¿Se puede hacer ficción en el cine con el Holocausto? Se lo
hemos preguntado a la doctora Rosa-Àuria Munté Ramos, experta en el Holocausto
en el cine y profesora de la Facultad de Comunicación Blanquerna (FCB) de la
Universidad Ramon Llull en Barcelona.
En un momento de antisemitismo presente, hacer ficción sobre
el Holocausto es pertinente y útil para no silenciar la problemática. Así lo
defiende esta especialista que define la función de la ficción como
“plantear unas situaciones excepcionales que son profundamente inspiradoras”.
¿Es lícito hacer ficción de una realidad como el Holocausto?
La pregunta sobre si se puede o no hacer ficción del
Holocausto es muy pertinente, pero puede sorprender a día de hoy, puesto que
hay un dato más que evidente: se hace ficción del Holocausto, y mucha por
cierto. Es más, en nuestro presente, en plena posmodernidad, resulta asombroso
aceptar la idea que haya algún solo aspecto humano del que no se pueda hacer
ficción.
No obstante, la idea que el Holocausto no se puede representar
por medio de la ficción no surge de la nada. Theodor Adorno fue el primer
intelectual en plantear el problema ético y estético de la representación del
Holocausto en su conocido dictum de 1949, “tras Auschwitz, escribir un poema es
bárbaro”.
Esta constatación se formuló de un modo claro y contundente
en 1977, cuando el superviviente Elie Wiesel expresó su temor a la
representación de ficción del Holocausto cuando negaba que se pudiera utilizar
como inspiración para escribir un libro de ficción. Wiesel rehusaba la
imaginación para ponerse en el lugar de la víctima y que los lugares del
genocidio como Treblinka, Belzec, o Babi Yar pudiesen convertirse en temas
literarios, otorgándole una dimensión estética a la crueldad del exterminio.
Además, le parecía especialmente grave si la ficción era escrita por parte de
alguien que no lo había vivido. Defendía que es imposible imaginar qué fue el
Holocausto por parte de los que no lo habían padecido, con el objetivo de
representarlo haciendo uso de la ficción.
O sea, el silencio.
Sí: estos argumentos tienen una peligrosa contrapartida:
sumirse en el silencio y por lo tanto relegar el recuerdo del Holocausto a la
catacumba del olvido. Es en esa época que surgen libros o películas
“problemáticas” que son criticadas por parte de supervivientes o intelectuales,
pero la realidad es que estas representaciones no frenan, al contrario, con el
paso de la invisibilidad y casi desconocimiento social del Holocausto desde el
final de la guerra hasta mediados de los 60 a la visualización aparecen
más y más obras. Es entonces cuando se constata una realidad: no se pueden
poner puertas al campo, y la academia no frena las múltiples representaciones
cuando el Holocausto se populariza, o se globaliza a través de Hollywood. Es
sobretodo a partir del 2000 que surgen representaciones más provocadoras e
interesantes y se produce un efecto que a mi entender es el más interesante: la
constatación que es justamente a través de la ficción que el Holocausto se
puede representar de un modo más inspirador y provocador, y puede llevar a una
reflexión y a un estado de comprensión del genocidio de un modo muy profundo
aunque substancialmente distinto a la historia o el puro testimoniaje del
superviviente.
¿Qué películas del Holocausto son más influyentes o
remarcables?
Hay muchas, pero siguiendo lo que estaba contando, yo
considero que hay dos obras que han tenido una enorme influencia en todo este
proceso: la primera fue una miniserie, el Holocausto, que apareció en 1978 en la
cadena de televisión estadounidense NBC. Esta fue la primera vez que el
Holocausto llegaba de manera masiva a la opinión pública, con un impacto social
enorme, puesto que la serie fue vista por más de 120 millones de
estadounidenses, y en 1980 se calculaba que la serie había sido vista por más
de 222 millones de personas en 50 países distintos.
A pesar del interés del público por un tema hasta entonces
poco conocido, la serie motivó duras críticas lamentando la trivialización y la
proximidad de género con los emotivos seriales televisivos. Wiesel, consideró
la miniserie un insulto contra todos aquellos que perecieron y que
sobrevivieron, y manifestaba su temor a que el recuerdo de lo auténtico quedase
trivializado por el recuerdo de su representación en los mass media. Temía que
la ficción sustituyese a la historia y a que se privilegiase el recuerdo de la
miniserie al horror del auténtico Holocausto.
La otra película fue La lista de Schindler del director de
Hollywood Steven Spielberg en 1993, que se convirtió en el disparo de salida de
la globalización del Holocausto. A la que se le suma poco después La vida es
bella de Roberto Benigni. Las películas de Hollywood, uno de los agentes más
consolidados de la globalización cultural, son vistas por millones de personas
en todo el mundo.
A partir de entonces la industria cultural giró la vista
hacia el Holocausto como tema para la cultura de masas en la televisión, el
cómic, los libros, el cine, o internet. La globalización del Holocausto
comporta, por lo tanto, un considerable aumento de producción y difusión de
producciones culturales para un consumo global.
Ahora bien, se desatan de nuevo los temores y las críticas
de los que habían sido los “guardianes de la memoria” del Holocausto. La
globalización del Holocausto, comporta la inmersión del Holocausto como tema
para nuevas producciones de la cultura de masas dentro de los canales de la
denominada industria cultural.
A partir del 2000 surgen un alud de películas sobre el
Holocausto: Amén, El pianista, Malditos bastardos, por citar algunas.
Finalmente, no hay que olvidar los documentales más destacados. Shoah, de
Claude Lanzmann, que es una obra maestra, excepcional; Noche y niebla de Alain
Resnais, que han influido de un modo significativo también a la comprensión y
la iconografía fílmica del Holocausto.
¿Qué películas son más fieles y qué películas han
distorsionado la historia?
La ficción del Holocausto, a mi modo de entender, ha de
transmitir la Verdad (con mayúsculas) de lo sucedido, independientemente de si
los hechos narrados recrean algo que realmente sucedió. La ficción debe contar
la esencia de la vida y la muerte en los campos nazis, aunque no relaten de
modo fidedigno la verdad histórica.
Por ejemplo, de las películas mencionadas, La vida es bella
es claramente una fábula. Un niño no podría haber sobrevivido en Auschwitz como
lo hizo el pequeño Giosuè, pero esa “falta de verdad” no es relevante porque la
ficción de la película crea una atmosfera que permite comprender y sentir
aspectos esenciales en el Holocausto. La película retrata de un modo magistral
y fidedigno la absurdidad kafkiana de la vida dentro del campo. Y el final es
terrible y doloroso con el grito triunfante –“hemos ganado”- del pequeño
Giosuè.
En cambio, a la Lista de Schindler se le criticó que a pesar
de ser una película que reprodujo con gran fidelidad los decorados
reproduciendo calles enteras del gueto de Varsovia a través de las imágenes de
archivo, no fue fidedigna en espíritu a la Verdad. El happy ending final es esencialmente
una distorsión de la realidad. Hollywood requiere de finales felices, pero el
Holocausto no los tiene.
La salvación de los judíos de Schindler es un final feliz,
pero en esencia es la excepción de la norma, y esa ha sido una de las críticas
más consensuadas contra la película. Así pues, a mi modo de entender, la
fidelidad o distorsión de la película no se debe juzgar desde criterios
historicistas sino desde la ficción.
La aproximación al Holocausto desde la ficción no
pretende ni debe pretender ser una representación fidedigna. Si hace reclamos
de verdad histórica, lo hace de manera más indirecta, posiblemente informativa.
La función de la ficción es plantear unas situaciones excepcionales que son
profundamente inspiradoras y a veces desconcertando con respecto a la
comprensión o “lectura” de los acontecimientos, la experiencia y el recuerdo.
¿La literatura judía se puede entender sin la clave de la
Shoa?
La Shoá es una realidad omniabarcante en la cultura judía. No
se puede ser heredero inmune a tal realidad. Por lo que la Shoá es una
influencia total, tanto por su presencia, como por los silencios o las
ausencias en la literatura actual.
Un ejemplo de la afectación en la literatura judías es que
casi desapareció el yiddish, de seis millones de hablantes en 7 países a pocos
miles. Por lo tanto, la desaparición de toda una lengua es la representación de
la desaparición de una cultura, una sensibilidad, un modo de pertenecer al
mundo. Pero yo, que no soy judía, entiendo que el Holocausto es un elemento
transversal en la cultura occidental. Nos cuestiona éticamente, como humanos, y
por lo tanto, se refleja en varios aspectos de nuestra cultura, también en la
literatura.
El antisemitismo no ha desaparecido. ¿Hay algún antídoto?
No olvidar, recordar pero desde la comprensión empática del
otro y el cine puede ayudar en esto.
¿Es bueno hacer ficción en el cine con el Holocausto?
18/Feb/2015
Aleteia, Por Miriam Díez Bosch