El final del delirio

19/Jul/2011

El Observador, Recortes de Historia, Lincoln Maiztegui Casas

El final del delirio

17-7-2011RECORTES DE HISTORIA HOY lA EJECUCIÓN DE B. MUSSOLINI
LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
Cuando el miércoles 18 de abril de 1945 a las 6 de la tarde Benito Mussolini abandonó la Villa delle Orsoline, en Gargnano, rumbo a Milán, aún era el presidente de la República Social Italiana. Conservaba algo de su imponente presencia de héroe extraído de un melodrama de Felice Romani, pero a esas alturas no había en él más realidad que la que existe en un obeso tenor. Abandonado por los suyos, custodiado mucho más que protegido por soldados alemanes, era un hombre quebrado y acosado que procuraba desesperadamente salvar el pellejo. Antes de partir había vendido el edificio y la maquinaria de su diario «Il Poppolo d´Italia» al industrial Cella en 109 millones de liras que había colocado en un banco suizo.
La renuncia
A las 8 de la noche de ese mismo día los 5 automóviles y un camión que constituían la caravana del otrora caudillo del fascismo llegaron al Palacio de la Prefectura de Milán, última sede de su gobierno. Por entonces, los sectores marxistas de la resistencia, encabezados por Luigi Longo y Palmiro Togliatti, lo habían condenado a muerte. Sin duda el Duce no sabía que el teniente alemán Birzer, encargado de su custodia, tenía la orden de fusilarlo si se negaba a marchar a otro sitio que no fuera Alemania. En aquella coyuntura extrema tenía tres posibilidades de salvar la vida: lograr un acuerdo con miembros del Comité de Liberación Nacional de Italia, ganar la frontera suiza o caer en manos de los estadounidenses. Intentó los tres caminos, sucesivamente y sin éxito.
El miércoles 25 de abril de 1945, en horas de la tarde, Mussolini, acompañado del general Graziani, llegó a la Curia milanesa y se reunió con el primado de Milán, cardenal Schuster. Ante el pedido del alto dignatario eclesiástico de que evitara ulteriores derramamientos de sangre, el Duce manifestó su intención de disolver el Ejército y la Policía de la República, dimitir y marcharse al inaccesible sitio alpino de la Valtellina, donde al frente de 3.000 fieles camisas negras daría la batalla final. Llegaron luego, previamente citados, los miembros del Comité de Liberación presididos por el mariscal Cadorna; entre sus miembros se encontraban el abogado democristiano Marazza, el ingeniero Lombardi, Sereni y Valiani. La reunión fue tensa, pero se desarrolló en un clima de corrección.
Mussolini declaró su propósito de socializar todas las empresas que funcionaban en el ámbito de la República y de entregar el poder al Partido Socialista, pero esa propuesta fue recibida con expresiones de escepticismo e incredulidad. Los miembros del Comité le dieron cuatro horas para que todas las fuerzas fascistas se entregaran y prometieron, a cambio, que se les respetaría la vida hasta la celebración de un juicio con garantías.
El Duce rechazó la propuesta afirmando que tenía obligaciones de fidelidad con los alemanes, pero en ese momento le informaron que el principal jerarca militar nazi de la zona, general Wolff, había convenido un acuerdo de rendición ante los aliados sin consultar al gobierno de la República Social. Mussolini se puso rojo de cólera, afirmó que esa noticia lo liberaba de todo compromiso con «i tedeschi» y pidió una hora para responder al ultimátum que había recibido.
Hacia el norte
De regreso en el Palacio de la Prefectura se reunió con algunos miembros de su gobierno y otros militantes fascistas, en un clima de derrota y rabia. Acto seguido decidió emigrar hacia el norte, rumbo a la Valtellina, pero también a la frontera suiza. La caravana de automóviles, siempre vigilada por tropas alemanas, partió al caer la noche.
En uno de los coches que seguían al Duce iba una joven llamada Claretta Petacci. Se había enamorado de Mussolini en 1933, cuando tenía 19 años, y pese a que en 1934 se había casado con el teniente Federici, pronto se separó de su esposo y se convirtió en una de las muchas amantes del entonces poderoso caudillo. Era una muchacha bella y voluntariosa, con un temperamento romántico e inclinado a la tragedia de ribetes líricos, como buena italiana.
Mussolini y los suyos llegaron a Como, donde se encontraba Rachelle, su esposa, con los dos hijos menores de ambos, Romano y Anna María, pero los cónyuges no se vieron; Mussolini habló con Rachelle por teléfono y le dio instrucciones de buscar refugio en Suiza. Luego llamó al cardenal Schuster y le pidió que actuara como intermediario ante las autoridades suizas para que se le permitiera entrar a ese país.
Pero cuando al otro día la caravana intentó emprender la marcha hacia la frontera, el teniente Birzer lo impidió; Mussolini sólo podía escapar hacia Alemania. El Duce reivindicó su derecho a disponer de su vida, pero Birzer advirtió que ordenaría que le disparasen si intentaba marchar hacia otro rumbo.
La caravana fascista, después de esta tensa escena, emprendió viaje hacia el norte, por las bellísimas carreteras de montaña de los Alpes italianos.
Al llegar a Grandola, a pocos kilómetros de Suiza, el Duce se encontró con que los 300 o 500 «camisas negras» que debían esperarlo para organizar una resistencia numantina habían quedado reducidos a un puñado de adolescentes. Ante ese nuevo golpe, decidió permanecer en Grandola, pero los alemanes le hicieron ver que la zona estaba rodeada de partisanos y que corría grave peligro de ser capturado; no había otra opción que seguir hacia Alemania.
«Eccelenza»
Al llegar al paso alpino de Dongo, la caravana en la que viajaba el Duce fue detenida por la 52ª Brigada Garibaldi, guerrilleros comandados por el conde Pier Bellini delle Stelle, un partisano de tendencia democristiana. Los camioneros alemanes dijeron a los partisanos que no tenían intenciones de combatir, sino abandonar Italia y ganar la frontera alemana.
Después de largas negociaciones, los guerrilleros fijaron su posición: los alemanes podían pasar, pero los fascistas que lo acompañaban debían constituirse en prisioneros. Por supuesto, los oficiales nazis aceptaron, lo que produjo un aquelarre de gritos y protestas de los italianos. En aquel pandemonium, se decidió que el Duce se colocara un capote y un casco alemán y se confundiera con los demás soldados en la caja de un camión.
En el pueblo de Dongo, que estaba a continuación del paso de montaña, los fascistas fueron fusilados casi de inmediato.
El camión en que viajaba Mussolini fue detenido y revisado, y allí, al parecer, el pantalón que llevaba el Duce llamó la atención de uno de los guerrilleros. Este se aproximó a aquel pretendido soldado alemán que parecía dormir, le levantó el casco y lo reconoció de inmediato. «Signore», le dijo, sin obtener respuesta. Uno de los soldados alemanes que hablaba italiano, le dijo entonces: «Il camarada e ubriaco» (el camarada está borracho); pero el partisano no se dejó engañar e insistió: «Eccelenza». Mussolini permaneció en silencio, pero cuando quien lo interrogaba dijo: «Eccelenza Benito Mussolini», se quitó el casco y reveló su conocidísimo cráneo calvo. Estaba descubierto.
En manos de sus enemigos, Mussolini recibió un trato correcto. El conde Bellini delle Stelle, cuyo nombre de guerra era Pietro, le aseguró que no debía temer por su vida mientras estuviese en sus manos, y le adelantó su intención de entregarlo a las autoridades de la Resistencia.
Los partisanos lo trasladaron a Germasino, un pequeño pueblo de montaña, lo atendieron en sus necesidades de abrigo y alimento y lo trataron siempre de «Eccelenza». Sospechando que podía ser víctima de un secuestro o un atentado, se resolvió trasladarlo a la aldehuela de Giulino di Mezzera, donde fue alojado en casa de unos campesinos. Hasta allí llegó Claretta Petacci, gracias a la bondad de «Pietro», que le permitió unirse a su amante.
El cráneo de Mussolini había sido vendado, como si estuviese herido, para evitar su reconocimiento.