El rapto de Europa

02/Dic/2014

Por Israel, Jorge Rozemblum

El rapto de Europa

En una caricatura israelí
del mes pasado podía verse al diminuto estado en el punto de encuentro de tres
continentes: África asolado por el ébola, Asia como la tierra de Daesh (Estado
Islámico), mientras que Europa aparecía con el rótulo de antisemitismo. Sin
duda es una imagen desoladora, que seguramente muchos tildarán de paranoica,
pero que refleja cómo se ve el mundo cercano desde Jerusalén y el país del que
es capital.
En nuestro continente
está mal visto ser tildados así, aunque las actitudes se ajusten a las
definiciones existentes del antisemitismo, que podrían resumirse en no dar a
los judíos los mismos derechos que a los demás, por ejemplo, a tener un estado
propio. Y, si se reconoce ese derecho, ya no el de comportarse en situaciones
de enfrentamiento bélico o antiterrorista igual que cualquier otro estado en su
misma situación. Si lo que vale para todos no vale para el estado de los judíos
(observad la diferencia con la malintencionada traducción de estado judío),
entonces hay antisemitismo o judeofobia.
La larga historia
antisemita de Europa, pese a las apariencias, tiene más que ver con la economía
que con la religión. Desde la Edad Media la gran mayoría de masacres, pogromos,
expulsiones y asesinatos masivos responden a una misma ecuación. Los judíos son
aceptados por un mandamás a cambio de fuertes impuestos y subvenciones a sus aventuras
militares, pero cuando llega el tiempo de pagar se azuzan contra ellos los
lobos del hambre y las leyendas de odio. La historia se repite desde la
Inglaterra medieval a la Alemania nazi, pasando por el fin del sueño sefardí o
las prometidas emancipaciones revolucionarias.
El expolio europeo a los
judíos suele comenzar por la discriminación a lo judío. También ahora, como
anunciaron agoreros hartos de la historia regurgitada del Viejo Continente, la
salida a la crisis económica, ética y a la amenaza yihadista pasa por
sacrificar en el altar a un chivo que expíe los propios pecados. Ya lo dijo la
nueva Alta Representante de la Unión Europea Federica Mogherini al asumir el
cargo, que su objetivo era tener un Estado Palestino, aunque ello contraviniera
lo firmado por los países europeos después de los Acuerdos de Oslo, que
condicionaban la creación de dicho estado al resultado de unas negociaciones
directas de las dos partes.
Resulta asombroso que,
con la que está cayendo, el objetivo más acuciante de la Unión Europea sea el
reconocimiento de un estado sin fronteras o recursos productivos, y cuyo débil
liderazgo esté constantemente condicionado por facciones terroristas islamistas
no nacionalistas, o sea, cuyo objetivo no es un estado propio, sino la expulsión
de los judíos; la destrucción de Israel, no la convivencia de dos países. A
estas alturas no es creíble que la postura paneuropea derive del
desconocimiento de estas evidencias. La única explicación es que retomemos la
vieja receta de traicionar a una parte de la ciudadanía (siempre la misma).
Europa ha vuelto a ser raptada, pero no por seres mitológicos, sino por los
fantasmas de su propia decadencia moral.
Director de Radio Sefarad