«El más consecuente atraco homicida de la Historia»

08/May/2015

El Mundo, España, Por Fernando Palmero

«El más consecuente atraco homicida de la Historia»

«No se podrá entender el Holocausto
mientras no se analice como el más consecuente atraco homicida de la historia
moderna». La sentencia es de GötzAly y está recogida, a modo de
conclusión, en un libro que es ya imprescindible para comprender «la
destrucción de los judíos europeos», por utilizar el título de la obra de
Hilberg, el más riguroso investigador de la Shoá. Habla del Holocausto, un tema
que le apasiona, y de la aniquilación de la comunidad judía húngara en la
segunda mitad del año 44, un tema que ha trabajado a fondo y que aún le
desconcierta. «Salvo el efecto de una enloquecida inercia criminal», dice,
«no acaba de comprenderse qué interés les llevó a un exterminio que poco
podía tener ya de la alucinada arrogancia de los primeros años de la guerra. El
asesinato crepuscular, decadente, de los judíos húngaros es uno de los graves
misterios del nazismo».
También Laurence Rees advierte de la
complejidad de una operación en la que las cámaras de gas y los crematorios de
Auschwitz funcionaron a un enloquecido ritmo que muy pocos recordaban, a pesar
de que el propio Himmler había declarado a finales de 1943, tras dar por
finalizada la ‘Operación Reinhart’, que el exterminio de los judíos había
concluido, y cuando ya, a esas alturas del 44, la mayoría daba la guerra por
decidida. Y sin embargo, en esos meses de 1944, el ‘Sonderkommando’ pasó a
tener 900 miembros (solía estar formado por unos 200 judíos), algo nunca visto,
como recuerdan Morris Venezia y DarioGabbai, supervivientes a los que
entrevistó Rees. Que aquella operación era de vital importancia, lo demuestra
finalmente el regreso de Rudolf Höss a la comandancia de Auschwitz, tan sólo
seis meses después de haber sido relegado. Sólo él, que había ‘patentado’ el
más eficaz sistema de exterminio utilizando Zyklon B, en vez de gases de
combustión producidos por motores de gasoil, como en Treblinka, Bélzec y
Sóbibor, podía afrontar un problema logístico de esas dimensiones. Reducir a
cenizas tal cantidad de cadáveres fue un reto al que no pudo negarse el
eficiente Höss.
Pero para comprender la decisión de la
aniquilación de la comunidad judía húngara, hay que ir más allá de la
indignación con la que a veces suele abordarse la cuestión y tener muy presente
la relación entre el asesinato de los judíos europeos y la financiación de la
guerra, porque ahí está origen de algunas de las decisiones que se tomaron y
que acabaron en el extermino. Cuenta Aly que en Polonia, poco después de la
invasión, los alemanes bloquearon las cuentas de casi dos millones de judíos,
tras haberles obligado a depositar sus haberes bancarios y cajas fuertes en un
solo banco, quedando su gestión al cargo de las arcas del Gobierno General,
donde se instauró una oficina de administración fiduciaria. Ésta, expropió unas
3.600 empresas, en su mayoría de propiedad judía. Además, sólo en Varsovia se
incautaron de unas 50.000 propiedades inmobiliarias, y una cantidad tan grande
de bienes muebles, constituidos por los enseres y ropas de los judíos enviados
al gueto, que la administración fiduciaria creó un organismo para venderlos. A
instancias del ideólogo del partido nazi Alfred Rosenberg, se puso en marcha en
todos los países ocupados de Europa la ‘M-Aktion’, o acción de los muebles, que
se encargaba de transferir a Alemania y a los territorios ocupados muebles,
ropa, ropa de cama, utensilios y electrodomésticos de cocina, cuberterías, porcelana,
juguetes, libros, etc. «Las administraciones municipales [alemanas]»,
explica Aly, «resarcían de la pérdida de sus bienes a los bombardeados con
dinero y vales para ropa, etcétera, a expensas del Reich. Los solicitantes
recibían, además, un carné especial para los perjudicados por los bombardeos,
que les daba prioridad en las compras y con el que podían optar por comprar
mobiliario nuevo o por participar en las subastas, cuyo producto iba a pasar de
nuevo a la caja del Reich. Desde el punto de vista de la técnica
presupuestaria, la administración financiera organizó así un juego de suma cero
a costa de los anteriores propietarios, desposeídos y en una proporción notable
asesinados». Era, como explica el historiador alemán, una política de «favores
mutuos», ya que el sistema funcionaba en provecho de todos los alemanes.
En el caso de Polonia, los excedentes afluían a la caja principal del Gobierno
General que, como por razones legales la propiedad seguía siendo de los
antiguos dueños, pagaba unos réditos, aunque muy pequeños. Sin embargo, cuando
los judíos empezaron a ser deportados y asesinados, esos activos se
convirtieron ‘de jure’ en propiedad del Gobierno General, como «objetos
abandonados y sin dueño». Sólo el exterminio evitaría futuras reclamaciones
al Estado alemán.
Este respeto a la legalidad en las
transferencias de propiedad es también el que pusieron en práctica en los
territorios ocupados del resto de Europa. Aly da el ejemplo de Serbia, donde
los judíos (unos 8.000) fueron gaseados en camiones estancos en el campo de
Semlin, cerca de Belgrado, en muy poco tiempo. Las propiedades de capital tanto
como las muebles e inmuebles, por orden del ministerio de Finanzas, pasaron no
a manos del Reich, sino del Gobierno Serbio, para respetar el artículo 46 de la
Convención de La Haya, que establecía la imposibilidad de confiscar bienes a
las potencias ocupantes, prerrogativa sólo del gobierno nacional. Y así, se
obligó al Gobierno serbio a promulgar un decreto «haciéndose cargo, en
nombre del Estado serbio, de las propiedades de los judíos que el 15 de abril
de 1941 eran ciudadanos yugoslavos». El decreto tiene fecha de 26 de
agosto de 1942, ya que los judíos serbios fueron exterminados a principios de
ese año. Esta operación tenía como objetivo que la moneda serbia no sufriera
una presión inflacionista y su gobierno pudiese pagar los gastos de ocupación,
que es la forma en la que Alemania decidió financiar la guerra. Según Aly, los
costes de ocupación «habían alcanzado la suma de quinientos millones de
dínares mensuales. La suma total de los bienes judíos se estimaba en diciembre
de 1944 entre tres y cuatro millardos de dínares. En el momento de la decisión
de Berlín bastaba pues para cubrir los costes de ocupación durante más de un
semestre, tiempo en el que la moneda serbia permanecería estable.
Y así ocurrió en Hungría. Tras la invasión del
país el 19 de marzo de 1944, el Reich actuó de la misma forma que lo había
hecho en el resto de Europa. A esas alturas de la Guerra, la Alemania nazi
necesitaba urgentemente fondos para financiar sus elevados costes militares.
También mano de obra. Ambos fines serían cubiertos por la comunidad judía, que
representaba el 5% de la población, unas 800.000 personas. Muchas fueron
utilizadas como mano de obra esclava en las fábricas de armamento, a las que
tuvieron que desplazarse a pie a lo largo de decenas de kilómetros. El resto,
unas 400.000 personas, fueron enviadas a Auschwitz para ser exterminadas.
Pero la deportación, coordinada por Adolf
Eichmann, sólo empezó después de que el gobierno húngaro confiscara entre abril
y mayo la propiedades de los judíos. El Banco Nacional húngaro, controlado ya por el Reich, dispuso
el 26 de abril el embargo de todos los objetos de valor contenidos en las cajas
de seguridad del banco que pertenecieran a judíos. Aly recoge las actas de una
reunión en la sede del Ministerio de Economía del Reich el 24 de mayo: «Se
ha completado la legislación húngara sobre los judíos. El gobierno húngaro
confía en que los grandes esfuerzos financieros que se harán necesarios en el
marco de la conducción conjunta de la guerra puedan ser costeados en gran
medida con la expropiación de los bienes judíos. Esas propiedades deben de
suponer al menos una tercera parte del patrimonio nacional total. Se cuenta con
una considerable posibilidad de liquidación de las propiedades judías». En
junio, el mismo funcionario que levantó acta de aquella reunión informaba: Los
judíos han perdido «la ciudadanía húngara al abandonar el territorio del
Estado húngaro; sus propiedades pasaron
al Estado húngaro». Con el beneficio de su venta, el gobierno húngaro pudo
pagar los costes de ocupación a Alemania. La pulsión asesina, espoleada por el
extendido antisemitismo en toda Europa, fue un elemento necesario para llevar a
cabo el exterminio. Pero no fue la única razón. El beneficio económico que
supuso para las arcas del Reich la aniquilación de los judíos europeos y el
hecho de que el 95% de la población alemana se beneficiase directa o
indirectamente del expolio y la aniquilación ayudan a entender por qué fue
posible el Holocausto, «el más consecuente atraco homicida de la historia
moderna».