Entre Auschwitz y el World Trade Center

16/Feb/2016

Infobae, George Chaya

Entre Auschwitz y el World Trade Center

Alguien
escribió alguna vez, no hace mucho tiempo, que Europa murió en Auschwitz, donde
mataron a seis millones de judíos. Y creo firmemente que hay una gran verdad en
ello. Aunque en los años ochenta y mucho antes de esta frase, la brillante
escritora italiana Oriana Fallaci ya nos hablaba de dobles raseros, hipocresía
y otras cuestiones que finalmente la llevaron al exilio de esa Europa
psicoculposa para radicarse en los Estados Unidos, donde finalmente falleció,
no sin antes dejarnos verdades irrefutables e ideas magníficas, más allá de
cualquier dogma.
Y
es que, ciertamente, una Europa despreciable renunció en Auschwitz a su propia
cultura, sus valores, su pensamiento, su creatividad y su talento. Esa Europa
fue la que decidió autodestruirse eliminando a veinte millones de seres
humanos; seis millones de ellos pertenecientes al pueblo judío, un pueblo que
produjo los científicos más grandes y las personas más maravillosas que
cambiaron el mundo desde diferentes disciplinas.
La
contribución del pueblo judío se manifiesta hoy en todos los ámbitos de la vida
del mundo moderno: las ciencias, el arte, el comercio internacional y, sobre
todo, como algo que trasciende a todo lo anterior: un elemento superior en la
idea y el concepto del respeto por la vida, que, a mi juicio, debe ser definido
como la conciencia de la humanidad.
Esta
es la paranoia que percibo apropiada definir como conducta psicoculposa de esa
Europa negadora. De esa vieja Europa que se aferró, bajo el pretexto de la tolerancia,
a la imperiosa necesidad de demostrar —a ella misma y con escaso éxito— que se
curó de la enfermedad del racismo y la xenofobia.
Así,
y para cicatrizar las heridas que infligió a la humanidad, fue que abrió sus
propias puertas a más de veinte millones de musulmanes desde los años setenta
en adelante. Aunque realmente lo hizo no por lo antes mencionado, sino por mano
de obra barata en los años previos a que floreciera la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP).
Sin
embargo, la retórica humanitaria europea es tan consoladora como fraudulenta,
Auschwitz no tiene retorno: es el estigma de la humanidad y los europeos, sus
padres.
A
pesar de ello, es justo decir que dentro de esos millones de seres humanos que
migraron, muchos de ellos trabajaron honradamente, construyeron sus familias,
enviaron sus hijos a las universidades y conocieron lo que la modernidad
definió como movilidad social ascendente. Muchos de esos inmigrantes
prosperaron, se insertaron en las sociedades que integran siendo más o menos
practicantes o creyentes y sin anteponer cuestiones de fe; tributaron sus
impuestos y observaron las leyes de los países de acogida. Se adaptaron con
respeto por sus legislaciones y defendieron sus derechos, asumieron sus deberes
y sus obligaciones sociales y civiles.
Como
sea, esa Europa que murió en Auschwitz miró hacia otro lado cuando muchos otros
inmigrantes trajeron “el regalo envenenado” de la estupidez y la ignorancia
religiosa del radicalismo extremista, la intolerancia y la delincuencia; todo
ello debido a una carencia manifiesta de voluntad para trabajar y mantener a
sus familias con dignidad y orgullo.
Muchos
de esos sujetos (minoritarios, claro está, porque así debe decirse) han volado
trenes y autobuses, han asesinado alevosamente en teatros, restaurantes y
estadios deportivos. En definitiva, han convertido las ciudades europeas más
agradables (como Madrid, Londres y París) en desvencijados vecindarios iraquíes
o sirios sumergidos en la suciedad y la delincuencia. Han escogido vivir
encerrados en sus departamentos, donde reciben ayuda social y alimentos
gratuitos de los Gobiernos europeos a cuyas sociedades planean destruir
haciendo uso de la propia ingenuidad de sus anfitriones.
Europa
escogió de ese modo timorato y miserable cambiar la habilidad creativa por la
habilidad destructiva de una cultura del odio y el fanatismo.
En
ese proceso psicoculposo, Europa cambió la inteligencia por el atraso y la
superstición. Cambió su cultura judeocristiana del firme apego a lo sagrado de
la vida por aquellos que glorifican y buscan la muerte, incluso la propia,
desde los actos de terrorismo en los cuales varias personas se inmolaron
recientemente en París.
Muchos
gobernantes europeos han mostrado lo que realmente son: miserables de la Europa
cobarde. Muchos de ellos lucran, comercian y negocian con Estados
patrocinadores de la muerte. Hace dos años, el arzobispo de Canterbury sugirió
—desde uno de los castillos en los que reside— dejar de festejar las navidades para
no herir la fe de los musulmanes que residen en Inglaterra. También fue el
Reino Unido quien llevó a debate, en 2013, la conveniencia de eliminar de la
currícula escolar de historia el Holocausto, ya que podía ofender a la
población musulmana que afirma que nunca ocurrió. Se estableció finalmente que
“de momento” no se eliminara, pero la sola posibilidad de que ello suceda
muestra la calaña de Europa.
Sin
embargo, más allá de las conductas europeas, lo que se aprecia es un presagio
aterrador del temor que se está apoderando del mundo y la sencillez con la que
muchos países están cayendo en el miedo, aun transcurridos más de setenta años
del fin de la Segunda Guerra Mundial.
Ahora,
en 2016, más que nunca Europa continúa mostrando su cobardía y el ejemplo
palmario es la recepción de presidentes de repúblicas teocráticas que son
bienvenidos en el propio Vaticano, con alfombra roja y estatuas de desnudos
cubiertas, ¡no vaya a ser que ofendamos a alguien! Aunque sea a primeros
mandatarios de países que todavía alegan que el Holocausto es un mito, que
lapidan mujeres y cuelgan a homosexuales. Pese a ello, son recibidos con brazos
abiertos por empresas europeas, con quienes firman contratos comerciales
millonarios.
¿Europa
está perdida? ¡Puede que sí! Que en gran parte haya muerto en Auschwitz, pero
también eligió suicidarse posteriormente y, en todo caso, hoy es un enfermo
terminal que agoniza y cuyo desenlace final, más temprano que tarde, será
inevitable.
La
pregunta que sigue ya no debe responderla Europa; es mucho más amplia y cabe a
toda la cultura occidental, o a lo que todavía seguimos denominando “mundo
libre”: ¿Cuántos años deberán transcurrir hasta que alguien nos diga que el
ataque contra las Torres del World Trade Center nunca ocurrió? Y que ello sea
dicho pensando en que tal cosa pueda ofender a algunos musulmanes que residan
en los Estados Unidos.