27-11-2011 En alerta. Grupo violento asesinó a 10 inmigrantes y permaneció impune; investigan lazos con las autoridades
BERLÍN | EL PAÍS DE MADRID
A las cinco de la tarde aún era de día en Kassel, pero nadie vio huir al pistolero que disparó en la cara de Halit Yozgat, de 21 años. Solo uno de los cuatro clientes que usaban los ordenadores de la trastienda escuchó un «ruido fuerte» al que no dio importancia. Así que a Ismail Yozgat le tocó descubrir el cuerpo de su hijo agonizando en el cibercafé familiar.
Los testigos que pudo reunir la Policía recordaban a otro cliente con gafas, alto, rubio y fornido. Las huellas del ADN permitieron la detención de quien resultó ser un agente de los servicios secretos identificado como Andreas T. y conocido en su pueblo por el sobrenombre de «Pequeño Adolf». Lo soltaron por falta de pruebas.
Este suceso de 2006 ha vuelto la pasada semana al primer plano de la actualidad, al conocerse que aquella efímera detención coincidió con el final de una brutal campaña terrorista: al menos 10 asesinatos racistas, dos atentados con bomba y una serie de 14 atracos cometidos por una banda llamada Resistencia Nacionalsocialista (NSU). Lo peor del pasado de Alemania ha vuelto a los titulares.
El joven Halit Yozgat, al que dispararon a bocajarro, fue la décima y última víctima de la serie de asesinatos xenófobos cometidos por los nacionalsocialistas, que un año después mataron a una agente de Policía. El silencio se hizo sobre estas muertes y sus autores hasta que, el pasado 4 de noviembre, los neonazis Uwe Böhnhardt y Uwe Mundlos fueron hallados muertos en una caravana en llamas. Acababan de atracar un banco. La Fiscalía afirma que se suicidaron, pero hay serias dudas. Un par de horas más tarde del hallazgo de los cadáveres, la novia de Mundlos, Beate Zschape, voló el piso que los tres compartían en la idílica Zwickau (Sajonia). Ella se entregó a la Policía diciendo: «Soy la que buscan». El trío de neonazis llevaba en la clandestinidad desde 1998. Los hallazgos no pararon aquí: en la caravana incendiada se encontró la pistola reglamentaria de una agente de Policía asesinada a tiros en 2007. Y entre los escombros del piso volado estaba el arma que mató a los diez inmigrantes.
Nadie se atribuyó en su día estos crímenes. Hasta que hace un par de semanas el partido La Izquierda (Die Linke) recibió un video reivindicativo de la banda: un cínico montaje que combina dibujos animados de la Pantera Rosa con imágenes reales de los nueve asesinatos racistas y de otros dos atentados con bomba del mismo signo.
El balance de la campaña terrorista neonazi comprende diez hombres muertos, nueve de ascendencia turca y un griego, entre 2000 y 2006; además de una agente de Policía asesinada y decenas de heridos en dos atentados con bomba. Alemania descubre ahora que el trío de terroristas neonazis han vivido en la clandestinidad casi 14 años, sin que nadie los vinculara con los atentados ni con los 14 atracos que perpetraron. La historia se corona con los dos extraños suicidios, así como la misteriosa presencia de un agente de los servicios secretos de ideología ultra, el `Pequeño Adolf`, en el escenario del décimo crimen».
Los comienzos. ¿Quién componía el trío de neonazis? El asistente social Thomas Grund los conoció ya en 1991, cuando tenían entre 15 y 20 años de edad. Grund, que se acerca hoy a los 60, sigue dirigiendo un centro juvenil en una de las colonias de torres residenciales típicas de la antigua República Democrática Alemana (RDA). En el cemento de aquellos plattenbauten, la ideología y la moda neonazis encontraron un enorme eco. Entre muchos jóvenes, que acababan de presenciar el cataclismo del régimen comunista en el que nacieron, cundió la idea de que la nueva Alemania era solo un paso intermedio hacia un Cuarto Reich.
Mientras, la dramática reconversión industrial llenaba de parados los territorios de la antigua RDA. En aquel tiempo era fácil que un forastero encontrara actitudes hoscas o abiertamente hostiles en las calles del Este de Alemania. Estaban a la orden del día los ataques a extranjeros y a personas cuyo aspecto sugiriera otras diferencias: izquierdistas, mendigos, homosexuales. Aquella agresividad cristalizó en varios ataques xenófobos a gran escala. El de Rostock-Lichtenhagen, en 1992, tomó el cariz de un auténtico pogromo cuando cientos de vecinos se acercaron a jalear a los neonazis que habían incendiado una residencia de refugiados políticos extranjeros.
«La ultraderecha militante», recuerda Grund, «estaba formada por grupos reducidos y bien reconocibles». Zschape, que es la única superviviente del trío en cuestión, era una de las pocas chicas que «se juntaba como uno más entre los cabecillas». Los dos chicos paseaban «toda la parafernalia» de la moda neonazi-skin: botas, cazadoras bomber, cabezas rapadas, todo ello muy en boga en el Este de Alemania durante los años posteriores a la caída del Muro. Zschape, en cambio, no adoptó el estilo nazi femenino (pelo corto, flequillo con flecos largos a los lados). Mundlos era el mayor de los tres, «el líder del grupo». Böhnhardt, crecido en orfanatos, solía ir armado con un cuchillo. Mantenían contactos con notorios neonazis de la región, donde «muchos jóvenes les tenían miedo». Las dificultades para encontrar más testimonios de quienes los conocieron en la época sugieren que ese miedo permanece.
Hacia 1996, decenas de neonazis de la región se articularon en una organización que llamaron Defensa Patriótica de Turingia (THS). Mantenían contactos con otras organizaciones ultras y con el partido NPD. El trío estaba metido hasta el cuello en las redes neonazis de Jena, una ciudad de 100.000 habitantes, hasta que pasaron a la clandestinidad en 1998. Justo cuando la Policía iba a detenerlos como sospechosos de fabricar bombas. Una vez sumergida, la Defensa Patriótica de Turingia se convirtió en la Resistencia Nacionalsocialista, bajo cuya marca cometieron al menos 12 atentados y 14 atracos.
«Pequeño adolf». ¿Qué hacía el «Pequeño Adolf»? Este hombre era funcionario de los servicios secretos alemanes, la llamada Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BFV). Cuando lo detuvieron como sospechoso del asesinato de Halit Yizmal en 2006, el agente aseguró que estaba «por casualidad» en el lugar del crimen, viendo pornografía en una computadora. Rondaba los 40 años.
En el desván de sus padres, la Policía encontró símbolos nazis que había grabado en las vigas cuando era un adolescente al que ya todos en su pueblo conocían como «Pequeño Adolf». En su residencia de adulto encontraron munición ilegal, pistolas con licencia, manuscritos ultraderechistas de su puño y letra y un ejemplar de Mi Lucha, la autobiografía de Adolf Hitler prohibida en Alemania. Así que el «Pequeño Adolf» leía al verdadero Hitler.
Decenas de periodistas han sitiado estos días su casa en Hofgeismar, muy cerca de Kassel, donde trabaja en una oficina del gobierno regional a la que fue relegado en 2007. No se le acusa de nada, aunque fue sometido a un nuevo interrogatorio.
La Clave. ¿Por qué tanto secretismo? A la reserva habitual que observan siempre los servicios de información hay que añadir, en el caso alemán, que la BFV está dividida en 16 jefaturas, una por cada Estado federado. Andreas T. captaba informantes para el servicio secreto del Estado de Hesse.
Las autoridades de Hesse brindaron en los noventa «ayuda significativa» a la vecina Turingia para organizar su servicio de información tras la caída del Muro. Al menos uno de los topos captados y mantenidos por «Pequeño Adolf» participó en manifestaciones de la Defensa Patriótica de Turingia, la red neonazi de donde salieron los terroristas.
Un tipo estrafalario y derechista, Helmut Roewer, dirigió los servicios secretos de Turingia entre 1994 y 2000. Este caballero, encausado por corrupción, invirtió cientos de miles de euros en pagar a informantes de organizaciones radicales. Notorios neonazis como Thomas Dienel o Wolfgang Frenz, después funcionarios del partido ultra NPD, han presumido de que muchos informantes destinaban parte de su paga al mantenimiento o ampliación de estructuras de ultraderecha. Fue bajo el mandato de Roewer cuando desapareció del mapa el trío neonazi que integró la banda NSU. El trío pasó 14 años en la clandestinidad con unos documentos bien falsificados.
El presidente del Sindicato de la Policía, Bernhard Witthaut, cree que esos documentos eran papeles falsos de los que se usan para proteger a testigos y a informantes. Al comisario Witthaut le molesta en particular que Roewer acuse ahora a la Policía del monumental error que supuso la huida del trío. Entre los policías alemanes, dice, crece la «consternación por las posibles implicaciones del asesinato de una colega de servicio», en referencia a Michèle Kiesewetter, décima víctima de NSU, que fue tiroteada junto a su compañero de patrulla en 2007.
El «Pequeño Adolf» y los neonazis
28/Nov/2011
El País