Imágenes que hacen pensar

25/Oct/2011

El Observador, Ana Jerozolimski

Imágenes que hacen pensar

25-10-11 POR ANA JEROZOLIMSKI ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR DESDE JERUSALÉN
La semana pasada en Oriente Medio estuvo cargada de emociones. Fue una semana que hizo pensar.
Para nosotros la semana comenzó inevitablemente con gran expectativa. Tras cinco años y cuatro meses de cautiverio en manos de Hamas, el soldado israelí Guilad Shalit retornó a su casa, al seno de su familia, a un país que lo aguardaba emocionado como si fuera el hijo de cada uno el que volvía a la libertad. La identificación con el dolor vivido tanto tiempo por su familia fue un fenómeno nacional.
La alegría del regreso, aunque se lo vio extremadamente pálido y delgado, fue compartida por el pueblo en general. Estallidos de llanto por doquier, apenas se vio su imagen en la pantalla de televisión. «¡Ahí está! ¡Es Guilad! ¡Volvió!», decía feliz la gente, que parecía hablar de un conocido cercano al que habían extrañado durante años.
Paseantes en la Galilea contaron por radio que centenares de personas aplaudían en los caminos al captar los helicópteros de la Fuerza Aérea sobrevolando la zona, en camino a Mitzpe Hila,su pueblo, llevando uno de ellos a Guilad y su familia.
Junto a la alegría, estaban por cierto los temores, las dudas, sobre el equilibrio entre una vida salvada con certeza y muchas otras que quizá corran riesgos por los términos del canje pactado entre Israel y Hamas: el joven Shalit a cambio de 1.027 presos palestinos, 477 de los cuales ya fueron excarcelados. Entre ellos , cerca de 300 que habían sido condenados a cadena perpetua por múltiples asesinatos.
Pero lo primero era la felicidad. Y el orgullo por un país que está dispuesto a hacer tanto para salvar a uno de sus hijos.
«Ese día me sentí muy orgulloso de ver que esa sensación de mutuo apoyo todavía existe, de confirmar qué fuerza tiene este pueblo cuando hay causas justas por las que luchar, de constatar cuán viva está esa sensación de ´juntos´ tan clave en Israel», dijo Shimshon Libman, que dirigió la campaña pública para recuperar a Guilad, y es vecino de la familia.
Fueron días que Israel atesorará por siempre en su memoria colectiva.
Y están las imágenes de la otra parte en la ecuación Shalit-presos. Y lo primero en lo que pensé al analizarla e incluso cuando estaba en camino a casas del lado palestino, donde también estaban de fiesta, fue en la desigualdad. Pero no solo en esa nueva fórmula aritmética tan extraña que determina que 1 equivale a 1.027, sino en la naturaleza de las dos partes de ese canje.
Los presos liberados por Israel no son presos políticos. No son presos de conciencia encarcelados por tener críticas a Israel, sino terroristas condenados tras un proceso jurídico ordenado, con pruebas, por sus crímenes, muchos de ellos por haber asesinado civiles.
Y no solo por el daño causado a Israel en los atentados terroristas, sino por lo que eso significa para la propia sociedad palestina, seguimos sin entender en qué aporta a la causa palestina colocar una bomba en una pizzería, en un café, en la entrada a una discoteca, en el comedor de un hotel en una noche de cena pascual… ¿Realmente creerá Ahlam al-Tamimi, que fue excarcelada y deportada al exterior, que cuando mató a 15 civiles en la pizzería Sbarro de Jerusalén el 9 de agosto del 2001 -entre ellos el hijo de un uruguayo de Castillos, Rocha, Tzvika Golombek-, estaba ayudando a su pueblo?
Sinceramente, creo que no. Pero no solo porque a raíz de los atentados Israel reacciona y a veces en operativos contra terroristas también hay errores en los que civiles salen dañados. No ayuda porque no aporta a forjar el futuro que también los niños palestinos merecen. ¿Pero de qué niños se puede hablar al haber dado el ejemplo de esa terrorista? Vimos filmaciones de entrevistas que le realizaron en prisión que erizan la piel: su sonrisa al enterarse que entre los muertos había ocho niños… O en una etapa más temprana, en la que cuenta que cuando preguntó por primera vez cuánta gente había muerto en la pizzería y le dijeron seis (porque no se sabía aún que habían sido 15 los civiles muertos), respondió: «¿Sólo seis? ¿Para eso hice tanto esfuerzo preparatorio?».
También esa es una imagen que hace pensar.
El día previo al canje, estuve en la casa de la familia Al-Muslimani, en A-Ram, Jerusalén oriental. Ali, el padre (57) estaba por volver. La casa estaba alborotada. Es comprensible. Hacía 26 años que había sido detenido, tan solo 11 meses después de una liberación anterior. Cada vez por atentados mortales contra civiles. «Ahora se terminó, no lo vamos a dejar salir, que no se meta en problemas», nos decían Faize, la esposa, y Maliha, la hija mayor. Y entendíamos su alegría.
Y el miércoles, un día después de la liberación, fui a lo del «preso ciego», tal cual llaman a Alá Bazaian, que había estado en la misma célula que Al-Muslimani. Su ceguera, dicho sea de paso, fue producto de una carga explosiva que estaba preparando en los años 70, y le estalló en la cara. «Ahora creo que para aportar a mi pueblo, hay otros caminos», nos dijo. No era tono de arrepentimiento, pero al menos sí de un análisis profundo quizá de la situación.
Y yo me pregunto qué análisis hacían aquellos palestinos que reunidos cerca de Bitunia, aledaña a Ramallah, esperando la salida de los presos, con banderas de Hamas, bailaban coreando en perfecta rima en árabe «¡Por un nuevo Shalit!»y pidiendo a los batallones armados de Hamas nuevos atentados. Realmente, difícil de entender.Otra escena para pensar.
Y la semana termina con las fuertes imágenes desde Libia, del linchamiento de quien fuera durante 42 años el gobernante indiscutido, Muammar Gadafi. Primero, pensamos en lo bueno de que él ya no esté. Pero el horror de las imágenes nos llevó enseguida a otro pensamiento& a que habría sido mejor juzgarle… Y más que nada, nos hizo pensar que si ese fue su ajusticiamiento, por más que merecía morir, la sensación es que el fin de Gadafi lejos está de garantizar un futuro mejor para Libia.