Dachau, a poco más de diez kilómetros al
noroeste de Múnich, es un punto negro en la historia reciente de la Humanidad.
Un brote del mal en el sentido más estricto de la palabra; un episodio
inenarrable que obliga a ser contado una y otra vez. El campo de concentración
homónimo, el primero construido por los nazis, en marzo de 1933, esconde sin
embargo historias vitales que, sobre el mismo escenario, te reconcilian con el
Hombre. La crónica sobre el doctor Vicente Parra Bordetas (Madrid, 1886) es una
de ellas.
Parra, médico español vinculado a la
izquierda y combatiente republicano, sobrevivió no solo a la Guerra Civil y
Dachau, también al denominado «Tren Fantasma» que deambuló por Francia durante
dos meses en el verano de 1945, con cientos de personas hacinadas en sus
vagones, sin agua ni ventilación, camino del campo de exterminio alemán. Se
calcula que en el campo de Dachau, liberado ese mismo año por el ejército
norteamericano, murieron cerca de 30.000 personas en ocho años.
Vicente Parra fue médico rural en Toledo y
Madrid. Vinculado a movimientos izquierdistas, tras la Guerra Civil huyó a
Francia, donde fue detenido
Licenciado en medicina en 1908, Parra
trabajó unos años como médico local en Mora, un pequeño pueblo de la provincia
de Toledo. Más tarde, hizo lo propio en los hospitales de La Princesa y el Buen
Suceso de Madrid. Al estallar la Guerra Civil, se unió como médico al Socorro
Rojo Internacional y, después, con el mismo cometido, a los Guardias de Asalto
(cuerpo de Policía de la Segunda República). Los sucesos de mayo de 1937, que
enfrentaron a grupos anarquistas con el Estado republicano, lo llevaron a
Barcelona como miembro activo de este cuerpo. Según explica Miguel Jiménez
Aleixandre en su escrito «Vicente Parra, médico español en Dachau» (incluido en
el «Exilio científico Republicano», de Josep L. Barona), la toma de la Ciudad
Condal por el ejército franquista empujó a Parra a Francia, que huyó a través
de la Junquera en febrero de 1939.
Detención y traslado a Dachau
Ya en territorio francés, Vicente Parra
conoció diferentes campos de internamiento, en muchos casos acompañado por sus
hijos y habitualmente como encargado de la enfermería. Uno de ellos fue Le
Vernet, al sur del país. Si bien en ese momento no tuvo una importancia capital
en la vida del médico, posteriormente sí fue así. A este lugar, narra Jiménez
Aleixandre, volvió en 1943 cuando fue detenido por la policía del régimen de
Vichy, y aunque se había ganado cierta reputación como doctor, con las
consiguientes instancias de liberación por los responsables del centro,
únicamente salió de allí para ser trasladado en Dachau.
Más de cuatrocientos internos fueron
llevados a un cuartel de Toulouse como avanzadilla de los cientos de
prisioneros que fueron desplazados al campo de concentración de Dachau.
Agrupados en vagones sin ventilación, con unas setenta personas en un espacio
donde apenas entraban cuarenta, fueron los primeros pasajeros del denominado
«Tren Fantasma», una suerte de culebra de la muerte que, con su traqueteo lento
y premonitorio, recorrió durante julio y agosto las vías francesas, huyendo del
fuego aliado y las emboscadas de los partisanos de la Resistencia gala. Sin
embargo, nunca llegaron a liberarlos. Los inquilinos de Le Vernet fueron los
primeros, pero a ellos se sumarían los presos de la cárcel Saint Michel,
también en Toulouse, y una veintena de mujeres que fueron recogidas de varios
campos de internamiento de la zona.
En los trenes a Dachau viajaban hacinados
setenta personas en un espacio para cuarenta. Al abrir las puertas, después de
varios días, los pasajeros caían inertes como muñecos
Los escritos que acompañan a la narración
de Aleixandre detallan, literalmente, que en el interior de los trenes los
«excrementos eran las camas» de los supuestos pasajeros, amontonados y
apretados, sin salir del tren durante días, como mercancía, peor que si fueran
animales y sin poder coger ni siquiera una bocanada de aire. El sofocante calor
de la época no hizo sino agudizar la agonía de cientos de personas que, al
abrir las puertas, caían inertes como muñecos. De nuevo, los conocimientos de
Parra fueron vitales. Apunta el mismo escrito que en algunos de los asaltos de
los franceses pudo escapar, pero prefirió quedarse para auxiliar a sus
compañeros de viaje.
Prácticamente despojados de toda condición
humana, los prisioneros llegaron a Dachau, raquíticos y acomodados al
putrefacto olor de su sudor y excrementos. Para entonces, como eunucos, el
significado de la palabra dignidad había perdido todo su sentido en aquellos
vagones. Vicente Parra permaneció ocho meses en el campo de concentración nazi.
Allí, con apenas 50 kilos de peso, fue una de las vías de salvación para los
cautivos. Atendió a las víctimas de los experimentos y a los aviadores
norteamericanos que habían sido abatidos por los alemanes.
Clave para combatir una epidemia de tifus
que asoló el campamento (no por la enfermedad en sí, sino porque los soldados
nazis los marcaron como «no aptos» para el trabajo), en el momento de la
liberación fue identificado como el representante de los españoles en el Comité
Internacional de Prisioneros. Vicente Parra Bordetas murió en Caracas,
Venezuela, en 1967. Con la sombra de lo vivido, siguió como médico hasta su
final. Entre sus cargos destaca el de director del Hospital Varsovia de
Toulouse, el hospital de los exiliados republicanos.
El doctor madrileño que sobrevivió a Dachau y a los «trenes de la muerte» nazis
11/Mar/2016
ABC, España, Por Ignacio S. Calleja