Muy pocos escritores han interpretado con acierto y sensibilidad los virajes y las reflexiones del intelectual judío en cuanto ciudadano de un país que, al tiempo que conoce deudas y recuerdos con y en el pasado, experimenta con entusiasmo los favores y los dilemas que el presente le ofrece. Aludo en particular a Estados Unidos que, por su juventud histórica relativa, eludió movidas experiencias – desde las vicisitudes de Grecia hasta el espíritu del Renacimiento y de la Reforma. Sin embargo, se trata de una sociedad que encaró episodios que informaron el siglo XX: la Depresión de los años treinta, la II Guerra, el inicio de la guerra fría, la espinosa coexistencia con la URSS, la trágica experiencia en Vietnam y hechos más recientes. Vaivenes que escritores judíos norteamericanos debieron protagonizar junto con el Holocausto y el surgimiento de Israel, eventos que suscitaron en ellos interés aunque no siempre un irrompible compromiso.
Saúl Bellow es uno de ellos. Sus múltiples relatos aluden, desde ángulos desiguales, al judío diaspórico; y recuérdese que una de sus obras – Ida y vuelta de Jerusalén – alude a Israel en particular. Nació en Montreal, Canadá, en junio 1915. Dos años antes sus padres habían llegado de San Petersburgo, Rusia, movidos por el temor a los disturbios pre-revolucionarios y a los anuncios de la Primera Guerra. Dejaron atrás fortuna y propiedades que habían acumulado y, por forzada elección, conocieron la pobreza en el nuevo país. Su madre preservó fielmente las prescripciones religiosas e indujo a Saúl desde temprana edad a sumergirse en los textos bíblicos y talmúdicos. Anhelaba que su hijo fuera con el tiempo celebrado rabino, o, en su defecto, violinista. No fue ni lo uno ni lo otro aunque estas inclinaciones dejarán algún sello en su vida. Familiarizado con el nuevo entorno, el padre se dedicó a la importación de maquinaria; pero nunca recuperará la holgura económica que había gozado en la Rusia zarista.
En los años veinte la familia se desplazó a Chicago. Allí Bellow cursará estudios universitarios en antropología y adoptará la ciudadanía norteamericana. Al perfilarse la guerra, se enlistó en la flota mercante; al mismo tiempo dio inicio a su travesía literaria con su novela La víctima, que publicó en 1947. Le seguirá, entre otras creaciones, Las aventuras de Augie March que presenta un movido relato de la vida de los judíos en Chicago. Culminará su vida como escritor con Ravelstein, que vio luz en el 2000, cinco años antes de su muerte a la edad de 89 años.
Aquí interesa en particular Herzog publicada en 1964 y considerada una de las mejores novelas que vieron luz en la segunda mitad del siglo XX. Fue traducida al castellano y al hebreo un año después de su aparición. El personaje es un judío – Moisés J. (Jonatan) Herzog – que a sus 47 años reconsidera con ánimo apenas equilibrado su pasado y los días por venir. Escribe en tercera persona: “repasando toda su vida, llegó a la conclusión de que lo había hecho todo mal…Su vida, como suele decirse, estaba arruinada…” (pág. 12 de la versión al español).
Con este ánimo renuncia a sus diferentes cargos académicos y se consagra a escribir cartas – que nunca remitirá- a múltiples personajes, desde las mujeres que conoció en su vida al propio Presidente de Estados Unidos. Contienen textos que reflejan experiencias intelectuales – como meditaciones en torno a los aportes filosóficos de De Tocqueville y de Hegel al lado de recuerdos y descripciones de sabor erótico. Sus dos fracasos matrimoniales – cada uno resultó en un hijo – le obligan a revisar sus debilidades. Sólo en Ramona – mujer argentina, rica, estudiosa sensual, – encuentra algún solaz. Estas cartas se acumulan desordenadamente; constituyen en conjunto un soliloquio placentero y, a la vez, angustiante.
Con frecuencia piensa que le «falta un tornillo…» (pág. 9.), noticia que su segunda esposa Madeleine habría difundido. Y a continuación apunta observaciones como «todo hombre nace para ser huérfano y para dejar huérfanos después de su muerte…» (pág.42), al lado de apuntes sobre la filosofía religiosa de Buber y de Berdiáev y la exaltación que le produce la sensual cintura de Ramona. Divagaciones- además- que rozan lo teológico y lo metafísico: «Dios ya no existe. Pero la Muerte sí… Polvo somos, y polvo seremos…» Casi 400 páginas de divagaciones que no conocen interlocutor alguno.
Herzog refleja un apetito personal del propio Bellow. Reaparecerá en otras obras que lo hicieron merecedor del premio Nobel en 1976. Contrajo matrimonio cinco veces, y a los 85 años fue padre de una hija. Como escritor judío norteamericano alentó a otros para que siguieran su ejemplo creativo, como Malamud, Salinger, Mailer. Su creación literaria y su propia vida revelan que lo intelectual y lo erótico han aterrizado unidos en este mundo. Más resueltamente: no admiten el divorcio.
El sensualismo intelectual de Saúl Bellow
11/Dic/2015
Aurora, por Joseph Hodara