España: ‘El Jueves’ y la normalización del odio

16/Feb/2016

Por Eli Cohen (Abogado y analista político. Colaborador de Libertad Digital y Es Global)

España: ‘El Jueves’ y la normalización del odio

«La agitación antisemita está teniendo
consecuencias: en 2010 Casa Sefarad-Israel publicó un estudio, elaborado junto
al Ministerio de Educación, en el que un 34,6% de los españoles mostraba una
opinión desfavorable hacia los judíos y uno de cada dos estudiantes de
secundaria afirmó que no compartiría pupitre con un judío»
Si
el viñetista de El Jueves, Julio A. Serrano hubiera publicado unas tiras
manipulando datos y exhibiendo afirmaciones falsas sobre la violencia de
género, diciendo por ejemplo que la justicia responde desproporcionadamente
ante los casos de maltrato, que las mujeres maltratadas explotan su papel de
víctimas, o que su desgracia no es para tanto, todos nos habríamos apresurado a
condenar, y con razón, esos comentarios sobre una desgracia que azota todos los
días nuestro país y, sobre todo, habríamos aseverado por activa y por pasiva
que con el sufrimiento de esas mujeres que corren peligro de muerte no se
bromea, y menos aún se hacen afirmaciones sin utilizar fuentes contrastadas,
sea o no el medio en donde se publican una revista satírica. Habríamos salido
en tromba a decir que esto no tiene nada que ver con la libertad de expresión y
que más bien obedece a una libertad de agresión. La repulsa habría sido unánime.
Pero
como esas viñetas han tenido como objetivo a Israel, el Estado que los judíos
crearon después de la nadería de sufrir un exterminio masivo de seis millones
de individuos, todo vale. No existe rechazo unánime si son los judíos los que
salen mal parados en columnas, comentarios, viñetas, informes o programas de
televisión. “Los judíos lo tienen todo bien atado, amigos”, escribía Serrano en
su libelo.
La
realidad de los últimos años lo constata. Líderes políticos y medios de
comunicación han dado cobijo a la banalización del Holocausto, a la difamación
de Israel y a la difusión de prejuicios antisemitas. Antonio Gala escribió
sobre los judíos que “o son malos, o alguien los envenena”; Mariola Vargas,
alcaldesa de Collado Villalba, defendió su honestidad diciendo que no era “un
perro judío”; el concejal del Ayuntamiento de Madrid Guillermo Zapata publicó
unos chistes sobre el Holocausto para defender a Nacho Vigalondo, que quiso
hacerse el gracioso diciendo que “el Holocausto fue un montaje”. El mismo El
Jueves en 2002 publicó una portada en la que Ariel Sharón lucía nariz de cerdo
y una esvástica. En 2009, en una mesa redonda sobre racismo y antisemitismo en
la Complutense, el entonces presidente de la Comunidad Judía de Madrid fue
recibido por unos piquetes que repartían panfletos en el que se le acusaba de
“adicto a la usura”. El pasado verano, todo el país fue testigo de cómo se
vetaba a un cantante –Matisyahu– en un festival veraniego por ser judío y
defender a Israel –cuando el festival reculó, claro, fue gracias a las
presiones del lobby judío.
Y
todo ello ha tenido su reflejo en la sociedad: en 2010 Casa Sefarad-Israel
publicó un estudio, elaborado junto al Ministerio de Educación, en el que un
34,6% de los españoles mostraba una opinión desfavorable hacia los judíos y uno
de cada dos estudiantes de secundaria afirmó que no compartiría pupitre con un
judío.
A
propósito de los atentados de noviembre en París, Gistau escribió que hemos
motivado aberraciones morales como asumir que la matanza es más llevadera si la
padecen los judíos, “personas en las que es posible detectar una culpa de ser
que mantiene la muerte contenida en unos límites tolerables”. Si un francés es
acribillado en las calles de París, todos somos París; pero si es un judío el
que muere tiroteado en las calles de Tel Aviv, es algo esperable, normal y
comprensible. Igual sucede con la normalización del prejuicio hacia el judío,
como si en su carnet de identidad viniera adjuntada una culpa que justificara
cualquier improperio o broma que no toleraríamos contra otros colectivos o
minorías.
En
este sentido, las viñetas en cuestión siguen un patrón clásico: dibujar a los
judíos con narices puntiagudas –”respecto a la forma de dibujar a un judío,
siempre lo haces con la nariz de esa manera”, ha dicho Serrano–, minimizar el
Holocausto, culparlos de la muerte de Jesús, acusarlos de controlar el mundo.
Nada nuevo, pero sí actualizado. El conflicto entre israelíes y palestinos se
ha convertido así en una actualización de todos esos clichés que se han
repetido en los dos últimos milenios y que tenían como objetivo fomentar el
odio a los judíos, según afirman expertos en el tema como Pierre-André Taguieff
o Phyllis Goldstein.
Por
ello, utilizando como excusa y pretexto a Israel, sale también gratis publicar
un manifiesto contra las presiones del “lobby judío” –ese ente misterioso y con
tentáculos en el mundo entero que dirige nuestros designios–, y reina la
tolerancia si son los judíos los que se llevan los golpes. Estamos, en
definitiva, ante una ominosa normalización del odio.