El gran problema de España en la actualidad Autor: Daniel Pujol, Barcelona
El gran problema que tiene España es la incapacidad manifiesta de reconocer sus errores y su resistencia a pedir perdón.
He aprovechado el descanso de esta tarde de sábado para hacer algunas lecturas, entre ellas las de algunos periódicos en línea, incluido Aurora. He encontrado en ellas un elemento común que relaciona a España con Israel. En los últimos días ha estallado un nuevo conflicto entre Marruecos y el Sahara Occidental. A causa del mismo ha habido muertos, e incluso algunos españoles se han visto de alguna manera seriamente afectados. Siempre que esto sucede, el Gobierno de España se encuentra en una situación súper incómoda. Al Gobierno español le gustaría poder mirar hacia otro lado, pero no le es posible porque se encuentra justo en medio (no en vano a esta región se la conocía antes como el Sahara español).
Ello hace que a menudo el Gobierno adopte un papel a veces hasta ridículo. El editorial de un periódico digital hacía una comparación entre su actuación frente a Marruecos (¡casi no sabe qué decir!) y la que tuvo con Israel cuando el incidente de la mal llamada Flotilla de la Libertad. Entonces sí que exigió firmemente explicaciones al embajador de Israel en Madrid, entonces sí que el Partido Socialista Obrero Español -que es el que gobierna- hizo declaraciones contundentes de protesta, etc.
Me pregunto si la mayor firmeza que en su día mostró el Gobierno español para con Israel, en contraposición con la manifestada hacia el Gobierno marroquí, es debido a una cuestión de distancia.
La tradición que se transmite
¿Qué tipo de distancia? En Aurora leía el artículo de Miguel Martín referente a la conversación sostenida en Jerusalén, en la calle Ben Iehuda, con un descendiente de judíos sefardíes, de los que en su día fueron echados fuera de España. Desde aquella expulsión, España ha intentado guardar cierta distancia con respecto a los judíos, con honrosas excepciones que ahora no vienen al caso.
Esto contrasta con el sentimiento nostálgico de los muchos sefardíes que, junto con muchas tradiciones que han transmitido de generación a generación, todavía conservan la lengua de aquella Sefarad, el ladino, con la que aún pueden comunicarse con nosotros, aun a pesar de la distancia geográfica a la que los avatares de la historia les han condenado.
Una distancia que sienten aún como una herida en su corazón. Como los judíos exiliados en Babilonia a la orilla del río lloraban acordándose de Sión, así añoran todavía a Sefarad. Cierto es que oficialmente se ha reconocido el error que supuso aquella decisión tomada hace algo más de cinco siglos por la reina Isabela de Castilla, como la nombraba nuestro amigo desconocido.
En 1992, cuando se cumplían exactamente 500 años del decreto de expulsión, el rey Don Juan Carlos así lo reconocía en la sinagoga Beth Iaacov de Madrid. No obstante, y a pesar de esta declaración oficial, el sentir general en este país es de falta de simpatía, cuando no de animadversión hacia Israel y los judíos en general.
¡Qué dura es España! ¡Cuánto le cuesta pedir perdón! Son muchos los agravios que todavía quedan ahí pendientes de resolución. El tribunal de la Inquisición instaurado posteriormente al mencionado decreto de expulsión sigue siendo una de estas asignaturas pendientes para España. Sus víctimas fueron básicamente los moriscos, una vez más los judíos, y los protestantes.
Y más recientemente, en el siglo XX, como ejemplo de esta incapacidad innata en este país, la guerra fratricida que aún pretende mantenerlo dividido en dos facciones que no se han pedido perdón. Situación en la cual no hay más que perdedores, mírese por donde se mire.
Parece imposible que se hagan realidad las palabras de Azaña: “«Paz, piedad, perdón»”, ni por un lado, ni por el otro. ¿Habrá alguna vez un verdadero dolor de corazón? ¿Cuándo pasaremos de los discursos oficiales a una sincera confesión, a un verdadero arrepentimiento, a una sincera petición de perdón? Esto demanda no solamente declaraciones políticamente correctas, sino una verdadera conversión, es decir, un cambio de actitud.
Reformas para no repetir errores
Finalmente, quiero referirme a otra lectura de esta tarde. He disfrutado leyendo la historia de ese hombre de acción de hace unos 25 siglos que fue Nehemías, que fue comisionado por el rey Artajerjes para dirigir la reconstrucción de los muros de Jerusalén destruidos años antes por las tropas del rey Nabucodonosor, y que luego fue el gobernador de Judá.
Es interesante ver como a pesar de muchas dificultades y fuerte oposición de los de fuera y a veces también de los de dentro, aquellos judíos consiguieron levantar aquellos muros que iban a darles seguridad y protección. Una vez terminada la obra, las memorias de Nehemías nos hablan de una convocatoria que reunió al pueblo de Israel para escuchar de labios de Esdras la Torá. ¡Con qué solemnidad escucharon aquellas palabras! Pero no terminó ahí la cosa. Tras la lectura hubo un profundo acto de contrición tanto popular como de las autoridades. Hubo reconocimiento de pecados y confesión de las injusticias pasadas, a la vez que demanda de perdón. Y después, una toma de decisiones con la intención de rectificar.
Nehemías termina sus memorias mencionando las reformas que implantó encaminadas a evitar caer en los errores e injusticias pasadas. ¡Cuánto hay que aprender! Dice el adagio que «el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla». Y digo: ¡no, por favor, que no se repita! La nación que no reconoce sus errores, que no pide perdón por ellos, difícilmente podrá progresar. Shalom.
Existe animadversión hacia Israel y los judíos en general
25/Nov/2010
Aurora, Daniel Pujol