El error de Occidente fue nunca tomar a Jamenéi en serio

05/Mar/2026

The Jerusalem Post- por Zvika Klein+ (traducido por Nuevo Mundo Israelita)

 

Durante décadas, los líderes occidentales desestimaron el lenguaje de Alí Jamenéi como mera retórica. Pero su historial demostró que la ideología, y no la ambigüedad, guió la estrategia de Irán hacia Israel, Estados Unidos y su propio pueblo

 

ay un tipo de estadista que Occidente nunca aprendió a tomar en serio: el absolutista ideológico. El verdadero creyente que dedicó toda su vida a construir una visión del mundo y luego, sorprendentemente, actuó en consecuencia.

 

Alí Jamenéi era ese hombre. Y nuestra persistente incapacidad para aceptar esto sin reservas podría ser el error analítico más trascendental de nuestra era.

 

Consideremos el Holocausto. Jamenéi institucionalizó su negación. Sus plataformas amplificaron el negacionismo del Holocausto en el mismísimo Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, tratando el asesinato de seis millones de judíos como un asunto debatible, una imposición occidental y una especie de delito de pensamiento que los hombres valientes deberían tener el valor de cuestionar. Siguió recurriendo a la misma obsesión hasta bien entrados sus ochenta años: ideología, no estrategia.

 

La respuesta diplomática preferida siempre fue la desambiguación. Decía «sionistas», no «judíos».

 

Señalaba a la pequeña comunidad judía que aún queda en Irán como prueba de buena fe. Pero cuando Israel era descrito, año tras año, como un «tumor canceroso» que requería «desarraigo» —el vocabulario específico del eliminacionismo, no de la crítica, ni de la rivalidad, sino de la extirpación biológica—, las desautorizaciones que lo acompañaban se convertían en ruido. Los patrones eran más honestos que los argumentos.

 

Esto era importante porque Jamenéi era el líder supremo de un Estado-nación con misiles balísticos, una vasta red de intermediarios y un programa nuclear activo. Bajo su dirección, Irán convirtió a Hezbolá en una fuerza militar capaz de amenazar el norte de Israel. También bajo su dirección, Hamás recibió las armas y el entrenamiento que hicieron posible el 7 de octubre.

 

Cuando Jamenéi describía la destrucción de Israel como el destino, estaba definiendo un objetivo estratégico y financiándolo.

 

Su promesa: “Muerte a Estados Unidos”

«Muerte a Estados Unidos», nos aseguraban, era mera retórica. Los grandes lexicógrafos del apaciguamiento ofrecieron este consuelo durante décadas. Sin embargo, la estrategia regional de Irán se basaba en la presión indirecta contra los aliados de EEUU, amenazas a las fuerzas estadounidenses, y un marco teológico que trataba a Estados Unidos como un enemigo moral permanente.

 

Los eslóganes tienden a reflejar la sicología detrás de la política.

 

Lo más esclarecedor del historial de Jamenéi fue su coherencia. Nunca se moderó en sus 35 años de liderazgo supremo. No se dejó dominar por presidentes pragmáticos ni reformar por el diálogo.

 

Construyó pacientemente un sistema: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, sus proxies, la cobertura nuclear y el aparato ideológico que se extendía a escuelas, mezquitas y la televisión estatal. El sistema le respondía. El sistema lo reflejaba.

 

Cuando los funcionarios iraníes ofrecían palabras tranquilizadoras en inglés —en Davos, en la ONU, en negociaciones extraoficiales—, periodistas y diplomáticos tendían a oír lo que querían escuchar. El método más fiable para conocer la verdad era leer la versión en persa y luego comparar. La diferencia era la historia.

 

Algo que no debe pasarse por alto: el régimen de Jamenéi no era Irán. Los iraníes que salieron a las calles en 2009, 2019 y 2022 —quienes corearon contra el régimen, murieron por él y estuvieron en la prisión de Evin por él— nos dijeron algo cierto sobre su país que los discursos del líder supremo nunca revelaron. Sus crueldades hacia su propio pueblo y hacia sus vecinos surgieron del mismo lugar, y se extendieron en círculos concéntricos hacia el exterior.

 

Construyó un proyecto, creyó plenamente en él, y dedicó décadas a hacerlo realidad. La pregunta ahora es qué harán sus sucesores con lo que dejó atrás.

 

*Editor jefe de The Jerusalem Post.

Fuente: The Jerusalem Post.

Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.