartimos sus
objetivos o, en el mejor de los casos, nos convertimos en sus cómplices…
Hamás es un grupo
terrorista que no tiene el menor respeto por la vida de aquellos a quienes dice
defender. Son fanáticos que emplean cualquier medio para conseguir sus fines.
Su palabra no vale nada y les importa un pimiento la tierra o el pueblo
palestino. Lo único que quieren es borrar a los judíos de la faz de la tierra y
eliminar todas las voces discrepantes. Así de sencillo. No es un conflicto de
tierras, es un choque brutal de ideologías, de religión. Nadie ha recibido más
subvenciones, más ayudas, que los palestinos. Sin embargo, entre la corrupción
endémica de las autoridades palestinas y el odio feroz de grupos como Hamás, la
Yihad Islámica, etc., el pueblo palestino sigue sumido en la pobreza y la
decadencia. Las ayudas no llegan a la gente común. Se despilfarra y malgasta
tratando de conseguir por todos los medios el objetivo, tan demencial como
satánico, de exterminar a los judíos. Y a todo esto, Occidente está en Babia,
con su progresismo de salón y demás zarandajas, bailándole el agua a los
verdaderos causantes de tanta violencia y crueldad, a los que colocan a la
población civil como escudos humanos, a los que ejecutan sumarísimamente a los
moderados y a quienes son sospechosos de no ser de su cuerda, a los cobardes
que mandan inmolarse a los demás mientras ellos se ocultan en hoteles de lujo y
búnkeres, a los que conculcan los derechos humanos más fundamentales, a los
misóginos, a los que matan a los homosexuales, a los que quieren conquistar el
mundo entero e imponer un califato retrógrado a sangre y fuego.
Pues ¿qué queréis que os
diga? Yo prefiero ser verdaderamente progresista y defender la vida, la
convivencia, el respeto al diferente, la justicia social, los derechos humanos,
el conocimiento, la libertad de culto. Y eso, amigos, es Israel. Con todas sus deficiencias
y contradicciones, cierto, pero con su inquebrantable voluntad de construir un
futuro mejor para todos sus ciudadanos y contribuir así al bienestar del resto
del mundo (¿tengo que recordar aquí cuántos premios Nobel judíos ha habido a lo
largo de la historia?). Claro que todo eso no depende de uno solo. Si los
vecinos disparan cohetes y misiles contra ti día sí y día también, habrá que
defenderse, ¿no? Israel no puede permitirse el lujo de no defenderse, de perder
una guerra, porque le va en ello la supervivencia de sus ocho millones de
habitantes, incluidos los más del millón de árabes israelíes, los árabes más
libres de todo el mundo árabe.
Pero ya está bien de
tener que explicar lo obvio. Quien de verdad desee conocer la realidad de la
situación no tiene más que recurrir a la información procedente de fuentes
serias que se encuentra disponible en Internet o a darse una vuelta por allí.
Así podrá constatar los hechos.
Dicho esto, quisiera
volver a lo que de verdad me importa desde el punto de vista creyente. Israel
fue el pueblo que Dios escogió para bendecir al mundo. Tenía un llamamiento
claro de parte de Dios: ser luz para las naciones. Su desobediencia y
particularismo hizo que el Señor los castigara duramente, pero su llamamiento,
promesas y alianza son irrevocables. Israel es el tronco y nosotros, los no
judíos que creemos en Jesucristo como Mesías, hemos sido injertados en él
(Romanos 11, 24). No nos toca a nosotros entender o cuestionar los motivos.
Dios no eligió al pueblo judío, como tampoco a nosotros, porque fuera
especialmente numeroso, apto, amable, educado o generoso. Lo hizo por amor, por
pura gracia, y porque mantiene su palabra, su pacto (Deuteronomio 7, 6-8). Yo
no tengo todas las respuestas, pero sí sé que como creyentes deberíamos amar lo
que Dios ama. El Señor Jesús era judío, los apóstoles eran judíos, la primera
iglesia cristiana era judía, y de ella venimos nosotros. Flaco servicio nos
hacemos a nosotros mismos cuando queremos saber más que nuestro Hacedor, cuando
pretendemos enmendarle la plana al Salvador, cuando siendo injerto queremos
erigirnos en tronco. Hermanos míos, seamos humildes y prudentes, “no seamos tal
vez hallados luchando contra Dios” (Hechos 5:39).
Desde el punto de vista
de la teología bíblica me parece absolutamente inconcebible que uno conozca el
carácter revelado de Dios, lea los textos hebreos que hablan del pacto (berit)
perpetuo (‘olam) del Señor con Abraham y sus descendientes y aún así le dé la
espalda al pueblo judío como si Dios lo hubiera desechado o reemplazado. El
mismo Dios que tiene misericordia de nosotros y nos ama a pesar nuestro, no por
nuestro merecimiento, es el que sigue acordándose de su pueblo Israel. Es hora
de que los cristianos, que a menudo hemos formado parte del antisemitismo,
sepamos posicionarnos sincera y humildemente a favor de los propósitos de Dios
para este mundo. El pueblo judío, al igual que nosotros los creyentes no
judíos, seguimos formando parte de los planes de Dios. Pertenecemos al mismo
tronco y estamos llamados a proclamar su verdad a un mundo cada vez más inmerso
en la oscuridad.
Esta cuestión no tiene nada que ver con la
interpretación literal de las Escrituras, y mucho menos con el fundamentalismo
o con especulaciones escatológicas más o menos peregrinas, sino con la esencia
del carácter de Dios, con la condición irrevocable de su llamamiento y sus
dones, con el testimonio de las Sagradas Escrituras (Antiguo y Nuevo
Testamento) y, en última instancia, con la fe obediente y consecuente de aquel
que se sabe débil e insignificante pero que está eternamente agradecido por
haber sido objeto del amor eterno de Dios en Jesucristo.