El secreto de los vecinos ateos del ISIS

07/Sep/2016

El Mundo, España, Por Alba Muñoz

El secreto de los vecinos ateos del ISIS

En Líbano es forzoso pertenecer a alguna
religión. Un grupo de jóvenes ateos lucha contra esta imposición. Ya suman más
de 2.400 miembros.
Mario y Ahmad no creen que exista ningún
Dios, por eso son temerosos de los hombres. Hoy se reúnen en un bar de copas
del barrio cristiano de Mar Mikhael en Beirut, que también es una radio de
música electrónica. Aquí las sesiones de house se encadenan como un rezo
infinito, también por las mañanas, mientras los camareros lo preparan todo para
otra noche de fiesta. Es imposible que alguien no deseado oiga lo que los
jóvenes ateos quieren decir. «En Arabia Saudí nos ahorcarían, en Palestina o
Egipto iríamos a la cárcel. Aquí no pueden hacernos eso, pero sí juzgarnos por
blasfemia y convertir nuestra vida en un infierno», cuenta Mario. Ambos tienen
27 años y viven en una república parlamentaria confesional. En Líbano el poder
se reparte entre las sectas religiosas monoteístas mayoritarias: la
constitución obliga a que el presidente sea siempre un cristiano maronita, el
primer ministro un suní y un chií debe de estar al mando de la asamblea de
representantes.
Esta solución puede parecer útil en aras de
la convivencia, pero en realidad, y más allá del inmovilismo institucional que
favorece -Líbano lleva más dos años sin poder formar gobierno-, se basa en un
supuesto que apenas nadie cuestiona: aquí no se puede no creer en nada, hay que
identificarse con algún Dios. No queda otra. «Cualquiera que borre su religión
del carné de identidad se queda sin derechos civiles, fuera de la ecuación»,
dice Ahmad, que pide otra ronda de cervezas y reparte cigarrillos.
BODAS CIVILES EN CHIPRE
Todo empieza con un simple saludo. «Si
tienes un nombre vago, como el mío, la gente pregunta por el apellido», cuenta
Mario. «Mi nombre es cristiano y mi apellido musulmán, así que se confunden».
Entonces la gente insiste, sigue indagando. «Pasan a preguntar dónde vivo, y si
eso tampoco lo aclara preguntan directamente a qué secta pertenezco. Necesitan
saberlo». Solo si Mario se encuentra entre amigos, o entre personas «que
parezcan tolerantes» confesará que es ateo. Y aún así, habrá repregunta: «Pero,
¿qué pone en tus papeles?, dirán. Ok, soy cristiano ortodoxo, déjame en paz».
«Es el orden social, no hay alternativa. Desde que naces hasta que mueres,
estás forzado a seguir las normas y dictados de una religión. No puedes vivir
de otra forma», dice Ahmad. En Líbano nadie celebra matrimonios mixtos porque
ninguna iglesia o mezquita lo facilita. Es habitual que las parejas mixtas
viajen a Chipre para sellar su relación. Solo en 2013, casi 600 parejas
libanesas se casaron en la isla mediterránea. Por otro lado, el matrimonio
civil es una rareza, apenas se practica para proteger a los hijos. El motivo es
que cada secta tiene sus propias normas sobre legados y herencias, y el
descendiente de un matrimonio civil tendría problemas para heredar en el
futuro. Los clanes también influyen en el mercado laboral. «Hay cuotas
religiosas para el funcionariado, y en el sector privado termina sucediendo lo
mismo. Las grandes empresas contratan a personas de su secta. No es
obligatorio, pero todo funciona mejor, de lo contrario pueden recibir
presiones», cuenta Mario.
Jesucristo, Alá y compañía organizan la
sociedad libanesa como si fueran patriarcas, o presidentes de comunidades
autónomas, con sus propias competencias e intereses. Cada familia que vela
solamente por los suyos. La política está compartimentada por la religión. «Es
una forma de proteger derechos básicos en medio del caos de este país. Lo único
que une a los libaneses es quejarse de los políticos y no hacer nada para
cambiarlo. Los jóvenes crecen segregados de su identidad nacional», admite
Ahmad.
DIOS EN EL CARNÉ DE IDENTIDAD
Ser ateo en Líbano es como no tener
dirección, o apellido, o género. Uno se vuelve invisible para el sistema. Pero
la cesión de la identidad a entes divinos nada más nacer, resulta asfixiante
para algunos. Muchos más de los que lo dicen públicamente. En 2007 Mario y
Ahmad crearon el grupo de Facebook Freethought Lebanon, que supera los 2.400
miembros. Tras un tiempo compartiendo links sobre la NASA, el cambio climático,
biogenética o la persecución de los ateos en el mundo, decidieron organizar un
encuentro. «Aparentemente todos buscaban algo así, pero no lo habían
encontrado. Aquí es imposible saber si alguien piensa como tú», dice Ahmad.
«Nuestro mayor evento fue hace tres años, 500 personas vinieron a hablar sobre
teorías de la evolución».
Como un ágora de científicos en plena
Ilustración, los miembros de este club acuden a actividades como cine fórums,
visionado de documentales y debates eruditos «para estimular la mente». Todo en
un momento en que el radicalismo yihadista se infiltra desde Siria, el país
vecino. Damasco está solamente a media hora en coche de la frontera con Líbano.
«ISIS afirma que la identidad nace de ser un buen musulmán, que hay que luchar
por ello», dice Mario. «Pero en realidad, tus creencias son solamente parte de
ti. Yo soy libanés, ateo, feminista, me gusta la tecnología. Cuando te
obsesionas solo con uno de esos aspectos, lo harás todo para protegerlo. Si tu
identidad está amenazada podrías convertirte en nada». Un amigo de Mario y
Ahmad pasó de un extremo a otro. «Participó en el ataque a la embajada danesa
cuando se publicaron las caricaturas del profeta», cuenta Ahmad. «Poco después
la comunidad musulmana le otorgó una beca para estudiar medicina, fue a la universidad
y aprendió biología. Aquello cambió su mente, pero su familia lo rechazó y
ahora es un ateo radical. No puedes ser extremista en todo». Varios medios de
comunicación locales han solicitado entrevistas a los dos representantes de
Freethought Lebanon, pero nunca las han concedido. «Aquí eres libre de hacer lo
que quieras mientras no agites el sistema. Si sales en los medios, te acabarán
juzgando», zanja Ahmad. En el día a día, Mario evita la confrontación en su
barrio, no dice nada sobre su ateísmo a los demás. «He tenido suerte y nunca he
pagado las consecuencias, pero conozco gente que se ha quedado sin herencia y
que ha sido expulsada de sus casas. No han vuelto a ver a sus familias». Desde
su pequeña comunidad cultural, los ateos de Líbano establecen conexiones con
otros movimientos similares en otros países de Oriente Próximo. No pueden
mencionarlos «por seguridad», pero aseguran que muchos musulmanes sueñan con
vivir en países donde la religión no lo atraviese todo. Echan de menos el
conocimiento, el crecimiento espiritual, expandirse. Ahmad detesta tener que
identificarse como musulmán suní, le cuesta hasta pronunciarlo: «Soy un ser
humano. Incluso la etiqueta de ateo me molesta, soy mucho más que eso».