El “toque mágico” del coronel: depredación sexual en la Libia de Gadafi

08/May/2015

Libertad Digital, Por Julián Schvindlerman

El “toque mágico” del coronel: depredación sexual en la Libia de Gadafi

Trípoli, septiembre de 1981. En ocasión de un
aniversario del golpe de estado que lo llevó al poder, el coronel Gadafi
felicita a las primeras graduadas de la Academia Militar de Mujeres que él
fundó: “Nosotros, en la Yamahiriya y la gran revolución, afirmamos nuestro
respeto por las mujeres y alzamos nuestra bandera… Llamamos a una revolución de
las mujeres de la nación árabe… Hoy no es un día común y corriente, sino el
comienzo del fin de la era del harén y de las esclavas”. Durante su mandato,
fijó los veinte años como la edad legal para el casamiento, denunció la
poligamia y la sociedad patriarcal y otorgó a la mujer divorciada más derechos
que en otros países musulmanes. Estableció el Primer Festival de la Moda
Africana, se hizo custodiar por una guardia personal compuesta por mujeres en
atuendo militar -conocidas como las amazonas- e instó a crear un movimiento de
monjas revolucionarias: “¿Acaso las monjas cristianas son más abnegadas que la
nación árabe? Con su abnegación, la moja revolucionaria es sagrada y pura, y se
ubica por encima de los individuos comunes para estar más cerca de los
ángeles”.
Roma, noviembre de 2009. Muamar Gadafi
participa de una reunión de la Organización de las Naciones Unidas para la
Alimentación y la Agricultura y aprovecha la ocasión de su visita a Italia para
convocar, por medio de una agencia de modelos y azafatas, a doscientas jóvenes
italianas: deben medir al menos 1.70 m de altura, ser bellas y vestir tacos
saltos, aunque sin minifaldas ni escotes. Se reúnen en un hotel, se les paga
sesenta euros y son transportadas hacia la embajada libia. Allí las recibe el
líder del país árabe quién, tras descender de una limusina blanca, les ofrece
un largo discurso proselitista en el que las invita a convertirse al islam, les
obsequia el Corán y el Libro Verde de su autoría y les revela una delirante
hipótesis histórica: “Ustedes creen que Jesús fue crucificado, pero no es
verdad: Dios se lo llevó al cielo. Crucificaron a otro que se le parecía”.
En el futuro cercano, esa agencia italiana
llevará grupos de entre doce y veintiséis mujeres a Libia, con gastos cubiertos
por el gobierno de Trípoli, para “profundizar el conocimiento de la cultura y
el modo de vida libios”. Tras paseos por el desierto, desayunos con dátiles y
leche de camello y encuentros con Gadafi, las chicas quedarán encantadas. “Se
trata mejor a las mujeres en Libia que en ninguna otra parte” dirá
posteriormente una de ellas. Cuando la OTAN comienza sus bombardeos contra el
régimen en el contexto de las revueltas iniciadas en el 2011, algunas de estas
ragazzas saldrán a manifestarse en Roma a favor del coronel libio.
Sirtre, abril de 2004. Soraya acaba de cumplir
quince años y está en el liceo. El director llama a todas las alumnas al patio
y les anuncia que “El Guía” visitará la escuela al día siguiente. Deben
presentarse puntuales, impecables y dar el ejemplo. Soraya es bonita y es
elegida para entregar un ramo de flores al líder de la nación. ¡Qué honor! Está
excitada y contentísima. Llegado el momento se aproximó a Gadafi y le entregó
las flores, le besó su mano libre y se inclinó en gesto de deferencia. El
coronel la observó fríamente, posó su mano sobre su cabeza y le acarició el
cabello. Ese instante marcó un giro trágico para la vida de la niña. Gadafi
había hecho su “toque mágico”: la señal para sus guardaespaldas que significaba
que él la deseaba.
Al día siguiente, Faiza, Salma y Mabruka -la
trinidad proxeneta del coronel- fueron por Soraya. Se presentaron como miembros
del Comité de la Revolución, la metieron en una 4×4 y enfilaron hacia Bab-al-Azizia,
el palacio presidencial. Sin explicación alguna, la desvistieron, le pusieron
una tanga, un vestido blanco escotado, la maquillaron, perfumaron y la llevaron
a la habitación de Gadafi. Abrieron la puerta y la empujaron adentro. El
coronel estaba desnudo sobre la cama. Soraya se tapó los ojos, pensó que se
trató de una equivocación y salió del cuarto espantada. “No está vestido” le
dijo a Mabruka pero ésta le ordenó que reingresara. El coronel la agarró de la
mano y la sentó a su lado en la cama. La niña miró para otro lado. “¡Mírame,
puta!” le espetó. Él se abalanzó, ella se resistió, lloró, protestó y luchó y
Gadafi, enfadado, llamó a su guardiana: “¡Esta puta se niega a hacer lo que yo
quiero! ¡Enséñale, edúcala y trámela de vuelta!”.
Así describió Soraya su siguiente encuentro
con El Guía:
“Gadafi estaba desnudo. Acostado en una gran
cama de sábanas beige, en una habitación del mismo color sin ventanas: parecía
enterrado en la arena. El azul de mi ropa contrastaba con el resto. “¡Ven aquí,
mi puta! -dijo abriendo los brazos-. ¡Ven, no tengas miedo!”. ¿Miedo? Yo estaba
más allá del miedo. Iba al matadero. Quise huir, pero sabía que Mabruka
vigilaba detrás de la puerta. No me moví. Entonces él se puso de pie de un
salto y, con una fuerza que me sorprendió, aferró mi brazo, me arrojó sobre la
cama y se acostó sobre mí. Intenté rechazarlo, pero era pesado y no pude
hacerlo. Me mordió el cuello, las mejillas, el pecho. Yo me debatía gritando.
“¡No te muevas, puta sucia!”. Me golpeó, me aplastó los senos y luego levantó
mi vestido, inmovilizó mis brazos y me penetró violentamente. Nunca lo
olvidaré. Profanó mi cuerpo, pero atravesó mi alma con un puñal. La hoja nunca
volvió a salir”.
Soraya permaneció el siguiente lustro
secuestrada en un sótano de la residencia presidencial, en un cuartito sin
ventanas, con un camastro y un televisor donde debía ver películas
pornográficas para aprender a complacer a su amo. Era llamada a cualquier hora
del día y de la noche para verse con Gadafi, quién la obligó además a fumar,
drogarse y consumir alcohol. A veces la llamaba junto a otra de las varias
adolescentes cautivas y las hacía bailar y turnarse para tener sexo con él.
“¡Vengan a bailar, zorritas! ¡Vamos! ¡Hop! ¡Hop!”. Hizo que viera como otra
niña le hacía sexo oral para que la próxima vez ella se lo hiciera. Cierta vez
se le ordenó ir a la habitación de Gadafi y presenciar como sodomizaba a un
muchacho llamado Alí mientras otro, un tal Hussam, bailaba vestido de mujer.
“Amo, Soraya está aquí”. Soltó al joven y fue por ella. Sucesivamente, por
cinco largos años, Gadafi golpeó y abusó de Soraya, orinó sobre ella y la forzó
a drogarse, fumar y alcoholizarse, incluso durante el mes del Ramadán. Soraya
sangraba profusamente y más de una vez despertó en la enfermería con una
máscara de oxígeno en su cara.
Con el tiempo se le permitió salir brevemente
del palacio a visitar a su familia y en una ocasión su padre aprovechó para
sacarla del país. La envió a Paris donde la pobrecilla, que no tenía el menor
conocimiento del mundo, no pudo adaptarse. Se relacionó con las personas
equivocadas de la comunidad árabe local y, sola, desesperada y sin dinero, tomó
la decisión increíble de regresar a Libia. “Era como un pajarito que, al querer
emprender vuelo, se estrella una y otra vez contra el vidrio de la ventana”
describió un conocido. Al poco tiempo de su arribo, Mabruka fue a buscarla; El
Guía la requería.
La revolución que terminaría derrocando a
Gadafi estalló en libia el 17 de febrero de 2011, día en que Soraya cumplía veintidós
años. Para entonces fumaba tres paquetes de cigarrillos al día. Su familia la
despreciaba: la ley islámica prohíbe las relaciones sexuales premaritales. Así
se trate de una relación forzada, la mujer es vista en la sociedad árabe como
una prostituta y los parientes varones deben matarla para redimir el honor
familiar. Una crueldad sobre otra que arruinó para siempre la vida de una niña
libia. Debió ocultarse al enterarse que los asesinos a sueldo del régimen -los
temibles kataebs- estaban buscando a las cautivas de Gadafi: en sus horas
finales, el coronel no quería dejar testigos de sus perversidades. Los rebeldes
le dieron refugio, donde uno de ellos abusó de ella.
Su relato es narrado en un libro
imprescindible, Las cautivas: el harén oculto de Gadafi de la periodista
francesa del diario Le Monde Annick Cojean. Publicado en 2012, fue traducido a
diez idiomas, entre ellos el español, aunque es todavía muy poco. Esta obra
debe ser traducida a cada idioma y a cada dialecto que se hable en el mundo, debe
ser ofrecido incluso en código braille, nadie debe dejar de conocer las
historias sórdidas e inimaginablemente tristes de estas chicas libias,
secuestradas para ser ofrendadas al ogro sádico y bestial que gobernó Libia
durante cuarenta y dos años, en cuyo lapso violó a cientos -posiblemente miles-
de mujeres y hombres y cuyo apetito sexual insaciable se transformó en política
de estado dejando expuesta a toda presa sobre la que Gadafi posara sus ojos
lascivos. La autora da cuenta de cómo el servicio de protocolo del coronel
actuaba en realidad de eficiente proveedor proxeneta, buscando jóvenes para
Bab-al-Azizia en las escuelas, universidades, prisiones y peluquerías del país,
incluso filmando las bodas de los ministros y generales del gobierno para dar
con sus esposas, hermanas e hijas. Libia era el burdel privado de Gadafi.
En el texto se puede conocer el caso de otras
mujeres sometidas a las prácticas repugnantes del Guía, de cómo ellas eran
presionadas con acusaciones infundadas contra sus hermanos o padres y obligadas
a brindarse al líder para salvarles el pellejo. De cómo algunas fueron
entregadas como carnadas sexuales a ministros y diplomáticos que el régimen
quería extorsionar. De cómo otras, ya liberadas de las garras de Bab-al-Azizia,
fueron llamadas a ver al coronel el mismo día de sus bodas. De cómo las
obligaban a besar cariñosamente al líder en la televisión o en actos oficiales.
De cómo eran escarmentadas las fugitivas, como aquellas que fueron halladas en
Turquía, las repatriaron, les raparon la cabeza, las acusaron de traidoras, las
presentaron en televisión como prostitutas y las ejecutaron. De cómo enloqueció
un general del ejército al enterarse que Gadafi había poseído a su esposa y a
su hija y murió tras un derrame cerebral en el hospital. De cómo unos oficiales
que se opusieron a que el coronel violara a sus esposas, fueron linchados ante
los ojos de toda la nación. Tal como había lamentado Soraya en su testimonio:
“¿A quién se le ocurriría quejarse contra el diablo en el infierno?”.
Gadafi también se hacía traer prostitutas del
Líbano, Irak, los países del Golfo, Bosnia, Serbia, Bélgica, Italia, Francia y
Ucrania. Pero anhelaba con especial lujuria a las esposas e hijas de otros
jefes de estado, miembros de su clan tribal y aristócratas en general. Odiaba a
las clases acomodadas que tenían naturalmente la cultura y el refinamiento que
él, hijo de beduinos, carecía. A la esposa de un primo suyo la sometió con tal
brutalidad, dijo un pariente, “que ella llegó a detestar el hecho de ser mujer”.
Cierta vez se obsesionó con una hija del rey Abdullah de Arabia Saudita y sus
proveedores debieron contratar a una simuladora marroquí que había vivido en
Ryhad para que se hiciese pasar por ella a cambio de una cuantiosa suma de
dinero. En otra ocasión creó un incidente diplomático con Senegal cuando las
autoridades notaron que docenas de ciudadanas de ese país africano estaban por
despegar a bordo de varios jets con destino a Libia para un presunto concurso
de belleza organizado por Gadafi. El tirano de Trípoli a su vez promovió las
violaciones como arma de guerra y fueron usadas por sus tropas contra los
rebeldes y opositores en todas las ciudades controladas por el régimen.
Cantidades de abusos colectivos fueron perpetrados por soldados y mercenarios
drogados o alcoholizados. “A veces violábamos a toda la familia”, admitió uno
de ellos, “niñas de ocho, nueve años, muchachas de veinte, su mamá… ellas
gritaban, nosotros las golpeábamos con fuerza”. Tenían órdenes de filmarlo
todo. Y así hicieron: la obediencia debida al líder lo mandaba. Gadafi hizo de
toda Libia una gran orgía nacional.
La política de sometimiento sexual de Gadafi
aún es un tema tabú en Libia. Annick Cojean observa con perspicacia: “Como la
violación de una muchacha provoca el deshonor de toda su familia, y en
particular el de los hombres de esa familia, la violación de miles de mujeres
por parte del ex líder del país suscitaría el deshonor de toda la nación. Una
idea demasiado dolorosa. Una hipótesis insostenible”. Con la revolución
aparecieron grafitis en las paredes de Trípoli que mostraban a Gadafi
travestido. No mucho más acerca de las prácticas sexuales enfermizas del líder
fue debatido en público. Cuando el gobierno cayó, Gadafi fue atrapado por los
sublevados, violado con un palo y ejecutado in situ. Bab-al-Azizia fue demolida
por topadoras. Antes de dejar Libia, la autora recorrió esos escombros y halló
en ese suelo maldito un corpiño de encaje rojo. Habrá pertenecido, con toda
seguridad, a alguna desdichada a la que el “toque mágico” del coronel sumió en
la ruina existencial.