Es preciso que el régimen de El Cairo desemboque en un proceso democrático, previa reforma de su Constitución
Dado el liderazgo tradicional de Egipto en el norte de Africa y su participación e influencia en el complejo proceso de paz en Medio Oriente, la comunidad internacional ha venido siguiendo con sumo interés cómo evoluciona la etapa de normalización constitucional de ese país, que comenzó tras la caída del autoritarismo tras las enormes manifestaciones que exteriorizaron la denominada «primavera árabe».
El presidente Mohamed Morsi dio algunos pasos audaces, pero fundamentales en dirección a la normalización.
En ese sentido, comenzó a poner a los militares en su lugar al afirmar la preeminencia del poder civil electo por el pueblo sobre sus mandos.
Esto es lo que significa haber desplazado al ministro de Defensa, Hussein Tantawi, de 76 años, y al jefe del Estado Mayor, Sami Annan. Medida indispensable que, sin embargo, es apenas un primer paso para redefinir su rol en la sociedad egipcia.
Morsi aprovechó astutamente la oportunidad que le brindaron los atentados terroristas perpetrados días antes en el desolado Sinaí por grupos islámicos fundamentalistas.
Esos ataques provocaron 16 muertes entre los militares y debilitaron fuertemente a los dos hombres que acaban de ser removidos de sus anteriores posiciones de mando, con una credibilidad que había caído notoriamente.
Morsi asumió las facultades legislativas que los militares de alguna manera pretendieron reservarse y lo hizo revocando las normas presuntamente constitucionales que habían sido dictadas por aquellos uniformados.
El mandatario egipcio deberá ahora evitar la actual concentración de poder en sus manos por demasiado rato y, en cambio, apurarse por continuar la marcha hacia la democracia, convocando para ello a elecciones legislativas, en primer término, y, en segundo lugar, a elecciones para constituyentes, de manera de que Egipto tenga lo más pronto posible una nueva constitución democrática.
Con motivo de los atentados en el Sinaí, Morsi ha tenido la oportunidad de demostrar que Los Hermanos Musulmanes no toleran los fundamentalismos violentos, ordenando la dura represión que cayó de inmediato sobre los militantes salafistas, que aparentemente fueron los responsables de los cruentos atentados. Esto es señal de que no abraza la intolerancia y adopta una actitud de pluralismo indispensable para poder gobernar en paz a una nación de enormes diversidades.
Por estas horas, Morsi tiene ciertamente que encarar, en orden, una difícil tarea: la de recomponer la castigada economía de Egipto, azotada por las incertidumbres de los últimos tiempos por falta de crecimiento y por una altísima tasa de desempleo que, afectando muy especialmente a sus jóvenes, se reflejó en los reclamos que se exteriorizaron con las protestas de la «primavera árabe».
Por esa razón, Egipto necesita con urgencia poder proyectar credibilidad, tanto hacia su interior como hacia el exterior; esto es, poder edificar un mínimo de confianza y, a la vez, transmitir también una sensación de esperanza en el futuro, después de haber transitado una profunda y traumática tormenta política.
El presidente de Egipto y el poder
21/Ago/2012
La Nación, Editorial