El hijo bastardo de Medio Oriente

11/Sep/2014

Enlace Judío, RODRIGO AZAOLA

El hijo bastardo de Medio Oriente

Dos tipos de comentarios
son usuales hoy en día cuando se habla del Estado Islámico. Los primeros se inclinan
al azoro y lo describen con la estupefacción de quien detalla una experiencia
onírica: avanzan y depredan sin freno, cuando no aniquilan a los pobladores los
obligan a adoptar leyes y costumbres bárbaras, en cosa de días sumergirán a la
región en llamas y etcéteras.
La segunda clase de
comentarios pretende un poco más de rigor al desplegar soluciones que van desde
la comodidad de invocar a Naciones Unidas (como si no estuviera suficientemente
asfixiada por el peso económico de procurar a cientos de miles de refugiados)
hasta la ocurrencia magistral de formar de la noche a la mañana fuerzas
militares multinacionales.
Pero estas aproximaciones
descontextualizan al Estado Islámico de la historia y política de la región e
ignoran deliberadamente las causas estructurales, que de hecho, alimentan su
existencia.
En la segunda mitad del
siglo XX se permitió a los países de Medio Oriente cualquier exceso en contra
de sus sociedades siempre y cuando acataran ciertas condiciones: mantener el
flujo y los precios de los hidrocarburos, aceptar la creación del estado de
Israel, o al menos evitar las agresiones, y maniobrar militar y políticamente
dentro del marco permitido por la Guerra Fría y a su término, del efímero
control ejercido por Estados Unidos, el poder hegemónico en la zona.
Sadam Hussein, la
dinastía Assad en Siria, la casa de Saud y las petromonarquías del Golfo
Pérsico, Mubarak… todos sin excepción ignoraron las sugerencias, reclamos,
exigencias o buenos deseos –dependiendo del clima político del momento–, para
propiciar una genuina vida democrática en sus países.
Desde el panarabismo de
Nasser, hasta el corporativismo estatal del partido Baath en Siria e Iraq, por
no hablar de los reinos hereditarios, se logró destruir de manera sistemática,
y en no pocos casos despiadada, cualquier maduración cívica o política. Durante
décadas las universidades, los sindicatos, los intelectuales, las asociaciones
civiles e incluso las organizaciones religiosas fueron controladas, cooptadas o
simplemente suprimidas.
De ahí a la
radicalización y clandestinaje de grupos políticos y religiosos (los notorios
fundamentalistas) no hubo sino un paso. Aún más, la evisceración de la vida
intelectual de las sociedades se dio en paralelo a la manipulación de grupos
radicales por parte de los regímenes y sus aliados extra regionales. Estos
grupos probaron su efectividad en ciertas tareas inmediatas, pero en el largo
plazo demostraron ser un desastre de escala global, el ejemplo más infame
siendo el de los “estudiantes” afganos, el talibán y su asociación con
al-Qaeda.
Pretender que el Estado
Islámico, o las decenas de organizaciones con doctrinas similares en todo Medio
Oriente y que ciertamente alimentan a sus pares desde Nigeria hasta Asia
Central, surgen del vacío como una suerte de plaga bíblica es una enorme
inexactitud, que además le roba claridad al por qué algunos sectores de la
población, aunque minoritarios, si bien no los apoyan abiertamente al menos lo
toleran.
Para ser claros, estas
organizaciones operan y se hacen fuertes gracias a tejidos políticos
inexistentes, se nutren de la ausencia de elecciones libres y sistemas
parlamentarios y encuentran terreno fértil en aquellas sociedades que se
caracterizan por sistemas educativos y mercados laborales ineficientes y discriminatorios.
Su aparición en donde existen aparatos de Estado que dan preeminencia a las
confesiones religiosas, al nepotismo y a la corrupción por sobre identidades
nacionales o afiliaciones cívicas no debería sorprender a nadie.
La emasculación de la vida
intelectual y política del Medio Oriente se debe por igual tanto a los
regímenes que arrojaron a sus juventudes al radicalismo, ante la ausencia de
canales legítimos, como a las potencias extra regionales que por no manifestar
vehementemente su oposición a tales gobiernos de manera implícita consintieron
en la expansión de las interpretaciones más radicales y anacrónicas del Islam.
El Estado Islámico no es
pues sino la transición a la edad adulta del radicalismo, producto de la
represión y la complicidad. Desde este punto de vista, su existencia no es tan
preocupante como el vacío político e intelectual en el que opera y se hace
fuerte.
Si algo hay que lamentar
más allá de las atrocidades cometidas por este y otros grupos similares es sin
duda el silencio de las mayorías, que desprovistas históricamente de una
experiencia genuinamente cívica, democrática o comunitaria, se encuentran
indefensas por su incapacidad para articular narrativas antagónicas al
radicalismo.