Estado Islámico, crónica del horror

07/May/2015

El País, España, Por Graeme Wood

Estado Islámico, crónica del horror

¿Qué es el Estado Islámico? ¿Cuáles son sus
orígenes? ¿Y sus intenciones? La simplicidad de estas preguntas es engañosa.
Pocos líderes occidentales parecen conocer las repuestas. “Ni siquiera
entendemos el concepto”, reconocía el general Michael K. Nagata, jefe de
operaciones especiales de Estados Unidos en Oriente Próximo, en unos
comentarios confidenciales publicados por The New York Times en diciembre. En
el último año, Barack Obama ha dicho del Estado Islámico que “no es islámico”
y, en otras ocasiones, que es una filial de Al Qaeda, unas declaraciones que
reflejan la confusión existente y que, tal vez, han llevado a cometer
importantes errores estratégicos.
El Estado Islámico (EI) tomó la ciudad de
Mosul (Irak) en junio de 2014 y ya controla un territorio más grande que Reino
Unido. Abubaker al Bagdadi es su líder desde 2010, pero su imagen más reciente,
hasta el pasado verano, era una fotografía borrosa de la época que estuvo preso
en Camp Bucca, durante la ocupación norteamericana de Irak. Cuando el 5 de
julio de 2014 subió al púlpito de la Gran Mezquita de Al Nuri, en Mosul, para
autoproclamarse el primer califa en varias generaciones, pasó de la imagen
borrosa a la alta resolución, y de guerrillero en busca y captura a jefe
supremo de todos los musulmanes. Desde entonces no ha cesado el flujo de
yihadistas de todo el mundo hacia el territorio controlado por el Estado
Islámico.
Nuestra ignorancia sobre este movimiento es,
en parte, comprensible: es un reino ermitaño y pocos de los que han ido hasta
allí han vuelto. Al Bagdadi solo ha hablado ante las cámaras en una ocasión.
Pero sus palabras, como todos los demás vídeos y encíclicas de propaganda del
Estado Islámico, están en la Red, y los seguidores del califato han hecho
enormes esfuerzos para que su proyecto se conozca: rechazan la paz por
principio; tienen hambre de genocidio; su visión religiosa es totalmente
incompatible con cierto tipo de cambios, que incluso podrían garantizar su
supervivencia, y se considera a sí mismo un heraldo –y jugador fundamental– del
inminente fin del mundo.
El Estado Islámico, también denominado Estado
Islámico de Irak y al Sham (Daesh en árabe, ISIS en inglés), se guía por una
corriente del islam con una peculiar concepción del camino hacia el Día del
Juicio Final. Esta creencia condiciona su estrategia y puede ayudar a Occidente
a conocer a su enemigo y predecir su comportamiento. Su ascenso al poder, más
que parecerse al triunfo en Egipto de los Hermanos Musulmanes –a quienes el
Estado Islámico considera apóstatas–, se asemeja a la materialización de una
realidad alternativa y distópica, como si David Koresh o Jim Jones [líderes de
dos de las sectas suicidas más conocidas del mundo] hubieran sobrevivido para
dominar no a unos pocos cientos de adeptos, sino a ocho millones de personas.
Hemos malinterpretado la naturaleza del Estado
Islámico en dos aspectos. En primer lugar, tendemos a pensar que el yihadismo
es monolítico y aplicamos la lógica de Al Qaeda a una organización que la ha
eclipsado de manera decisiva. Los partidarios del Estado Islámico entrevistados
para este artículo todavía se refieren a Osama bin Laden como sheik Osama, “el
jeque Osama”, un título honorífico. Pero el yihadismo ha evolucionado desde los
tiempos del apogeo de Al Qaeda, entre 1998 y 2003, y muchos combatientes
desprecian a sus líderes actuales y sus prioridades.
Bin Laden consideraba su actividad terrorista
como el preludio de un califato que no esperaba ver en vida. Su organización
era flexible y funcionaba como una red de células autónomas dispersas
geográficamente. El Estado Islámico, por el contrario, necesita controlar un
territorio para tener legitimidad, y una estructura vertical para gobernarlo.
Captura de un vídeo promocional con
integrantes del Estado Islámico.
También nos ha llevado a error una campaña
bien intencionada, pero deshonesta, para negar la naturaleza religiosa medieval
del Estado Islámico. Peter Bergen, que publicó la primera entrevista con Bin Laden
en 1997, tituló su libro Guerra Santa, S. A., en parte porque consideraba al
líder yihadista como un producto del mundo laico y moderno. Bin Laden convirtió
el terrorismo en una empresa y creó franquicias. Exigía concesiones políticas
concretas, como la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí. Su
infantería se movía a sus anchas por el mundo moderno: en su último día de
vida, Mohamed Atta hizo compras en Walmart y comió en Pizza Hut.
Es tentador encajar al Estado Islámico en esta
percepción y considerar a los yihadistas como personajes laicos y modernos, con
preocupaciones políticas modernas y con un disfraz religioso. Pero lo cierto es
que muchas de las cosas que hace la organización parecen absurdas salvo si se
analizan desde la óptica de un compromiso sincero y meditado para hacer
retroceder a la civilización actual al siglo VII y culminar con la llegada del
Apocalipsis.
Los portavoces más elocuentes de esta postura
son los responsables y seguidores del Estado Islámico. Cuando se habla con
ellos, se burlan de la modernidad e insisten en que no quieren –no pueden–
apartarse de los preceptos del profeta Mahoma y sus colaboradores. Suelen
utilizar códigos y alusiones que suenan extraños o anticuados a los no
musulmanes y que remiten a tradiciones y textos concretos del primer islam.
La realidad es que el Estado Islámico es
islámico. Muy islámico. Es innegable que ha atraído a psicópatas y aventureros,
reclutados sobre todo entre las poblaciones desafectas de Oriente Próximo y
Europa. Pero la religión que predican sus seguidores más fervientes deriva de
unas interpretaciones coherentes e incluso eruditas del islam. Prácticamente
todas las decisiones importantes y las leyes promulgadas por el Estado Islámico
se atienen de forma puntillosa a lo que en sus comunicados, pronunciamientos,
carteles, membretes y monedas se denomina “la metodología profética”, es decir,
la profecía y el ejemplo de Mahoma. Puede que los musulmanes rechacen el Estado
Islámico; la mayoría lo hace. Pero el empeño en decir que no es un grupo
religioso y milenarista, con una teología que debemos comprender para poder
combatirla, ha llevado ya a Estados Unidos a infravalorarlo y respaldar planes
insensatos para intentar acabar con su poder. Es necesario conocer la
genealogía intelectual del Estado Islámico para que nuestra reacción no le
fortalezca, sino que le empuje a inmolarse en su propio celo.
I. Devoción
El Estado Islámico hizo público en noviembre
un vídeo que establecía sus orígenes en Bin Laden. Mencionaba como predecesor
inmediato a Abu Musab al Zarqawi, el brutal jefe de Al Qaeda en Irak desde 2003
hasta su muerte en 2006, seguido de dos dirigentes antes de Al Bagdadi, el
califa. Llamaba la atención la omisión de Aiman al Zawahiri, el cirujano
egipcio que dirige hoy Al Qaeda. Al Zawahiri no ha jurado lealtad a Al Bagdadi
y despierta un odio creciente entre los demás yihadistas. La división entre Al
Qaeda y el Estado Islámico viene de muy atrás y ayuda a explicar, al menos en
parte, la desmesura sanguinaria de este último grupo. Del lado de Al Zawahiri
está un clérigo jordano, Abu Mohamed al Maqdisi, que se declara con cierta
razón arquitecto intelectual de Al Qaeda y es el menos conocido de los jefes
yihadistas. Al Maqdisi coincide con el Estado Islámico en la mayoría de los
aspectos doctrinales. Ambos se identifican con el ala yihadista de una rama del
sunismo llamada salafismo, de al salaf al salih, que en árabe quiere decir
“devotos antepasados”. Esos antepasados son el Profeta y sus primeros
seguidores, a los que los salafistas veneran e imitan porque los consideran
modelos de comportamiento en la guerra, el vestir y la familia.
Al Maqdisi formó a Al Zarqawi, que fue a la
guerra en Irak teniendo presentes los consejos del anciano. Sin embargo, con el
tiempo, Al Zarqawi superó a su mentor en fanatismo y acabó recibiendo una
reprimenda de él. Los motivos fueron la afición de Al Zarqawi a los
espectáculos sanguinarios y, desde el punto de vista de la doctrina, su odio a
otros musulmanes, hasta el punto de excomulgarlos y matarlos. Al Maqdisi
escribió a su antiguo pupilo para decirle que debía tener cautela con el exceso
de excomuniones (takfir) y que no debía “declarar que las personas son
apóstatas porque han pecado”. La distinción entre apóstata y pecador puede
parecer sutil, pero es un punto especialmente controvertido entre Al Qaeda y el
Estado Islámico. Negar la santidad del Corán o las profecías de Mahoma es
apostasía. Pero Al Zarqawi y el Estado engendrado por él opinan que hay muchos
otros actos que pueden hacer que se expulse a un musulmán del islam.
Entre ellos, vender alcohol o drogas, llevar
vestimenta occidental, afeitarse la barba, votar en unas elecciones –incluso
por un candidato musulmán– y evitar calificar a otros de apóstatas. Ser chií,
como lo son la mayoría de los árabes de Irak, también es un motivo, porque el
Estado Islámico considera que el chiísmo es una innovación, e innovar aspectos
del Corán es negar su perfección original. Eso significa condenar a muerte a
alrededor de 200 millones de chiíes [rama del islam que supone entre el 10% y
el 15% de los musulmanes de todo el mundo; el resto son prácticamente todos
suníes]. Y también a los jefes de Estado de todos los países musulmanes, porque
han situado las leyes hechas por el ser humano por encima de la sharía (ley
islámica) al presentarse a unas elecciones o al hacer cumplir leyes no escritas
por Dios.
Al seguir esta doctrina takfiri, el Estado
Islámico asume el compromiso de purificar el mundo mediante el asesinato de un
inmenso número de personas. La falta de informaciones objetivas impide conocer
la verdadera dimensión de las matanzas que se están llevando a cabo en su
territorio. Pero los comentarios en las redes sociales indican que las ejecuciones
individuales son más o menos continuas, y cada pocas semanas las hay masivas.
Las víctimas suelen ser sobre todo musulmanes “apóstatas”. Al parecer, los
cristianos que no se resisten al nuevo Gobierno quedan exonerados de la
ejecución automática. Al Bagdadi les permite vivir siempre que paguen un
impuesto especial, llamado jizya, y reconozcan su sometimiento.
Hace siglos que terminaron las guerras de
religión en Europa y que la gente dejó de morir en masa por arcanas disputas
teológicas. Quizás eso explica la incredulidad de los occidentales ante las
informaciones sobre las bases teológicas y las prácticas del Estado Islámico.
Muchos se niegan a creer que esta organización sea tan devota como dice ser, o
tan retrógrada o apocalíptica como sugieren sus acciones y declaraciones.
Su escepticismo es comprensible. Hasta hace no
mucho, los occidentales que acusaban a los musulmanes de seguir ciegamente
preceptos antiguos se granjeaban las críticas de algunos intelectuales –en
particular, del difunto Edward Said– que señalaban que llamar “antiguos” a los
musulmanes era, simplemente, otra forma de denigrarlos. En lugar de eso, nos
decían estos académicos, debíamos fijarnos en el contexto en el que surgían
esas ideas: países mal gobernados, costumbres sociales cambiantes, la
humillación de vivir en unas tierras que solo se valoraban por el petróleo…
Sin estos factores es imposible tener una
visión completa del ascenso del Estado Islámico. Pero centrarse solo en ellos y
excluir la ideología es un reflejo de otro tipo de sesgo propio de Occidente:
considerar que si la religión no tiene importancia en Washington o Berlín, debe
de ser igualmente irrelevante en Raqqa o Mosul. Pues bien, cuando un hombre
enmascarado grita “AllahuAkbar” [Alá es el más grande] mientras decapita con un
cuchillo a un apóstata, a veces lo hace por motivos religiosos.
Muchas organizaciones musulmanas afirman que
las prácticas del Estado Islámico son antiislámicas. Es tranquilizador saber
que la mayoría de los musulmanes no tiene el más mínimo interés en sustituir
las películas de Hollywood por vídeos de ejecuciones públicas para pasar un
rato entretenido después de la cena. Ahora bien, los musulmanes que llaman
antiislámico al Estado Islámico, explica el profesor de Princeton Bernard Haykel,
el mayor experto en la teología de esa organización, “están avergonzados y son
políticamente correctos, y tienen una visión edulcorada de su propia religión”
que olvida “las exigencias históricas y legales de su fe”. Según Haykel, las
filas del Estado Islámico están impregnadas de fuerza religiosa. Las citas del
Corán son constantes. “Hasta los soldados rasos las sueltan sin parar”,
asegura. “Posan delante de las cámaras y repiten las doctrinas como fórmulas”.
En su opinión, las afirmaciones de que el Estado Islámico ha tergiversado los
textos del islam son absurdas. “La gente quiere absolver al islam”, dice. “Es
ese mantra de que el islam es una religión de paz. ¡Como si existiera una cosa
llamada islam! El islam es lo que hacen los musulmanes, cómo interpretan los
textos”. Todos los suníes comparten esos textos, no solo el Estado Islámico. “Y
estos individuos tienen tanta legitimidad como cualquier otro” para
desentrañarlos.
Todos los musulmanes reconocen que las
primeras conquistas de Mahoma no fueron un asunto aseado. Las leyes de la
guerra transmitidas tanto al Corán como a otras narraciones sobre el Profeta
eran la respuesta a una época turbulenta y violenta. En opinión de Haykel, los
combatientes del Estado Islámico han retrocedido al primer islam y reproducen
al pie de la letra sus normas bélicas. Entre ellas se incluyen varias prácticas
que los musulmanes contemporáneos prefieren no reconocer como parte de sus
textos sagrados. “No son unos [yihadistas] enloquecidos que manipulan la
tradición medieval para justificar la esclavitud, la crucifixión y las
decapitaciones”, dice Haykel. Son soldados que “se sitúan en el corazón de la
tradición medieval y la aplican sin fisuras en el presente”.
Los líderes del Estado Islámico creen que
emular a Mahoma es su deber y han revivido tradiciones que llevaban cientos de
años olvidadas. “Lo asombroso no es solo que las apliquen de forma tan literal,
sino la seriedad con la que leen los textos”, explica Haykel. “Muestran una
minuciosidad y una obsesión poco habituales entre los musulmanes”.
Al Qaeda nunca habló de recuperar la
esclavitud. ¿Por qué lo iba a hacer? Quizá no planteó la cuestión por razones
estratégicas, para evitar perder apoyo entre la opinión pública. Cuando el
Estado Islámico empezó a esclavizar a gente, se escandalizaron incluso algunos
de sus seguidores. Aun así, el califato sigue utilizando la esclavitud y la
crucifixión sin inmutarse. “Conquistaremos vuestra Roma, romperemos vuestras
cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres”, prometió Abu Mohamed al Adnani, su
portavoz principal, en uno de sus mensajes de amor a Occidente.
II. Territorio
Se cree que al califato han llegado decenas de
miles de musulmanes. Los reclutas proceden de Francia, Reino Unido, Bélgica,
Alemania, Holanda, Australia, Indonesia y Estados Unidos, entre otros países.
Muchos van a luchar; muchos tienen la intención de morir. Internet se ha
convertido en un instrumento esencial para difundir su propaganda y asegurarse
de que los neófitos saben qué deben creer, según explica Peter R. Neumann,
catedrático del King’sCollege de Londres. Además, el reclutamiento en la Red ha
ampliado las estadísticas demográficas de la comunidad yihadista, al permitir
que mujeres musulmanas conservadoras, aisladas físicamente en sus hogares,
entren en contacto con los captadores, se radicalicen y se organicen para
llegar a Siria. Con su capacidad de atraer tanto a hombres como a mujeres, el
Estado Islámico confía en construir una sociedad completa.
En Australia vive una de las “nuevas
autoridades espirituales” más importantes que guían a los extranjeros que se
incorporan al Estado Islámico. Se trata de Musa Cerantonio, un hombre de 30
años que durante tres años fue telepredicador en Iqraa TV, en El Cairo, pero se
marchó cuando la cadena se opuso a sus constantes llamamientos a establecer un
califato. Hoy predica en Facebook y Twitter. Las autoridades le han retirado el
pasaporte y no puede moverse de Melbourne. Cerantonio procede de una familia
mitad italiana, mitad irlandesa, y es un hombre amigable y educado. Dice que
palidece al ver los vídeos de decapitaciones. Odia la violencia, pese a que los
partidarios del Estado Islámico tienen la obligación de apoyarla.
El califato, según Cerantonio, no es una mera
entidad política, sino también un vehícu­lo de salvación. La propaganda del
Estado Islámico informa periódicamente de las promesas de baya’a (lealtad) que
llegan de grupos yihadistas de todo el mundo musulmán. El musulmán que reconoce
a un solo dios omnipotente y reza, pero muere sin haber jurado lealtad a un
califa legítimo ni haber cumplido las obligaciones de dicho juramento, no ha
vivido una vida plenamente islámica. ¿No es ese el caso de la mayoría de los
musulmanes de la historia? Cerantonio asiente: “Yo digo incluso que el islam ha
sido reestablecido” con Al Bagdadi.
Dejar que el EI se desangre parece ser la
menos mala de las opciones militares
Cerantonio, como muchos seguidores del Estado
Islámico, no reconoce la legitimidad del anterior califato: el Imperio Otomano,
que alcanzó su apogeo en el siglo XVI y luego experimentó un largo declive,
hasta que el fundador de la República de Turquía, Mustafá KemalAtatürk, lo
remató en 1924. Lo rechazan por dos motivos: no hacía respetar plenamente la
ley islámica y sus califas no eran descendientes de la tribu del Profeta, los quraish.
Para ser califa, según los requisitos del código suní, hay que ser hombre,
adulto, musulmán, de linaje quraish; dar muestras de honradez moral e
integridad física y mental, y poseer autoridad (amr). Este último criterio es
el más difícil de cumplir: requiere que el califa disponga de un territorio en
el que imponer la ley islámica.
En teoría, todos los musulmanes tienen la
obligación de emigrar al califato. Después del sermón de Al Bagdadi en julio,
empezó a llegar a Siria una avalancha diaria de yihadistas. Estaban más
motivados que nunca. Como AnjemChoudary, Abu Baraa y Abdul Muhid. Viven en
Londres y están deseando emigrar al Estado Islámico. Pero las autoridades han
confiscado sus pasaportes.
III. El Apocalipsis
El Estado Islámico se distingue del resto de
los grupos yihadistas porque se considera un personaje central del guion de
Dios. Tiene sus preocupaciones mundanas (incluidos la recogida de basuras y el
suministro de agua potable en las zonas que controla), pero su razón de ser es,
por encima de todo, el Fin de los Tiempos. Bin Laden no solía mencionar el
Apocalipsis y, cuando lo hacía, parecía contar con que ese glorioso momento de
ajuste de cuentas divino llegaría mucho después de su muerte. En cambio, los
fundadores del Estado Islámico ven signos claros del fin del mundo desde los
últimos años de la ocupación estadounidense de Irak.
Rodeada de cultivos, la ciudad siria de Dabiq,
cerca de Alepo, es clave. Según el Profeta, allí es donde se librará la gran
batalla entre los ejércitos de Roma y las fuerzas del islam. Dabiq será el
Waterloo de Roma. Tras apoderarse de la ciudad, el Estado Islámico aguarda la
llegada del ejército enemigo, cuya derrota iniciará la cuenta atrás hacia el
Apocalipsis. En los vídeos del Estado Islámico, los medios occidentales suelen
pasar por alto las referencias a Dabiq, mientras que dedican toda su atención a
las horripilantes escenas de decapitaciones.
La narración del Profeta que predice la
batalla de Dabiq identifica al enemigo con Roma. Quién es Roma es materia de
debate. Cerantonio dice que Roma representa el Imperio Romano de Oriente, que
tenía su capital en lo que hoy es Estambul. Otras voces del Estado Islámico
sugieren que Roma puede ser cualquier ejército infiel, y Estados Unidos sirve
perfectamente.
IV. La lucha
La pureza ideológica del Estado Islámico tiene
una virtud: nos permite predecir algunas de sus acciones. Bin Laden era poco
predecible. En cambio, el Estado Islámico presume abiertamente de sus planes;
no de todos, pero sí los suficientes como para deducir cómo quiere gobernar y
expandirse.
En Londres, Choudary y sus alumnos explican
con detalle cómo debe ser la política exterior del califato. Ha emprendido ya
la llamada yihad ofensiva, la expansión por la fuerza a países gobernados por
no musulmanes. “Hasta ahora nos limitábamos a defendernos”, según Choudary; sin
un califato, la yihad ofensiva es un concepto imposible de aplicar. En cambio,
librar una guerra para expandir el territorio es un deber esencial del califa.
La ley islámica solo autoriza tratados de paz
provisionales, que no estén en vigor más de 10 años, según Abu Baraa, el colega
de Choudary. Del mismo modo, las fronteras son anatema, tal como declaró el
Profeta y repiten los vídeos del Estado Islámico. El califa debe hacer la yihad
al menos una vez al año.
El sistema internacional moderno, nacido en
1648 del Tratado de Paz de Westfalia, se basa en que cada Estado reconozca las
fronteras, aun a regañadientes. Para el Estado Islámico, ese reconocimiento es
un suicidio ideológico. Otros grupos islamistas, como los Hermanos Musulmanes y
Hamás, han sucumbido a los halagos de la democracia y la posibilidad de una
invitación a formar parte de la comunidad de naciones, incluso con un sitio en
la ONU. La negociación y las concesiones también les han sido útiles en
ocasiones a los talibanes.
Las ambiciones del Estado Islámico y sus
planes estratégicos eran evidentes en sus declaraciones y en las redes sociales
ya en 2011, cuando no era más que uno de tantos grupos terroristas en Siria e
Irak y todavía no había cometido atrocidades en masa. Si hubiéramos
identificado desde el principio sus intenciones, y comprendido que el vacío de
poder en Siria e Irak les daría un amplio margen de actuación, habríamos
podido, por lo menos, presionar a Irak para que llegara a acuerdos con la
minoría suní y reforzara su frontera con Siria. Eso al menos habría evitado el
efecto multiplicador y propagandístico de la declaración del califato. Sin
embargo, hace poco más de un año, Obama declaró a The New Yorker que, en su
opinión, el EI era el socio débil de Al Qaeda. “Si un equipo filial se pone la
camiseta de los Lakers, eso no les convierte en Kobe Bryant”, dijo. El no haber
detectado la división entre el Estado Islámico y Al Qaeda ni sus divergencias
ha llevado a decisiones peligrosas. Por ejemplo, los intentos por parte de
Washington de que Al Maqdisi, líder de Al Qaeda, intercediera ante Turki al
Binali, antiguo discípulo suyo y hoy ideólogo del Estado Islámico, para salvar
la vida de Peter Kassig. El cooperante fue decapitado en noviembre. Su muerte
fue una tragedia, pero más trágico habría sido el éxito del plan. Una
reconciliación entre Al Maqdisi y Al Binali habría empezado a acercar a las dos
principales organizaciones yihadistas del mundo.
Occidente se enfrenta ahora al Estado Islámico
a través de los kurdos y los iraquíes en el campo de batalla y mediante ataques
aéreos. Estas estrategias no han desplazado al EI de todas sus posesiones
territoriales, aunque sí han impedido el ataque a Bagdad y Erbil y las matanzas
de chiíes y kurdos en las dos ciudades. Algunos observadores han pedido una
intervención directa, con el despliegue de decenas de miles de soldados
estadounidenses. No conviene desechar estos llamamientos demasiado deprisa: se
trata de una organización declaradamente genocida que comete atrocidades
diarias en el territorio bajo su control.
Imagen de un vídeo difundido en abril en el
que un afiliado al Estado Islámico empuña un martillo durante la demolición de
la ciudad asiria de Nimrod (30 kilómetros al sureste de Mosul) perpetrada el
pasado marzo.
Una forma de deshacer el embrujo que el Estado
Islámico ejerce sobre sus seguidores sería dominarlo militarmente y ocupar los
territorios de Siria e Irak que hoy se encuentran bajo su poder. Al Qaeda es
imposible de erradicar porque puede sobrevivir como las cucarachas, bajo
tierra. El Estado Islámico, no. Si pierde el territorio, dejará de ser un
califato. Los califatos no pueden existir como movimientos clandestinos, porque
la autoridad territorial es un requisito indispensable: si se les arrebata, los
juramentos de lealtad dejarán de ser vinculantes. Los antiguos fieles podrían
seguir atacando a Occidente y decapitando a los enemigos por su cuenta, desde
luego. Pero el valor propagandístico del califato desaparecería, y con él, el
supuesto deber religioso de viajar allí para ponerse a su servicio.
Sin embargo, los peligros que supone una
escalada del conflicto son inmensos. El mayor partidario de una invasión
estadounidense es el propio Estado Islámico. Es evidente que los vídeos en los
que un verdugo encapuchado se dirige a Obama por su nombre pretenden arrastrar
a Estados Unidos a la lucha. Una invasión sería una gran victoria
propagandística para los yihadistas de todo el mundo y ayudaría a reclutar más
gente. Además, Washington se resiste porque es consciente de los malos
resultados que ha cosechado en campañas anteriores. Al fin y al cabo, el
ascenso del Estado Islámico se produjo porque la ocupación norteamericana creó
un espacio para Al Zarqawi y sus seguidores. ¿Quién sabe qué consecuencias
tendría otro fracaso?
Dado todo lo que se sabe del Estado Islámico,
seguir desangrándolo poco a poco, con ataques aéreos y guerras con terceros,
parece la menos mala de las opciones militares. Ni los kurdos ni los chiíes van
a poder controlar todo el territorio suní en Siria e Irak; allí les odian, y en
cualquier caso no tienen ganas de una aventura de ese tipo. Pero lo que sí
pueden hacer es impedir que el Estado Islámico cumpla su deber de expandirse.
Sin conseguir ese objetivo, el califato no será el Estado conquistador del
profeta Mahoma, sino otro Gobierno más de Oriente Próximo incapaz de llevar la
prosperidad a su pueblo.
El coste humano de la existencia del Estado
Islámico es terrible. Pero la amenaza que representa para Estados Unidos es
menor que Al Qaeda. El núcleo de este último grupo está obsesionado con el
“enemigo lejano” (Occidente). Pero en general lo que interesa a los yihadistas
es su entorno. El Estado Islámico ve enemigos en todas partes y, aunque sus
dirigentes aborrecen a Estados Unidos, la aplicación de la sharía en el
califato y la expansión a las regiones vecinas son sus prioridades.
Los combatientes extranjeros (con sus esposas
e hijos) viajan al califato con billetes de ida: quieren vivir bajo la
auténtica sharía, y muchos desean ser mártires. Algunos lobos solitarios que
apoyan el Estado Islámico han atacado objetivos occidentales, y habrá más
atentados. Pero los terroristas, en su mayoría, son aficionados frustrados, que
no han podido viajar al califato porque les han confiscado el pasaporte. Aunque
el Estado Islámico celebre estos atentados, todavía no ha planeado ni
financiado ninguno. (El ataque contra Charlie Hebdo, en enero en París, fue
fundamentalmente una operación de Al Qaeda).
Contenido de forma adecuada, lo más probable
es que el Estado Islámico se busque su propia ruina. Ningún país es aliado
suyo. El territorio que controla, aunque vasto, está deshabitado en su mayor
parte y es muy pobre. A medida que deje de expandirse o incluso se reduzca, su
afirmación de que es el instrumento de la voluntad divina y el agente del
Apocalipsis perderá fuerza y llegarán menos creyentes. Y cuando se filtren cada
vez más informaciones sobre la mísera situación interna, otros movimientos
islamistas radicales sufrirán el descrédito: nadie se ha esforzado tanto en
implantar estrictamente la sharía por medios violentos. Y este es el resultado.
No obstante, es poco probable que la muerte del Estado Islámico sea rápida.
V. Disuasión
Sería fácil, incluso exculpatorio, decir que
el problema del Estado Islámico es “un problema con el islam”. Sin embargo,
limitarse a acusar al califato de antiislámico puede ser contraproducente,
sobre todo si quienes reciben el mensaje han leído los textos sagrados y han
visto que muchas de las prácticas del califato quedan refrendadas en ellos.
Los musulmanes pueden alegar que ni la
esclavitud ni la crucifixión son hoy legítimas. Muchos lo dicen. Pero no pueden
condenar la esclavitud ni la crucifixión sin contradecir al Corán y el ejemplo
del Profeta.
La ideología del Estado Islámico ejerce una
poderosa influencia sobre cierto sector de la población. Musa Cerantonio y los
salafistas de Londres son inasequibles al desaliento: ninguna pregunta les hace
titubear. Hasta es posible pasarlo bien con ellos, y eso es lo que da más
miedo. Al reseñar MeinKampf en marzo de 1940, George Orwell confesó que no
había podido “nunca sentir antipatía por Hitler”; algo en él que despertaba la
compasión por el perdedor, incluso aunque sus objetivos fueran cobardes u
odiosos. “Si estuviera matando un ratón, sabría hacer creer que era un dragón”.
Con los partidarios del Estado Islámico sucede
algo parecido. Creen que están involucrados en unas luchas que rebasan con
mucho sus propias vidas, y que el mero hecho de participar en ese drama, y en
el bando de los justos, es un privilegio y un placer.
Que el Estado Islámico considere como dogma el
cumplimiento de profecías define el ánimo de nuestro rival. No hay que menospreciar
su atractivo intelectual y religioso. Se puede recurrir a herramientas
ideológicas para hacer ver a los conversos potenciales que el mensaje del grupo
es falso. Y las herramientas militares pueden limitar sus horrores. Poco más
puede hacerse ante una organización tan inmune a la persuasión como esta. Y la
guerra posiblemente será larga, aunque no dure hasta el fin de los tiempos.