PRIMO LEVI, A 25 AÑOS DE SU MUERTECarina Blixen
SE PUEDE DECIR que la humanidad mandó a Auschwitz un enviado realmente especial, dijo Ernesto Ferrero, uno de los editores de Primo Levi (1919-1987), en un simposio realizado en Nueva York en 2009. Era una manera, tan paradójica como efectiva de calibrar la dimensión de su trabajo, pues la suma de singularidades que hicieron posible la obra de Levi tuvo siempre una envergadura universal.
Levi rechazó una y otra vez el ser considerado un elegido; explicó, de manera clara y contundente, que sobrevivir a Auschwitz fue sobre todo producto del azar. Más allá de la verdad de esta afirmación, es posible pensar que reunía algunas capacidades y destrezas que no solo ayudaron a que llegara vivo al fin de la Segunda Guerra Mundial, sino que escribiera tres libros sobre Auschwitz que revolucionaron el género testimonio y se instalaron en la franja de la mejor literatura del siglo pasado.
Gracias a la escritura de Levi, una de las experiencias más atroces del siglo XX (hay una corriente de pensamiento que afirma que es «modélica» en términos de violencia colectiva y racionalidad) fue la «materia prima» de libros terribles y, al mismo tiempo, límpidos, «clásicos», humanistas a fuerza de lucidez. Pueden leerse como momentos culminantes (nudos de conflictos y hallazgos) de cuarenta años de vida. Si esto es un hombre (1947) fue escrito compulsivamente una vez liberado y vuelto a su casa en Turín; La tregua (1963) emergió más lentamente, con más conciencia literaria y con un espíritu más alegre; Los hundidos y los salvados (1987), publicado unos meses antes de su muerte, es una vuelta a las «raíces» que reinstaló su pensamiento en el centro de un debate convulso y oscuro sobre el exterminio perpetrado por el nazismo.
Levi no fue solo escritor, y no fue solo testigo, aunque esta condición sea la marca determinante de su vida y su obra. Se pensaba a sí mismo con la imagen del centauro: habitado por dos mundos, no dividido. El químico y el escritor, el italiano y el judío, el hombre quieto y el amante de la aventura.
UN POCO DE HISTORIA.
Miembro de una familia de judíos del Piamonte integrados a la cultura italiana, Levi descubrió su identidad judía a partir de las leyes racistas del fascismo. Pudo estudiar a pesar de los obstáculos interpuestos por la Italia de Mussolini. Fue un alpinista apasionado y logró recibirse de químico. Participó durante tres meses en la Resistencia hasta que su grupo fue delatado y cayó en manos de los fascistas el 13 de diciembre de 1943. Enviado primero al campo de Fossoli, el 22 de febrero de 1944 lo transportaron a Auschwitz con otros 649 judíos. Sobrevivieron 23. En Auschwitz trabajó para la fábrica de caucho sintético IG Farben, dirigida por las SS. El hecho de ser químico fue determinante para salvar su vida, pues después de algunos meses lo destinaron a trabajar en el laboratorio de la empresa. Así evitó estar expuesto al frío brutal del invierno en situación de inanición como estaban todos los prisioneros. En enero de 1945, los alemanes llevaron a todos los que podían caminar hacia otros campos de concentración en el interior de Alemania y dejaron a los enfermos. Levi tenía escarlatina: eso lo salvó de las que fueron llamadas después «marchas de la muerte». Como un nuevo Robinson Crusoe, con otro compañero, en el campo abandonado a los moribundos, se creó una «isla» en la que logró alimentar y proteger del frío a otros diez deportados. El 27 de enero de 1945 llegó la Armada Roja a Auschwitz. Como contó en La tregua, volver a su casa en Turín le llevó nueve meses. Su familia y su casa seguían en su lugar.
Retomó la vida normal: se casó, tuvo dos hijos, trabajó 30 años en una fábrica de resinas y pintura en las afueras de Turín, de la que llegó a ser directivo. A pesar del éxito que empezó a tener a fines de la década del cincuenta, fue un trabajador que escribía los fines de semana y en las vacaciones hasta su jubilación en 1975. Le gustaba decir que era tres cuartas partes o cuatro quintas partes (según su estado de ánimo) italiano y el resto judío, pero que ese resto le importaba mucho. No se sacó el número que los nazis grabaron en su brazo: formaba parte de su identidad, como el Lager.
EL CAZADOR ILUSTRADO.
Tal vez quede siempre un resto inefable al tratar de responder por qué los testimonios de Levi son excelente literatura, pero algunas de sus cualidades son percibibles con facilidad: la indeclinable voluntad de entender, la buena base de cultura humanista, la disposición práctica, precisa y siempre en busca de equilibrio. Así como se reapropió de elementos de la Biblia y de la Divina Comedia de Dante cuando escribió Si esto es un hombre, su estilo abrevó también en su experiencia de hombre de ciencias. Dijo a Dina Luce en una entrevista: «He pensado a menudo que mi modelo literario no es ni Petrarca ni Goethe, sino el informe de fin de semana, el que se redacta en la fábrica o en el laboratorio, que tiene que ser claro y conciso, y poco condescendiente con lo que se llama la `bella escritura`.»
La química, para Levi, no fue solo una profesión sino «una formación existencial, de ciertos hábitos mentales»,»el primero de todos: la claridad». En sus escritos, sobre todo en Si esto es un hombre, se puso conscientemente en el lugar del testigo que declara ante un tribunal. «Los jueces son los lectores», le dijo a Bárbara Kleiner. Sin nada de frialdad ni asepsia, cuenta con una distancia apasionada, necesaria para trasmitir, explicar y explicarse: la narración es escueta, la observación exacta, la captación de los hombres sutil y emocionada, la reflexión no quiere desatarse de las circunstancias.
La confianza en la razón, en el conocimiento, en la posibilidad de comunicar, mantenida después de haber sido víctima de la violencia nazi, valida el adjetivo de «optimista» con el que fue caracterizado y en el que muchas veces se reconoció. Cuando algún periodista escéptico le preguntaba sobre su idea del progreso, Levi afirmaba que no existía el progreso moral pero se ponía a hacer distinciones muy precisas sobre las mejoras en las condiciones de vida de la humanidad en términos comparativos. Dijo una y otra vez que Auschwitz fue su «universidad», que esa experiencia lo «enriqueció» y que gracias a ella encontró su vocación de escritor. En Auschwitz y en el viaje de retorno encontró la «aventura». Es preciso ser optimista para entrar en combate, y este hombre humilde y medido fue lo que él llamó un «cazador». «El hombre se convirtió en hombre cazando, es decir, ejerciendo la razón», le gustaba decir. Levi era delgado y de cuerpo pequeño. En algún momento consideró que su afición al alpinismo lo había ayudado para resistir en Auschwitz. También su inteligencia. Una de las historias de Si esto es un hombre muestra al «cazador» que fue: los que no entendían el alemán, morían, porque las órdenes debían cumplirse inmediatamente y el no hacerlo generaba un castigo brutal e instantáneo. Por eso le pidió a otro prisionero que le enseñara alemán (ya sabía algo porque lo necesitaba para sus estudios de químico). El pago de las clases era el pedazo de pan que tenían como único alimento.
ESCRIBIR Y SER ESCUCHADO.
En Si esto es un hombre Levi cuenta una pesadilla recurrente: estar en casa, ponerse a contar y darse cuenta de que nadie tiene interés en escucharlo. Desde el momento de la liberación sintió la compulsión de trasmitir lo que había vivido. Fue un gran contador oral. Antes de ser escritos, sus libros fueron narrados en infinitas versiones a todo aquel que quisiera prestarle atención, pero la aceptación del tema a nivel de la sociedad fue ardua.
Natalia Ginzburg, lectora de la editorial Einaudi, rechazó la publicación de su primer libro por considerar que no era el momento oportuno. Una editorial chica y nueva, De Silva, dirigida por Franco Antonicelli, aceptó el desafío. Si esto es un hombre fue publicado en 1947 en una edición de 2.500 ejemplares que se vendió parcialmente. El título lo puso el editor. Lo tomó del poema homónimo de Levi que abre el libro. Levi había elegido llamarlo «Los hundidos y los salvados», a partir del terceto dantesco: «Di nuova pena mi convien far versi/ e dar materia al vetesimo canto/ della prima canzon, ch`è de sommersi» (Infierno, canto XX) Los «sommersi» son los «sumergidos», los «hundidos». El título de Levi quedó como un capítulo de Si esto es un hombre y será recuperado para su último libro, en 1987. Recién en 1958 Einaudi reeditó Si esto es un hombre. El éxito fue enorme. Levi se entusiasmó y se puso a escribir la historia de su liberación, divirtiéndose, los fines de semana y después del trabajo en la fábrica. La tregua (1963) es la historia desbordante de vitalidad y gracia de su retorno a Turín desde Auschwitz en un mundo devastado.
Después de los dos primeros libros quiso salir del testimonio y del Lager. Venía publicando cuentos de ciencia ficción en Il Mondo, entre 1960 y 1962, que recogió en Historias naturales (1966). Integró a la literatura el mundo de la ciencia y el trabajo. El sistema periódico (1975), una especie de autobiografía de un químico, consta de veintiún capítulos, cada uno dedicado a un elemento. Levi polemizó con intelectuales, sindicalistas, ex deportados, en la prensa y a través de sus libros. Consideró frívolo que un sector de la izquierda italiana de los sesenta afirmara que el trabajo era sinónimo de alienación. Defendió la posibilidad del hombre de dignificarse a través del trabajo. Argumentó que hay «una franja» en que no es punitivo sino que forma parte de la realización del individuo. Es el tema del libro La llave estrella (1978).
ALGUNAS DIFICULTADES.
A partir de la segunda edición de Si esto es un hombre, Levi recibió varios premios. A pesar de esto, la biógrafa Myriam Anissimov, insiste en que siempre fue considerado un outsider por la comunidad de escritores italianos. Levi nunca creyó que hubiera oposición entre el químico y el escritor, pero se sintió feliz al jubilarse para poder dedicarse a escribir a tiempo completo. No fue tan fácil como imaginó: tuvo períodos de «seca» creativa, vivía con su madre y se sintió cada vez más desesperado por su larga enfermedad, tuvo discusiones dolorosas con ex deportados.
A fines de los setenta empezaron a difundirse las tesis negacionistas del Holocausto. Entre otros, Robert Faurisson, de la Universidad de Lyon, sostuvo la inexistencia de las cámaras de gas y de los hornos crematorios. Levi le respondió en Il Corriere della sera (3.1.1979). Al mismo tiempo sentía un desencuentro creciente con los jóvenes y comenzó a dudar de la utilidad del testimonio. En 1982 firmó, junto a otros intelectuales, un pedido para que el Estado de Israel retirara sus tropas del sur del Líbano y buscara formas de paz, lo que aumentó y diversificó los problemas que ya tenía con la comunidad judía. Jean Améry, de origen Hans Mayer, judío alemán, filósofo y filólogo, otro ex deportado que dio testimonio, lo acusó de «perdonador». Huído a Bélgica, Améry se había integrado al movimiento de Resistencia. Capturado por la Gestapo, fue torturado y deportado a Buchenwald y después a Auschwitz. Se suicidó en 1978. Levi quiso entender ese gesto en Los hundidos y los salvados. Contra la acusación de Améry, Levi repitió su deseo de ser justo y de juzgar hombre a hombre: «Estoy dispuesto a exculpar a quien haya demostrado con los hechos que ya no es el hombre de antes. Y no demasiado tarde». Otra acusación diferente, pero que pudo mezclarse con la de «perdonador», fue la de que su idea de la existencia de una «zona gris» entre las víctimas y los verdugos, planteada en Si esto es un hombre y retomada con énfasis en Los hundidos y los salvados, borraba las diferencias morales entre la víctima y el verdugo. Levi partió siempre de la noción de que tanto los verdugos como las víctimas eran hombres normales. Por supuesto, hubo excepciones, pero ellas no eran lo determinante para entender. Con la «zona gris» quiso establecer responsabilidades en toda la gama en que hubieran podido plantearse.
TRADUCCIÓN Y FICCIÓN.
A partir de la segunda edición Si esto es un hombre comenzó a ser traducido a diferentes lenguas. En 1961 una editorial alemana, Samuel Fischer Bücherei de Frankfurt, adquirió los derechos de la obra y encargó la traducción a Heinz Reidt. Levi vivió la proposición de la traducción al alemán como un triunfo, un canal directo de comunicación con el pueblo alemán, al que reiteradamente declaró no entender. El traductor propuesto fue un hombre que había tenido problemas con el nazismo, que había huido de él hacia Italia, que había vivido en Padua. El intercambio epistolar fue intenso. Cuando el editor le pidió a Levi que prologara la traducción, este no quiso escribir algo a propósito, pues temió no encontrar el tono adecuado y no era hombre de admoniciones. Eligió un fragmento de una carta al traductor escrita en mayo de 1960 para darle las gracias por su trabajo.
Un problema mayor que discutió con él fue el nivel, el tono, el registro de lengua elegido. Su traductor era demasiado culto y el alemán que manejaba, pensaba Levi, no tenía nada que ver con la brutal lengua del Lager. Por su parte, el traductor opinaba que lo que Levi le proponía, no podía ser entendido por la mayoría de los alemanes. Llegaron a formas de acuerdo. Levi aprendió que toda traducción es un compromiso. Algo similar le sucedió con las películas de ficción que recrearon algún aspecto del nazismo. Pero sin haber hecho el trabajo de «traducción» que exige la retórica del cine, no llegó a aceptar ese otro lenguaje. Argumentó que Portero de noche (1974) de Liliana Cavani era «bella y falsa». Dijo a Silvia Giacomini: «Desde luego que en el Lager sucedía de todo, realmente de todo, pero las mujeres no eran objetos sexuales. Eran feas, se les caía el cabello, parecían viejas» (24.1.1979). No pudo conocer La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg, que edulcora de manera eficaz el conflicto entre producción y exterminio que se planteó en Auschwitz, por ejemplo. Las autoridades de la IG Farben que utilizaba la mano de obra esclava de los deportados tuvieron que explicarle a las SS que era antieconómico que un prisionero durara una semana, que todo funcionaba mejor si llegaba a los dos o tres meses.
En Si ahora no, ¿cuándo? (1982) Levi volvió a la Segunda Guerra Mundial pero desde la ficción. El relato es una especie de western sobre el fondo del genocidio, una ficción documentada sobre la existencia de un grupo de partisanos judíos rusos y polacos. En Auschwitz, Levi había quedado fascinado por el mundo yiddish (lengua y cultura de los judíos askenazis) que desconocía totalmente. El título de la novela proviene de una compilación de dichos rabínicos redactada en el siglo II D.C. La obra es más esquemática, más previsible que cualquiera de sus libros testimoniales.
En 1983 la editorial Einaudi inauguraba una colección de «Escritores traducidos por escritores». Decidieron que el primer libro fuera la traducción de Primo Levi de El proceso de Franz Kafka. Era una buena idea: el escritor que había sobrevivido a Auschwitz en diálogo con quien lo había anunciado. Levi contó que sufrió muchísimo con esa traducción, que se sintió «agredido» por la novela y que tuvo que «defenderse». Estuvo deprimido seis meses. «Precisamente porque es un libro bellísimo, que te hiende como una lanza, como una flecha. Cada uno de nosotros se siente procesado», adujo. Hay un trato de la ficción con el inconsciente que evidentemente Levi eludió.
EL CAZADOR HERIDO.
Desde 1979 empezaron a aparecer en sus declaraciones referencias a la escritura del último libro Los hundidos y los salvados (1987). Necesitaba volver al tema del Lager para responder al negacionismo, la indiferencia, la liviandad, retomar el tema para las nuevas generaciones, seguir tratando de comprender cómo pudo ocurrir. En 1981 dijo que tenía en la cabeza, o «el estómago», revisar la experiencia en el Lager, porque el compromiso de cada uno era algo dificilísimo de juzgar, pero había que hacerlo.
Rechazaba las analogías fáciles, pero encontraba en su presente mecanismos políticos y sociales similares a los que llevaron a la creación de los campos de exterminio. Cuando Virgilio Lo Presti le preguntó si el campo de concentración era lo opuesto a la sociedad o era la sociedad llevada al extremo, Levi eligió como respuesta la segunda afirmación. En la entrevista con Dina Luce declaró haber contado ya buena parte de sus experiencias en Auschwitz y agregó: «pero tengo la impresión de que no es todo, que todavía vale la pena seguir pensando, reflexionando sobre ello, estudiar qué elementos de esta experiencia se repiten en el mundo de hoy a nuestro alrededor, qué elementos pienso que no podrán repetirse, qué elementos están ya repitiéndose, es una cuestión que me he planteado…» (4.10.1982).
Nunca aceptó que él hubiera sobrevivido para un fin trascendente ni que el sufrimiento ennobleciera. En Los hundidos y los salvados sostuvo que los verdaderos testigos eran los que murieron. Volvió a lo excepcional de haber quedado vivo y no se liberó de la vergüenza y la culpa de haberlo logrado. En los últimos años apareció dura y persistente la idea de que el ultraje era incurable. A Federico de Melis (5.5.83) le dijo que el hecho de vivir después de Auschwitz lo había vuelto optimista de una manera estúpida, que en ese momento pensaba que «del Lager no puede surgir más que el Lager, solo puede surgir el mal de aquella experiencia».
Hace 25 años de la muerte de Primo Levi y ella, su muerte, es parte de la vida y la obra de este escritor excepcional. Se tiró del tercer piso de su apartamento de Corso Re Umberto en Turín el 11 de abril de 1987. Si en un primer momento fue posible pensar en un accidente, dado que no dejó nada escrito, los testimonios de amigos y familiares y las investigaciones posteriores apuntan de manera casi insoslayable al suicidio. Antes de morirse contó a muchos que no estaba bien.
En una entrevista con Roberto di Caro, utilizó un tono diferente al habitual, y afirmó que todo escritor elige mostrar una parte de sí, y que él se había mostrado equilibrado pero que no lo era, que pasaba «largas temporadas de desequilibrio» (1.1.1987). Eligió como epígrafe de Los hundidos y los salvados un fragmento de S.T. Coleridge: «Since then, at an uncertain hour,/ The agony returns:/ And till my ghastly tale is told/ This heart within me burns» (Desde entonces, a una hora incierta/ regresa esa agonía/ Y hasta que mi horrible cuento es contado/ este corazón dentro mío se quema).
Escribir después de Auschwitz
05/Nov/2012
El País Cultural, Carina Blixen