La República
El mariscal Abdel Fatah Al Sisi renunció el viernes pasado al Ministerio del Interior y anunció formalmente que se postulará a la presidencia. Con el telón de fondo de 529 condenas a muerte en un juicio de dos horas, el dictador será seguramente tarificado y se restaurará completamente el mubarakismo perturbado por la “primavera” de enero y febrero de 2011.
El militar golpista no prometió más que represión. Dijo que en caso de salir elegido presidente, intentará dar al país “estabilidad, seguridad y esperanza si Dios quiere”, aunque afirmó que ese objetivo es “complicado”.
El ejército que dejó caer a Mubrak, buscó recuperar el status quo desde la revuelta de 2011. Y es un ejército que tiene en sus manos buena parte de la economía. En las manifestaciones de la plaza Tahrir reprimidas sólo por la policía, se unieron varias corrientes a la sombra de la suma mundial de los alimentos y en reflejo de la exitosa revuelta tunecina. Sectores que buscaban una democracia pro occidental, jóvenes estudiantes, trabajadores sindicalizados, mujeres feministas, otros sectores y, además, los Hermanos Musulmanes. Éste era el viejo partido de la resistencia al militarismo que derrocó al rey Faruk I en 1952. Desde el principio fue ilegalizado y sus integrantes fusilados. Pero nunca desaparecieron porque estaban vinculados a las mezquitas y construían una red de contención social en un país que carecía de un sistema de previsión avanzado.
Ante la dispersión de los demás sectores, y pese a las proscripciones, los Hermanos ganaron las elecciones. Descartaron una constitución militarista y crearon una con referencias religiosas. Eso demuestra que no había cultura de convivencia democrática, pero no que esa agrupación sea fundamentalista o terrorista. El politólogo uruguayo Gabriel Dellacoste los comparó a un PDC o la UCD que gobierna Alemania.
Pero Sisi no pensaba someter el ejército a un poder civil. El 3 de julio de 2013 dio un golpe para apoyar a nuevas manifestaciones pro occidentales. La resistencia de los Hermanos Musulmanes fue respondida con ametrallamientos masivos a manifestaciones y más adelante declarando a su partido como “terrorista”. La condena a muerte a 529 personas que manifestaban por el asesinato de 700 manifestantes, tras dos sesiones de una hora, son solo el hecho que recibió atención mediática en un panorama de 16 mil detenidos y ante nuevas acusaciones masivas a dos mil personas más.
La represión no terminó porque la resistencia tampoco pero los sectores liberales y hasta buena parte de la izquierda que le hicieron el juego a la restauración apoyando al golpe, ya no son una perspectiva de salida democrática. La primavera pasó, el verano fue caliente y el invierno se vislumbra congelado.
El caso egipcio puede contrastarse con el de Túnez y los de otros países europeos como Ukrania y Bulgaria o a la caricatura de revuelta en Venezuela. El aura de frescura asociado a “la multitud” y a Twitter no son garantía de nada. Ni de un movimiento progresista, ni de conquistas aseguradas, ni de una democracia estable. Todo es mucho más difícil y requiere mucha más reflexión. Aunque sigue siendo cierto que no habrá ni progreso, ni conquistas, ni democracia verdadera sin movilización y lucha.
El invierno egipcio
31/Mar/2014
La República