Israel en la picota

01/Ago/2014

Noticias, Argentina, James Neilson

Israel en la picota

Como fue de prever, el
intento de Israel de impedir que Gaza siga siendo una base misilística desde la
cual sus enemigos mortales podrían continuar disparando miles de cohetes con la
esperanza de sembrar muerte y destrucción en su territorio no tardó en motivar
protestas airadas en Europa, América del Norte y algunas localidades de América
latina. Si bien, para preocupación de los líderes de la yihad, en esta ocasión
la reacción ha sido menos feroz que en el pasado, ha sido suficiente como para
obligar al gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu a poner en peligro a
los soldados del ejército al ordenarles emprender una operación sumamente
difícil para eliminar el complejo de túneles que fue construido por Hamas para
almacenar armas y facilitar la penetración de grupos de terroristas en Israel.
En el terreno militar,
Israel aún es más poderoso que Hamas o cualquier otra fuerza islamista. Tiene
que serlo: una derrota en el campo de batalla significaría la matanza de buena
parte de sus habitantes. Pero, como lo ha recordado la actitud asumida por los
medios periodísticos más influyentes y muchos gobiernos extranjeros, entre
ellos el argentino, frente al conflicto más reciente en Gaza, en el terreno
propagandístico es muy débil.
De todos los países del
mundo, Israel es el más criticado. El régimen sirio puede matar a centenares de
miles de rebeldes, perpetrando un sinfín de atrocidades, sin que haya
manifestaciones multitudinarias de protesta en las grandes ciudades
occidentales; si los israelíes provocan bajas civiles en Gaza –de tomarse en
serio las declaraciones de los voceros de Hamas, todas lo son–, serán acusados
de “genocidio” y de actuar como “nazis”. Incluso aquellos mandatarios, como el
norteamericano Barack Obama, que se animan a señalar que los israelíes sí
tienen el derecho de defenderse contra los resueltos a aniquilarlos, se sienten
constreñidos a advertirles que les convendría limitarse a emplear métodos
pacíficos.
Los enemigos de lo que
los más rabiosos llaman el “ente sionista” saben aprovechar la voluntad de
tantos occidentales a juzgar la conducta israelí según pautas que no aplicarían
a ningún otro país de la tierra. Entienden muy bien que, para el gobierno de
Netanyahu, la muerte de un niño musulmán es un desastre, pero para Hamas,
cuantos más mueran mejor. Los israelíes tratan de proteger a sus propios
civiles, de ahí la “desproporción” del número de muertes que tanto angustia a
la opinión pública occidental; los islamistas usan los suyos como escudos
humanos. Desde su punto de vista, es lógico; dicen amar la muerte más que la
vida. También les parece lógico violar las treguas esporádicas promovidas, con
la aquiescencia israelí, por países como Egipto; si ellos dejaran de disparar
cohetes contra Israel, el conflicto terminaría; en cambio, si “los sionistas”
optaran por una postura conciliadora, entraría en una fase más truculenta.
¿A qué se debe el
consenso de que a los enemigos de Israel todo está permitido pero a Israel
mismo nada lo está? No cabe duda de que el antisemitismo, en el sentido
tradicional de la palabra, ha contribuido a la obsesión de tantos con el único
país judío. Miles de académicos que no soñarían con organizar un boicot contra
los intelectuales de China, Rusia, Arabia Saudita, Turquía, Siria, Sudán –la
lista es interminable– están más que dispuestos a tratar como parias a sus
colegas israelíes. Asimismo, las protestas violentas supuestamente pro
palestinas que estallaron hace poco en París y en diversas ciudades alemanas
pronto degeneraron en pogromos al ensañarse las turbas con sinagogas y negocios
judíos.
Otra desventaja sufrida
por Israel es un tanto paradójica: se asemeja demasiado a una típica democracia
occidental, lo que, lejos de garantizarle la solidaridad de sus presuntos
congéneres, ha servido para estimular la hostilidad de una amplia franja de
contestatarios. En los años últimos, la izquierda combativa postmarxista se ha
aliado con el islamismo porque, a su juicio por lo menos, están luchando contra
un enemigo común. A esta gente, el que en Irán y otros países los guerreros
santos hayan celebrado sus triunfos exterminando con crueldad aleccionadora a
los izquierdistas y otros rebeldes que los habían ayudado a demoler el statu
quo anterior le parece meramente anecdótico.
Algunos críticos
acérrimos del Estado Judío reivindican con franqueza una actitud que, en otras
circunstancias, ellos mismos calificarían de racista. Afirman que por ser
Israel un país de cultura mayormente occidental, es legítimo exigirles a sus
dirigentes respetar normas mucho más elevadas que las apropiadas para árabes,
iraníes, afganos o paquistaníes. Por lo tanto, no les importan las matanzas
horrendas que ya son rutinarias en el Oriente Medio, el norte de África y que
con toda probabilidad pronto se darán en Afganistán al abandonarlo a su suerte
los norteamericanos y europeos, por tratarse a su juicio de algo acaso
lamentable pero así y todo natural, sin por eso reconocer que, en vista de la
clase de vecindario en el que se encuentran, los israelíes no tienen más
alternativa que la de tratar de defenderse por medios militares.
Con todo, aunque ciertas
elites progresistas siguen solidarizándose a su modo con Hamas y, con menos
entusiasmo, los “moderados” de Al Fatah, hay señales de que en Europa y América
del Norte la mayoría ha comenzado a ubicar lo que está sucediendo en Gaza en un
contexto mayor al supuesto por quienes quisieran creer que sólo es cuestión de
una disputa territorial que podría solucionarse con la creación de un Estado
palestino viable. Sucede que la razón por la que tantos indonesios, malayos,
paquistaníes, iraníes y árabes odian a Israel y fantasean con borrarlo de la
faz de la tierra no tiene nada que ver con su hipotética simpatía por los
palestinos. Para musulmanes piadosos que toman al pie de la letra lo que está
escrito en el Alcorán, los judíos son enemigos eternos del Islam porque Alá lo
dijo al profeta Mahoma. Por lo demás, los islamistas, cuya prédica ha resultado
ser muy atractiva al difundirse la sensación de que el Occidente está
batiéndose en retirada, se han propuesto reconquistar todos los territorios que
habían dominado sus antecesores, comenzando con Israel.
Por motivos
comprensibles, pocos occidentales han querido considerar la posibilidad de que
la época de las guerras de religión no pertenezca a un pasado lamentable sino
que, por el contrario, los conflictos entre los distintos credos se han
reanudado y amenazan con adquirir proporciones terroríficas. Estarán en lo
cierto los políticos occidentales y personajes como Jorge Bergoglio que
insisten en que la paz es mejor que la guerra, que el mundo se beneficiaría si
todos lograran convivir en un clima de respeto mutuo, pero fuera del Occidente
sus palabras conmovedoras no cambian nada. Mientras los biempensantes se
rasgaban las vestiduras y deploraban las acciones de los israelíes, miles de
cristianos y otros “infieles” huyeron de la ciudad iraquí de Mosul que hacía
poco había caído en manos de islamistas que les pedían elegir entre convertirse
a la única fe verdadera y morir decapitados o crucificados. Sería legítimo
suponer que la limpieza étnica, mejor dicho, religiosa, en gran escala que está
llevándose a cabo en muchas partes del extenso mundo musulmán, merecería tanta
atención como el conflicto en Gaza, pero, desgraciadamente para los perseguidos
por fanáticos sanguinarios, estos no son judíos.
Israel está bajo sitio
por razones religiosas, no porque, como aseveran los deseosos de verlo
desaparecer, ocupa territorio que en su opinión no le corresponde. Desde hace
siglos es habitual que, en zonas en que la convivencia pacífica es imposible,
se intercambien poblaciones. Luego de la Segunda Guerra Mundial, diez millones
de alemanes fueron expulsados de países europeos en que sus ancestros habían
vivido durante siglos; los acogió la Alemania Federal sin pensar en reivindicar
el derecho de todos a regresar a Rusia, Polonia o Checoslovaquia. Luego de la
Primera Guerra Mundial, los griegos cuyas comunidades en Turquía habían
existido desde hacía varios milenios “volvieron” a la tierra de sus antepasados
remotos, mientras que sus ex compatriotas turcos, mejor dicho, musulmanes,
fueron enviados a Anatolia.
Sin embargo, mientras que
Israel ha mantenido las puertas abiertas a todos los muchos judíos echados de
los países árabes, de estos ninguno permitió que los palestinos se integraran
plenamente a sus propias sociedades. Los distintos regímenes entendieron
enseguida que les convendría mucho más mantenerlos indefinidamente como
“refugiados” subsidiados por la “comunidad internacional”, o sea, Europa y
Estados Unidos, a la espera de que, andando el tiempo, les sería dado sacar
provecho de la conciencia culposa del Occidente que, para pedir perdón por el
holocausto del pueblo judío, declaró inaceptable cualquier forma de
discriminación étnica o religiosa, de ahí la inmigración masiva de musulmanes
reacios a dejarse asimilar. Hasta ahora, la estrategia ha brindado los
resultados deseados, pero de producirse más baños de sangre en el Oriente
Medio, serán cada vez menos los convencidos de que casi todos los problemas de
aquella región trágica se deben a la perversidad israelí.