En Irak, la historia se repite como desmesura

19/Ago/2014

Clarín, Marcelo Cantelmi

En Irak, la historia se repite como desmesura

El líder del ISIS, la
sanguinaria banda ultraislámica que aterroriza en Irak y Siria, es un megalómano
iraquí digno de un relato de Conrad. Nacido hace 43 años en la ciudad iraquí de
Samarra como Ibrahim Awad al-Badari, jihadista convencido, en la segunda mitad
de la década del 2000 se rebautizó como Abu Bakr al-Baghdadi. De ese modo tomó
para sí el nombre del primer califa que heredó el islam tras la desaparición
del profeta Mahoma. Colocado en ese traje y enarbolando un presunto linaje que
lo lleva hasta los umbrales de la fe musulmana, se acaba de coronar Califa
Ibrahim y proclama que debe y puede dominar el mundo y convertirlo a su forma
viciosa de religión. El diario británico The Guardian lo llegó a comparar con
Jim Jones, el delirante que llevó a sus seguidores a un suicido colectivo de
más de mil personas en Guyana en 1978. Puede sonar exagerado, pero la
exageración suele ser una verdad con algunos ceros de más.
¿Qué hacer? Las botas en
tierra de norteamericanos y británicos otra vez en Irak es una opción
improbable. Pero lo que impide descartar esa alternativa es la propia dinámica
de hechos que carecen de todo control y acaban escribiendo un guión que no
estaba previsto.
En ese sentido, la
cuestión se ha complicado de modo tal que el propio Vaticano demandó a la
comunidad internacional que intervenga de modo activo, cruzando así una
delicada línea desde la condena de la violencia a la bendición de una acción
militar. Como para que no existan dudas sobre la nitidez del reclamo, el
representante del Vaticano en la ONU, Silvano Tomasi, justificó los bombardeos
norteamericanos contra los combatientes del califato terrorista. “Había que
hacerlo antes que sea demasiado tarde”, sostuvo el religioso, con una retórica
que habilitaría lo que en el lenguaje de Barack Obama se asume como “guerra
justa”.
No es esto la eclosión de
una nueva cruzada. Aquí no está planteada la batalla territorial de aquel
pasado lejano entre la iglesia de Roma y el Islam. De lo que se trata es de
poner el bozal a un grupo sanguinario al cual se lo dejó crecer más allá de
cualquier control como parte del juego de poder en la región. El ISIS,
rebautizado Estado Islámico, cumple con todas las reglas de lo que no debería
aceptarse. Tiene un liderazgo arrogante y fanático al estilo de un Hitler de
esta era, que desprecia cualquier límite e incluso imita formas barbáricas del
genocidio nazi con la segregación y matanza de cualquier otro diferente, entre
ellos las minorías cristianas en Siria e Irak. Para mayor comparación con
aquella pesadilla, sus militantes pintan las puertas de las casas de los
cristianos con la letra N del alfabeto árabe por nazarenos, en tono despectivo,
para avisar quienes allí viven, como la Gestapo lo hacia con la estrella de
David para marcar el domicilio de los judíos.
Pero el crecimiento
exponencial de este grupo y la dificultad para desactivarlo abren una compleja
ecuación geopolítica en la región. El ISIS nació en Irak durante la invasión
norteamericana de 2003, pero su cuartel lo tiene en Siria donde es la mayor
fuerza combatiente. Si Occidente, obligado por las circunstancias, refuerza su
ofensiva de bombardeos con una acción terrestre superior en número a las
actuales patrullas norteamericanas y británicas ya desplegadas en la zona, no
podrá limitarla al territorio iraquí.
De ese modo acabaría
instalado en la misma vereda del dictador sirio Bashar Al Assad.
Esa perspectiva repele a
la Casa Blanca no sólo por de quién se trata, sino porque es un boomerang
perfecto. Y que llega después de perder la oportunidad, más difícil, es cierto,
de haber fortalecido a los rebeldes laicos sirios, como hoy lo hacen con los
peshmergas kurdos.
Siria es un laberinto que
Barack Obama busca eludir para no hundirse en un conflicto de escalada
inevitable. Al revés de Irak, no hay nada que ganar ahí. Si golpea al ISIS, el
riesgo es tanto que se fortalezca Assad como que otros grupos de fanáticos
ocupen el lugar de esa banda. Si, en cambio, va sobre la dictadura, puede
provocar un vacío de poder que liberará el país a estos grupos integristas
porque no se ha estructurado en Siria una alternativa sólida de poder. Es el
argumento de China, Rusia e Irán que le ató antes las manos al presidente
norteamericano. Pero Obama ya está atrapado.
“Es posible que la actual
campaña de ataques aéreos (en Irak) siga vigente cuando deje la Casa Blanca en
enero de 2017”, sostuvo lapidario Stephen Biddle del Council on Foreign
Relations.
Es el boomerang. Cuando
esta banda terrorista sunnita se plantó en Siria, Occidente y los enemigos
árabes de Irán la dejaron crecer porque servía a sus objetivos contra la
dictadura.
En ese camino recortaba,
al mismo tiempo, la influencia de la teocracia shiíta persa y desfiguraba la
vocación republicana de las rebeliones que se extendieron por el Norte de
África. La colisión religiosa sunnitas vs. shiítas, no fue más que un pretexto
en ese tablero de poder. Vale recordar que e l ultraislamismo ha sido una
herramienta estimulada más de lo que se cree desde esta parte del mundo en las
épocas no tan distantes de la Guerra Fría.
La historia moderna
testimonia sobre el fomento por parte de las potencias de monstruos y
monstruosidades detrás del atajo de los “intereses superiores”. Hay mucho de
eso en el marco en el cual se produjo este parto medieval. Coincide con el
antedicho levantamiento popular contra las autocracias prooccidentales cuyos
privilegios se diluirían en un plano democrático. Y, últimamente, con el
acercamiento entre Irán y EE.UU. que escandalizó tanto a Israel como al reino
de Arabia Saudita que se percibía en el blanco de la ofensiva democrática
regional que supone alimentada por Teherán. Por eso Riad enfrió a nivel de
hielo los vínculos con Washington y movió sus propias fichas en el tablero
estratégico.
El ultraislamismo, en
esta visión, es una última instancia de los autoritarismos atemorizados que
prefieren ese callejón antes de asumir la pérdida de su poder. La fragua del
nazismo explica mucho de ese fenómeno de intereses cruzados. El problema es lo
que ocurre cuando se liberan estas fuerzas como sucedió con Osama Bin Laden y
su Al Qaeda, en todo sentido fuente inspiradora del ISIS. En los años 80 esos
combatientes fueron reivindicados como “freedom fighters” por Ronald Reagan que
amplió la Cyclone Operation de asistencia a los mujaidines que lideraba aquel
fanático en lucha contra los soviéticos en Afganistán. Pero luego el millonario
árabe se convirtió en lo que ya sabemos.