Era 20 de diciembre de
1939 y cuando las primeras horas del día asomaban en Buenos Aires, un disparo
sacudió la tranquilidad del Hotel Naval. Provenía de la pistola Mauser del
comandante Hans Langsdorff, quien luego de envolverse en la bandera de guerra
de la Kriegsmarine, puso fin a su vida. Fue el primer oficial de renombre nazi
que se suicidó en la Segunda Guerra Mundial. El primero de muchos. «Para
un comandante que tiene sentido del honor, se sobreentiende que su suerte
personal no puede separarse de la de su navío», había escrito en una de
las cartas que dejó a sus familiares y a las autoridades del Reich.
Tres días antes, había
dispuesto todo para hundir el Admiral Graf Spee, anclado frente a las costas de
Montevideo. Las explosiones que lo echaron a pique fueron observadas por
numerosos uruguayos, testigos de una guerra que llegaba a Sudamérica cuando
todavía Alemania no había entablado combates de consideración con Inglaterra y
Francia en el Viejo Continente. Allí se vivía ladrôle de guerre, la guerra de
broma o falsa. ¿Pero qué había pasado? ¿Por qué el Río de la Plata fue
escenario de una de las primeras batallas de la Segunda Guerra Mundial?
Primero hay que
remontarse a 1934, cuando el Graf Spee fue botado. Adolf Hitler hacía un año
que había llegado al poder. Si bien de a poco dejó de cumplir las exigencias
del Tratado de Versalles, todavía respetaba la limitación que prohibía a la
Armada alemana navíos superiores a las 10 mil toneladas. Así fue concebido el
Graf Spee, una nave de gran potencia pese a las limitaciones de peso. Contaba
con cañones de calibre muy superior a los de buques del mismo tonelaje (entre
ellos, seis cañones de 280 mm y ocho de 150 mm). Medía 188 metros de largo y podía
alcanzar los 26 nudos. Veloz como un crucero y potente como un acorazado. Por
eso lo llamaban «acorazado de bolsillo».
El 21 de agosto de 1939,
a días de la invasión de Polonia que desencadenaría la guerra más cruenta de la
historia, el capitán Langsdorff dejó Wilhelmshaven con órdenes precisas. El
Graf Speerecorrería las aguas del mundo actuando como nave «corsaria»
en procura de «destruir el tráfico mercante enemigo». Para su
cometido, podía camuflarse y cambiar de nombre o bandera. Se le ordenaba además
«no atracar en ningún puerto, enemigo o neutral» y «entrar en
combate con barcos enemigos sólo si es indispensable». Sin embargo, y
luego de una serie de rápidos éxitos iniciales, el oficial a cargo del Graf
Spee, un veterano de la Primera Guerra de 45 años, hizo caso omiso de varias
directivas. Lo terminó pagando caro.
Auxiliado por el
Altamark, un petrolero que lo abastecía «en puntos establecidos» de
antemano, elGraf Spee comenzó su travesía. Su accionar generó un dolor de
cabeza al Almirantazgo británico. Entre septiembre y el 9 de diciembre, el
«acorazado de bolsillo» alemán hundió o capturó nueve barcos
mercantes (más de 50 mil toneladas), utilizando, como se le ordenó, recursos
«corsarios», como el cambio de bandera, el camuflaje y hasta gorras
de los marinos con nombre de otro barco. Sus conquistas fueron sin
derramamiento de sangre, ya que Langsdorff ordenó rescatar a los marineros de
los barcos atacados.
Pero la suerte del Graf
Spee no llegó ni siquiera al segundo año de guerra. En su camino se toparía con
el comodoro Henry Harwood, comandante de tres cruceros británicos (Exeter, Ajax
y Achilles)que vigilaban las costas de Sudamérica. Aquí es donde los
historiadores no se ponen de acuerdo. Algunos aseguran que Harwood de alguna
manera dedujo el recorrido del Graf Spee y lo esperaba. Otros afirman que fue
al revés. Langsdorff habría tomado conocimiento de la presencia de los ingleses
y pensó en un rápido ataque que le daría más gloria a su accionar al frente del
escurridizo corsario nazi.
Una tercera versión
indica que el comandante alemán se topó con los barcos enemigos casi de
casualidad. Lo cierto es que el 13 de diciembre el Graf Spee inició su última y
trágica aventura. Partió a a la cita con el adversario inglés. Se iniciaba la
Batalla del Río de la Plata. Langsdorff cometió dos errores que a la postre
resultarían fatales. El primero, confundir a los cruceros de la Royal Navy con
destructores. El segundo, diversificar su poder de fuego en lugar de concentrar
su ataque en cada nave enemiga. Sus cañones tenían mayor alcance, y habría
podido golpear sin ser golpeado. Los navíos británicos tenían como ventaja una
mayor rapidez de tiro. Sabiendo esto, Harwood ordenó una dispersión en
semicírculo para obligar al Graf Spee a elegir un blanco donde descargar sus
cañones más pesados. El resultado fueron severos daños para el Exeter, que lo
dejaron casi fuera de combate y con 61 muertos, pero también los ingleses
acertaron 20 cañonazos al Graf Spee, que provocaron 66 muertos del lado alemán.
En ese punto de la
batalla, Langsdorff, que había sufrido heridas, decidió atracar en el puerto
neutral de Montevideo. Lo hizo tal vez convencido de que el trío enemigo era
una avanzadilla de una fuerza mayor que estaba en la zona. Pero también estaba
el problema de los daños al Graf Spee que inquietaban al comandante de la
Kriesgmarine. Las cocinas y las dispensas, destruidas, lo dejaban sin
provisiones en caso de decidir continuar el combate para luego seguir camino al
Reich. Debería navegar sin provisiones hasta encontrar un puerto amigo. Algo
difícil.
Además, los disparos
enemigos habían dejado inutilizada la planta purificadora de combustible,
soporte para el funcionamiento de los motores. Sumado a esto, las municiones
habían quedado diezmadas por el enfrentamiento.
En Uruguay, terminó la
batalla naval y empezó la diplomática. Los embajadores inglés y alemán se
movieron rápidamente para influir sobre los uruguayos, que simpatizaban con los
Aliados. Montevideo se amparó en el derecho internacional y el día después de
la batalla concedió 72 horas de permanencia al corsario nazi, que necesitaba al
menos dos semanas para hacer reparaciones mínimas. Se produjeron frenéticas
llamadas entre Berlín y Montevideo. Órdenes y contraórdenes.Hitler veía con
buenos ojos un movimiento del Graf Spee a Buenos Aires, por las simpatías que
la Argentina tenía –sin hacerlas públicas– por el Tercer Reich. Los ingleses
fomentaban el rumor de que más buques de guerra se acercaban al Río de la Plata
para rematar al Graf Spee. En realidad, esos barcos están muy lejos de llegar
en el corto plazo.
Las horas transcurrían y
el margen de maniobra de Langsdorff se achicaba. Los marinos muertos fueron
enterrados con honores en Montevideo. El domingo 17 de diciembre, a las 20,
vencía el límite establecido por Uruguay. Horas antes, el Graf Spee levó anclas
ante la mirada de miles de personas, quienes, prismáticos en mano, se agolpaban
en el puerto para ser testigos privilegiados de una historia que estaba en
todos los diarios y radios del mundo. Muchos de ellos esperaban ver la
continuación de la batalla.
Luego de recorrer poco
más de 9 kilómetros, el corsario alemán se detuvo. Enseguida comenzaron a
aparecer barcazas y remolcadores, que fueron ocupadas por los marineros con
destino a Buenos Aires. Con ellos estaba Langsdorff. Unos minutos de calma
fueron el presagio de la tormenta. Un tremendo estallido sacudió el mar. Fue la
primera de varias explosiones que se sucedieron durante una hora. El capitán
había decidido hundir el barco. La foto del Graf Spee entre llamas recorrió el
mundo. Semidestruido, el «acorazado de bolsillo» se posó de costado
en un fondo de apenas ocho metros. Setenta y cinco años después, partes de sus
restos siguen allí. Entre 1942 y 1943 fue desguazado parcialmente.
Los marinos alemanes
fueron internados en Buenos Aires. Algunos, no regresaron más a su patria y
eligieron vivir en la Argentina; otros retornaron a Europa para seguir peleando
en una guerra que recién comenzaba. Langsdorff optó por suicidarse. En la carta
que le escribió al embajador alemán, se sindica como «único
responsable» del hundimiento, reconoce que hizo entrar al barco en la
«trampa» de Montevideo y asegura que no tenía suficientes municiones
para continuar el combate. El desafortunado capitán del Graf Spee fue sepultado
en el cementerio alemán de la Chacarita. Sus restos descansan allí, donde
algunos nostálgicos del nazismo se congreraron durante algunos años. Su rival,
Harwood, regresó triunfante a Londres, donde fue nombrado caballero y
contralmirante. El Exeter, que había logrado sobrevivir a la munición del Graf
Spee pese a quedar severamente dañado, no tuvo mejor suerte con los japoneses,
que lo mandaron a pique en 1942.
El águila nazi y la
polémica
Hace diez años, el
gobierno uruguayo y empresas privadas financiaron a un equipo de salvamento
para recuperar el pecio del Graf Spee, ya que podía poner en riesgo a barcos
que navegaran por la zona. En esos trabajos, lograron rescatar el telémetro del
corsario, que hoy es expuesto en el puerto de la capital oriental. Luego, en
2006, lograron recuperar una enorme águila nazi, que actualmente es centro de
una polémica.
El águila posada sobre
una enorme esvástica está guardada en un almacén propiedad del Estado uruguayo.
Después de un largo litigio, la Justicia dictaminó que es propiedad del Estado
uruguayo, que todavía no definió si la subastará, la expondrá en algún museo o
le dará otro fin. Pero también resolvió que, en caso de una eventual venta, el
50% de los beneficios les corresponderían a los rescatistas privados que la
sacaron del agua después de décadas de misiones fallidas. Por su parte, el
gobierno alemán comunicó su inconformidad ante la posibilidad de que se
vendiera a manos privadas. Mientras tanto, la escultura continúa guardada.
La hija de Langsdorff en
Uruguay
Inge Nedden tiene 77 años
y es la única de los tres hijos de Langsdorff que aún vive. Esta semana estuvo
en Montevideo, donde participó de actos recordatorios por el 75° aniversario de
la Batalla del Río de la Plata. Rezó ante las tumbas de los marinos alemanes
muertos en combate y luego concurrió a una charla en un museo naval.
«Nunca lo vi a mi
padre como un héroe, nadie en mi familia habló de heroicidad. Me alcanza con
saber que fue un buen hombre», le dijo al diario El País. También contó
sus sensaciones al leer la carta de despedida que dejó Langsdorff. «Leyéndola,
entendí que mi padre, antes de morir, había quedado en paz con Dios y con su
conciencia», afirmó, y dejó un dato hasta ahora desconocido. El capitán
tomó la decisión de suicidarse cuando todavía estaba en Montevideo.
«Un dato que se
desconoce es que la carta que recibió mi madre fue escrita en Montevideo el 17
de diciembre de 1939, antes de la voladura del barco», reveló.
Hace 75 años se hundía el Graf Spee: la Segunda Guerra Mundial había llegado al Río de la Plata
18/Dic/2014
Infobae