Francia es peligrosa para los judíos

04/Ago/2022

Gatestone Institute- por Guy Milliére (traducido por El Medio)

Gatestone Institute- por Guy Milliére (traducido por El Medio)

La postura del poder judicial francés al asesinato de René Hadjadj, de 89 años, es similar a cómo ha considerado todos los asesinatos de judíos en Francia durante décadas. En primer lugar, las autoridades declaran, lo antes posible, que el móvil del asesinato no fue en absoluto el antisemitismo. Cuando se acumulan las pruebas de lo contrario y se vuelve imposible negarlo, quizá se reconozca el móvil antisemita a regañadientes. En la imagen: el distrito de La Duchère de Lyon (Francia), donde Hadjadj fue asesinado el 17 de mayo. (Foto: Jeanne Menjoulet/Flickr).

Lyon (Francia), 17 de mayo de 2022. Distrito de La Duchère. René Hadjadj, judío de 89 años, cayó tirado por un balcón desde un 17.º piso, un acto rápidamente identificado como asesinato. El asesino fue Rachid Jeniche, árabe musulmán de 51 años, cuya cuenta de Twitter contiene muchos mensajes antisemitas. El fiscal, que desde entonces ha reconsiderado parcialmente su postura, declaró enseguida que el asesinato no era un crimen antisemita. Los grandes medios nunca informaron del asesinato; sólo lo hicieron los periódicos locales judíos. La familia de Hadjadj, que vive en el mismo barrio, dijo que prefería guardar silencio.

Los periodistas han analizado la situación de los judíos en distritos como La Duchère. Las respuestas de las familias con quienes se entrevistan son siempre las mismas: el hostigamiento y las amenazas constantes de los musulmanes. Las familias añaden que la situación de los cristianos y los no musulmanes es en buena medida la misma: los no musulmanes que disponen de medios para marcharse, huyen a distritos más seguros. Los que se quedan son aquéllos que no pueden permitirse una mudanza. Corren un especial riesgo los judíos. Una periodista, Noémie Halioua, ha publicado hace poco un libro sobre el tema: Les uns contre les autres (Los unos contra los otros).

La Duchère es uno de los distritos definidos por el Gobierno francés como “Zone Urbaine Sensible” (Zona Urbana Sensible). Se ajustaría más a la realidad que se llamaran a estos distritos “zonas de exclusión”, pero las autoridades francesas y los grandes medios del país dicen que las “zonas de exclusión”, repartidas por todo el país, no existen en Francia. Sin embargo, la policía ha identificado hasta ahora 751 de ellas.

Están habitadas casi exclusivamente por musulmanes árabes y africanos que viven juntos y tienen sus propias reglas y códigos de conducta. Las bandas musulmanas, por ejemplo, no roban ni atacan a otros musulmanes de allí. Estas “zonas urbanas sensibles” son enclaves islámicos semiautónomos en territorio francés. Allí mandan las bandas musulmanas, y la ley que impera es, en esencia, la de las bandas y los imanes radicales.

El resto del país sigue siendo Francia, pero sus habitantes saben que podrían atacarlos la gente de las “zonas urbanas sensibles”, y que es bastante probable que los atacantes salgan impunes. Los robos, las agresiones gratuitas y los asesinatos están aumentando rápidamente en todas las ciudades francesas y, a veces, pueden ser salvajes. El 10 de mayo, por ejemplo, Alban Gervaise, médico, estaba sentado en un banco esperando a sus hijos delante de una escuela católica en Marsella cuando lo mató un hombre que dijo actuar “en nombre de Alá”. Otras personas presentes allí, paralizadas por el miedo, no reaccionaron: sólo le contaron a la policía lo que habían visto. La prensa apenas ha mencionado el asesinato. Los actos criminales de este tipo son cada vez más frecuentes.

La policía casi nunca entra en las “zonas urbanas sensibles”, y el Gobierno francés le pide que vaya allí con la menor frecuencia posible. Cuando el miembro de alguna banda de estos distritos comete un delito y lo persigue la policía, confía en que ésta se detendrá en los límites del distrito y no entrará en él. También presuponen que, si la policía hiere o mata a algún miembro de sus bandas, el distrito arderá en llamas, y que, si detienen a alguno de ellos, un juez lo pondrá enseguida en libertad. Desde que los disturbios llevaran a Francia al borde de la guerra civil en 2005, los sucesivos gobiernos han admitido que las “zonas urbanas sensibles” podrían explotar enseguida. Últimamente no ha transcurrido un solo año en Francia sin que se produjeran disturbios.

Las autoridades no registran muchos de los delitos antisemitas en las “zonas urbanas sensibles”: en el caso de los delitos menores perpetrados contra los judíos, las víctimas casi nunca los denuncian. Quienes viven en estas zonas temen, justificablemente, que una denuncia dé lugar a represalias contra ellos o sus familias. Hadjadj es el primer judío francés asesinado en una “zona urbana sensible”, y la postura del poder judicial francés ante este asesinato es similar a la que ha mantenido durante décadas respecto a todos los asesinatos de judíos en Francia. En primer lugar, las autoridades declaran, lo antes posible, que el móvil del asesinato no es en absoluto el antisemitismo. Cuando se acumulan las pruebas de lo contrario y se vuelve imposible negarlo, quizá se reconozca el móvil antisemita a regañadientes, como ocurrió con el secuestro, la tortura y el asesinato de Ilan Halimi en 2006; el asesinato de Sarah Halimi en 2017; y el asesinato de Mireille Knoll en 2018.

Que, por lo general, los asesinos sean musulmanes lleva al poder judicial francés a no hablar de antisemitismo. De hecho, es casi un tabú hablar de cualquier antisemitismo musulmán en Francia: se supone que el antisemitismo musulmán no existe. Todas las organizaciones dedicadas a combatir el antisemitismo sólo ponen su diana en la “extrema derecha”, aunque todos los ataques y asesinatos de judíos hayan sido cometidos por musulmanes.

Las autoridades francesas son sumamente cautelosas en lo que respecta al islam. Evitan hacer declaraciones que a los musulmanes les puedan siquiera parecer ofensivas. Cuando se produce un asesinato antisemita, las autoridades expresan su tristeza e indignación, y después pasan página. El presidente francés, Emmanuel Macron, no reaccionó al asesinato de Sarah Halimi, el 4 de abril de 2017, hasta el 16 de julio, tres meses después. Se limitó a decir que los tribunales debían “esclarecer el asunto”. Un año después, el 28 de marzo de 2018, cinco días después de que Mireille Knoll fuese asesinada, Macron dijo que fue “asesinada porque era judía” y “víctima de un oscurantismo salvaje”. Más tarde, ese mismo día, miles de personas se manifestaron en París contra el antisemitismo. Después volvieron a casa.

Las autoridades francesas no dirán que en las “zonas urbanas sensibles” suelen mandar las bandas musulmanas. El 3 de octubre de 2018, el ministro de Interior francés, Gérard Collomb, dijo cautelosamente: “Hoy vivimos unos al lado de otros; temo que mañana vivamos frente a frente”. Poco más de dos años después, el 29 de enero de 2021, su sucesor en el Ministerio del Interior, Gérald Darmanin, admitió que se habían cometido “errores” de “planificación urbana” y “asignación de viviendas sociales” que probablemente habían producido un “contagio islamista”. No hizo prácticamente nada para mejorar la situación. El número de “zonas urbanas sensibles” es el mismo hoy que cuando dijo esas palabras: 751. En 2020, había 540 mezquitas donde se predicaba la yihad en Francia; en 2021, sólo se clausuraron 21.

El resultado es que los delitos parecen aumentar notablemente en todo el país. Entre 2020 y 2021, las agresiones sexuales crecieron el 33%; los asaltos con agresión, el 12%; y los homicidios, el 4%.

Las autoridades francesas y los grandes medios describen los delitos, pero no los explican, lo que significa que la delincuencia crece, pero no se está combatiendo. En Francia, el 70% de los presos son musulmanes, aunque oficialmente son sólo el 8% de la población, y casi todos los que están encarcelados provienen de “zonas urbanas sensibles”. Estos datos pueden ayudar a los que están en el poder a comprender el problema, pero el Gobierno francés ha rehusado documentar la religión o la raza de las personas acusadas de delitos. Aunque esa negativa pueda ser bienintencionada, impide conocer qué está ocurriendo y, en consecuencia, cualquier medio para atajarlo o prevenirlo.

El resultado es que Francia está ahora religiosa, étnica y geográficamente dividida.

Hace más de 20 años que quienes han sido elegidos para gobernar Francia saben cuál es la situación, pero no han hecho nada por mejorarla. Sólo han engrosado, con una voluntaria ceguera, unas medidas que esperan que ayude a restablecer la calma, pero que únicamente han agravado una situación ya de por sí deteriorada. Han despilfarrado cientos de millones de euros en las “zonas urbanas sensibles” para subvencionar a múltiples “asociaciones culturales” y renovar los edificios. A menudo, el dinero acabó yendo a los bolsillos de los políticos corruptos y los jefes de las bandas, que emplearon en pagar a todavía más personas para llevar a cabo las actividades delictivas que los convirtieron en jefes de las bandas.

La posibilidad de ver cambios políticos que pudieran permitir a Francia escapar del “gran reemplazo” que acecha en el horizonte parece casi inexistente. El número de musulmanes que se establecen en Francia y se convierten en ciudadanos franceses no deja de crecer (unos 400.000 inmigrantes del mundo musulmán llegan a Francia cada año, y la tasa de natalidad de los musulmanes en Francia es superior a la de los no musulmanes). El voto musulmán ha ganado tanto peso que ahora es casi imposible ser elegido presidente sin él; enemistarse con los musulmanes sería un suicidio político, como han evidenciado una vez más las recientes elecciones presidenciales francesas.

En octubre de 2020, Macron dijo que quería combatir lo que llamó “separatismo islamista”, y que se debía aprobar una ley a tal efecto. Tuvo la precaución de decir que estaba señalando al islamismo —que definió como una ideología totalmente distinta del islam—, y no al islam. Sin embargo, como explicó el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en 2007:

Esas descripciones son muy desagradables, es muy ofensivo y un insulto a nuestra religión. No hay un islam moderado o no moderado. El islam es el islam, y ya está.

Las palabras de Macron, como era de esperar, despertaron la ira de las organizaciones musulmanas francesas. Hubo manifestaciones contra Francia en varios países del mundo musulmán. Macron envió de inmediato a Egipto al ministro de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, para que se reuniera con el imán de Al Azar de El Cairo y recalcó solemnemente el profundo respeto de Francia por el islam. En agosto de 2021 se aprobó la ley, llamada “Ley del refuerzo del respeto por los principios de la República”. Se habían suprimido del texto todas las referencias al islamismo. En las semanas previas a las elecciones presidenciales de abril de 2022, Macron prometió subvenciones a varias organizaciones musulmanas y logró el apoyo de la Gran Mezquita de París, así como de la Agrupación de los Musulmanes de Francia, una de las dos grandes organizaciones musulmanas de Francia.

Mientras que Macron obtuvo un pequeño porcentaje del voto musulmán, hubo un candidato que, por primera vez en Francia, se benefició enormemente de dicho voto. Fue Jean-Luc Mélenchon, un marxista que ha dicho repetidas veces que Francia debe abrirse plenamente al islam. Mélenchon había participado en una marcha contra la islamofobia que culminó con gritos de “Alá Akbar” (¡Alá es el más grande!).

Mélenchon obtuvo el 69% del voto musulmán francés en la primera vuelta de las elecciones. En todas las ciudades donde los musulmanes son la mayoría, logró más del 50% de los votos.

Otra competidora de Macron en 2022, Marine Le Pen, había abandonado su programa de 2017 e incluso desistido de hablar sobre el islam y la inmigración. Aun así, Macron la demonizó, como en 2017, y ganó sin problemas.

El periodista y escritor Éric Zemmour fue el único candidato a la presidencia que se atrevió a hablar sobre la islamización de Francia, del antisemitismo musulmán y de la delincuencia que emana de las “zonas urbanas sensibles”. Durante semanas, atrajo a los suficientes votantes angustiados para que las encuestas pronosticaran su paso a la segunda vuelta de las elecciones. Todos los demás candidatos, fuesen de izquierda o de derecha, arrastraron a Zemmour por el lodo y, un mes antes de las elecciones, cayó en picado en las encuestas. En la primera vuelta de las elecciones, obtuvo un porcentaje demasiado bajo para influir en el debate.

Macron obtuvo un gran número de sus votos de la población mayor de 65 años. Mélenchon, además del voto musulmán, recibió un enorme apoyo de las personas menores de 34 años. El sistema educativo francés está en manos de profesores que votan mayoritariamente a la izquierda, y ejercen influencia. Marine Le Pen recibió el voto de los blancos pobres, antiguos empleados de oficina hoy condenados al paro, y de la población de clase baja-media que huyó de los barrios convertidos en “zonas urbanas sensibles” cuando las bandas musulmanas empezaron a mandar allí.

El actual paisaje político francés parece un campo de ruinas. Los dos partidos que han gobernado Francia durante décadas —el Partido Socialista de François Hollande y Los Republicanos, de Nicolas Sarkozy— están muertos. En las elecciones de 2022, el candidato del Partido Socialista obtuvo el 1,75% de los votos, y Los Republicanos recibió el 4,78%. Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen, sigue marcado por el triste hecho de que, cuando se llamaba Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, su padre y fundador del partido, era abiertamente antisemita. La parte del electorado que la votaría ha ido en descenso. El electorado de Macron es en principalmente mayor y también está desapareciendo. Mélenchon, que ve que el electorado musulmán seguirá creciendo, podría muy bien calcular que, en cinco años, tendrá una oportunidad.

En los próximos años, crecerán las “zonas urbanas sensibles”. También lo hará la sensación de inseguridad pública, ya que no se ha hecho nada para ponerle coto. Para adaptarse a la situación, Macron nombró hace poco ministro de Educación Nacional a Pap Ndiaye, un hombre que encabeza la lucha contra el “privilegio blanco” y autor de un libro que ensalza el movimiento Black Lives Matter. Zemmour dijo, durante la campaña electoral, que Francia podría morir pronto. Si se mantiene la actual tendencia, podría estar en lo cierto. Hadjadj no será probablemente la última víctima del antisemitismo que va en alza en Francia y Europa, y que casi nadie parece dispuesto a combatir.

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