El lado más salvaje

12/Nov/2012

El País, España, Ana Carbajosa

El lado más salvaje

Amigos y conocidos de Bashar al Assad, el presidente de Siria, diseccionan la personalidad del oftalmólogo que se volvió un déspota capaz de masacrar a su propio pueblo. ¿Cómo se convierte alguien en un tirano?
ANA CARBAJOSA (*)
Bashar al Assad se aferra a un poder casi omnímodo de manera enfermiza. Nadie sabe cuánto aguantará, ni cuántos miles de muertos más se cobrará en su empeño. El pronóstico de los que le conocen es poco alentador. Hablan de un hombre que se dice imbuido por un mandato divino. Convencer a dios en la tierra de que es hora de una transición democrática y a un líder elegido por el pueblo no parece fácil. Ni la creciente presión internacional ni el baile de enviados en misión de paz ni las imágenes de un país que se desangra consiguen hacerle entrar en razón.
Pero ¿cómo llegó a este punto? ¿Cómo un hombre de mundo, joven y educado, que en otra época fue capaz de seducir a Occidente, se enroca ahora hasta la tragedia? Amigos y conocidos de Bashar el Assad repartidos por el mundo cuentan cómo se forja el tirano que, con un poder heredado, hoy ordena arrasar pueblos y bombardear ciudades.
Su trayectoria vital bien podría convertirse en un manual de cómo fabricar un dictador. Porque Bashar no estaba destinado a gobernar. Del oftalmólogo Bashar, del tipo tímido, insulso y sin madera de líder se esperaba poco. Ha sido y es un dictador accidental. Su hermano mayor, Basil, era el elegido, pero murió joven, de forma inesperada. Bashar se encontró de repente en la primera línea.
Que Basil, el primogénito, estaba predestinado a triunfar quedó claro ya durante los primeros años de vida pública de los Assad. En la École Laque, el colegio de Damasco para la élite del país, la diferencia de carácter entre ambos hermanos era algo que no se le escapaba a los pequeños compañeros.
Basil era un tipo tremendamente sociable, conocido, admirado. Aprendió a montar a caballo y dominaba el mundo de la informática. Era un modelo para los jóvenes de la época. «En el colegio quería ser amigo de todos y lo conseguía. Invitaba a los compañeros a la piscina del club militar. Era campechano, deportista, alegre. Trataba de actuar como uno más», recuerda alguien de su entorno escolar.
Luego estaba su hermana Bushra, una mujer alta, rubia, guapa. Era la jefa del clan, la más activa políticamente, la que montó la unión de la juventud revolucionaria del partido Baaz. Después Majid, del que se sabe poco, y por último Maher, actual bestia negra del régimen, al frente de la IV División del Ejército sirio.
Frente a estos personajes poderosos, Bashar representaba la otra cara. Era el patito feo. Algunos de sus conocidos de la época dicen que era simplemente invisible. «No abría la boca. Era muy, muy tímido. Los compañeros se reían de él. En el colegio no tenía amigos, solo una corte de chicos leales que eran como su sombra», recuerda la misma fuente, quien asegura que el Bashar nervioso se orinó encima hasta bien mayor, algo que la crueldad infantil del patio de colegio no pasó por alto y convirtió en objeto de burla. De los hermanos, Bashar era el más necesitado de afecto y al que la hermana y la madre dedicaban especial atención.
En la Universidad de Medicina de Damasco, donde estudió, tampoco dejó huella. Mohamed Sahloul, uno de sus compañeros, retrata desde Chicago al joven Bashar: «No destacaba por nada. Era humilde. No sabía que iba a ser presidente y nadie le trataba como a un futuro líder». Sus guardaespaldas se hacían pasar por estudiantes y amigos íntimos, aunque todos sabían quiénes eran. Sacaba buenas notas, pero no era un buen estudiante. Su presencia era una coreografía aceptada por todos. «Era lo normal con los hijos de los poderosos», sostiene Sahloul, quien ahora preside la asociación médica sirio-estadounidense. Y añade: «Ninguno de sus compañeros sospechamos que un día se convertiría en un asesino en serie».
Ayman Abdel Nour le conoció en 1984, también en la universidad. Se hicieron amigos y fue su asesor hasta 2004. Hoy este ingeniero de caminos vive exiliado en Dubai, dedicado a informar de las atrocidades del régimen. Abdel Nour recuerda que cuando le conoció era un hombre que hablaba bajito. Que no hacía preguntas en clase y que viajaba con frecuencia a Alepo, la segunda ciudad del país, hoy bombardeada. No tenía gancho con las chicas y solo por sus contactos conseguía verse con algunas.
Estudiar medicina también formaba parte del guión escrito para los hijos pudientes. Los doctores son muy respetados y gozan de un gran prestigio social en Siria y en el mundo árabe. Los mejores estudiantes elegían medicina. Los hijos de los ricos, también. Lo de la oftalmología, dicen, fue para viajar al extranjero.
Bashar el Assad estudió un curso de posgrado en oftalmología en el Western Eye Hospital de Londres. Sus 18 meses en la capital británica son uno de los periodos que la prensa occidental suele resaltar. Pero quien le conoce asegura que no le cambió. Vivir en un país democrático, donde se respetan los derechos humanos y la libertad de expresión, no tiene por qué contagiarse. «Hay sirios que llevan 20 años viviendo en Estados Unidos que todavía defienden a El Assad», dice Sahloul.
Su paso por Reino Unido sí le sirvió a El Assad para entender cómo piensan los políticos y periodistas occidentales; un conocimiento que usó y abusó en sus primeros años al frente de Siria. Hizo creer al mundo que era diferente a su padre. Que el joven oftalmólogo nunca sería capaz de permitir y mucho menos ordenar una matanza como la de Hama, en la que murieron 20.000 personas. Nunca. Abdel Nour, el que fuera su asesor, cree que lo que el futuro presidente aprendió en Londres fue «cómo engañar a los occidentales. Bashar pensaba que son muy naifs y que resulta muy fácil seducirles».
David Lesch es probablemente una de las personas que mejor lo conocen en Occidente. El académico estadounidense y el presidente se vieron por primera vez en 2004 y desde entonces construyeron una confianza mutua. Lesch, como especialista en Medio Oriente, tenía mucho interés en entender Siria. Bashar, como novato, quería saber cómo le veía el mundo. Lesch acaba de publicar Syria. The fall of the house of Assad, un libro en el que repasa los últimos años de gobierno del que hace no tanto consideraba su amigo.
Lesch es de los que creen que el paso de Bashar por Londres es anecdótico. «Mucho más que Londres, a Bashar le ha marcado ser hijo del conflicto árabe-israelí, de la guerra fría, del conflicto en Líbano y sobre todo de Hafez el Assad. […] el entramado faustiano ingeniado por su padre, la idea de que el régimen proporciona seguridad y estabilidad a cambio de la sumisión de su población», defiende.
Su paso por el extranjero y su puesto como presidente de la Sociedad de Informática de Siria, que heredó de su hermano, fueron hitos en su vida que lograron despistar a observadores. Algunos líderes en Occidente creyeron que un hombre apasionado por las nuevas tecnologías y el software tenía a la fuerza que ser un gobernante abierto. No lo fue.
Fue en Londres donde Bashar recibió la llamada que cambió su vida una mañana de 1994. Su hermano Basil había muerto en un accidente de coche. Conducía rápido y sufrió un golpe mortal en una glorieta a las afueras de Damasco. Bashar volvió a su país, donde comenzaron los preparativos para que gobernara el día que su padre no estuviera. «A partir de entonces, Bashar empezó a ser más agresivo. Empezó a hablar más alto», recuerda Abdel Nour. El resorte que transforma la inseguridad en agresividad empezó a funcionar cada vez con más asiduidad.
El 10 de junio de 2000 muere Hafez el Assad. Al tímido oftalmólogo de 34 años le dieron el cetro del poder. Sus primeros pasos fueron alentadores. Juró el cargo prometiendo reformas -sobre todo económicas- e hizo creer que la dictadura tenía los días contados en Siria. Liberó a cientos de presos políticos y quedó declarada la que después resultó hiperbreve primavera de Damasco. Pero enseguida volvieron los años de plomo, la omnipresencia de los espías y el terror. Hay quien, como Lesch, cree que su aparente e inicial voluntad reformadora era hasta cierto punto genuina. Otros, como Abdel Nour, sostienen que todo fue una farsa. «Creía en las reformas, pero en las que resultaran en un fortalecimiento del régimen y enriquecieran a su círculo familiar».
Pero ambos coinciden en la manera en que el poder ha transformado al vástago, hasta alcanzar el actual desvarío. Lesch lo vio con sus propios ojos a medida que pasaban los años. El tono de sus encuentros fue cambiando al ritmo que la personalidad de El Assad mutaba. «Fue sintiéndose cada vez más cómodo con el poder y creo que empezó a creer a la corte de aduladores que le decía que el bienestar del país equivalía a su propio bienestar».
Ganó en asertividad, en autoestima. Empezó a creer en sí mismo hasta extremos delirantes, cuenta Abdel Nour. «Tras la muerte de su padre se rodeó de clérigos que le decían que era el enviado de Dios en la tierra».
Muchos de los que le rodeaban eran y son aduladores. Otros están donde están fruto de sucesivas remodelaciones en las que Bashar se fue deshaciendo de la vieja guardia leal a su padre, capaz de hacerle sombra. Cuando la televisión siria retransmite ahora algunos de sus discursos, lo que aparece es un fiel reflejo de la dinámica que desmenuzan sus conocidos. El presidente habla y los que escuchan le interrumpen con aplausos y ovaciones. Bashar no pide perdón, es desafiante. Es el resto del mundo el que ha enloquecido.
Junto a la influencia de la corte de aduladores hay, según Lesch, algunos momentos clave para entender cómo el dictador se ha crecido hasta los extremos actuales. «Tras sobrevivir a la presión de Estados Unidos y de Occidente tras la invasión de Irak y especialmente después del asesinato del ex primer ministro libanés Rafiq Hariri en 2005, Bashar desarrolló un cierto triunfalismo. Se alimentó su instinto de supervivencia y su sentimiento de omnipotencia». Como gobernante, había cometido errores de manual y, sin embargo, seguía en su puesto, más consolidado que nunca. Su supervivencia, dicen, le hizo sentirse invencible.
Sahloul, el médico de Chicago, tuvo un par de encuentros con el presidente en los últimos años. Lo describe como un gestor que desoye los consejos de sus asesores y que al final decide por sí solo y a menudo de manera irracional.
A Abdel Nour, el antiguo asesor del presidente sirio, nada de lo que ve le sorprende. Al contrario. Dice que le encaja a la perfección con los rasgos de la personalidad del hombre del que fue inseparable. «Vive en una burbuja. Cree que su poder emana directamente de Dios y que lucha contra terroristas, espías extranjeros y enviados del emir de Catar. Le puedo asegurar que Bashar el Assad duerme bien por la noche».
(*) El País, España