Esta semana se cumplen 78 años de la Noche
de los Cristales Rotos, el pogromo que los nazis desencadenaron contra los
judíos de Alemania y Austria los días 9 y 10 de noviembre de 1938. El pretexto
fue la muerte dos días antes del primer secretario de la Embajada de Alemania
en París, Ernst vom Rath, a manos del joven judío polaco Herschel Grynszpan.
Las investigaciones posteriores revelaron indicios de que pudo ser un crimen
pasional -Vom Rath habría conocido a Grynszpan en los ambientes homosexuales de
París- pero Goebbels las descartó de plano. En todo caso, el luctuoso suceso
brindó a los nazis la ocasión de desatar la violencia de las SS, las SA, las
Juventudes Hitlerianas en colaboración con la GESTAPO y otras fuerzas del
Estado.
La propaganda antisemita había ido
allanando el terreno para la violencia física. La llegada de los nazis al poder
supuso la aprobación progresiva e imparable de sucesivas medidas que tendían a
apartar a los judíos del resto de la sociedad. La supresión de sus derechos y
libertades, la discriminación como política de Estado, la eliminación del
espacio público, la demonización, la deslegitimación de su sola existencia,
crearon a lo largo de los primeros años del Reich las condiciones para el
exterminio que la Noche de los Cristales Rotos anticipó. Así, cuando el propio
día 8 el Völkischer Beobachter publicó un editorial advirtiendo que “los tiros
disparados en París anuncian una nueva actitud de Alemania en relación con la
cuestión judía”, cualquier observador podía figurarse lo que se avecinaba.
Todo comenzó cuando Vom Rath murió el 9 de
noviembre y Goebbels anunció por la radio que “las manifestaciones que
estallasen de forma espontánea no serían reprimidas”. Era la consigna para el
pogromo a cargo de las organizaciones del Partido Nazi. Durante toda la noche,
los miembros de las SA vestidos de paisano y armados de hachas y martillos
asaltaron las propiedades -las sinagogas, las tiendas, los locales y las casas-
de los judíos de Alemania. Se trataba de destruir, no de saquear, así que no se
autorizó el pillaje de los lugares asaltados. Los archivos de las sinagogas
quedaron en poder de las SS y el Partido Nazi, a través del Servicio de
Seguridad, la agencia de inteligencia que servía a ambos. Los asaltantes
destruyeron unas 200 sinagogas -casi todas las de Alemania- y más de 7.000
tiendas y locales. Arrasaron 29 grandes almacenes. Detuvieron a más de 30.000
judíos, a los que trasladaron a campos de concentración como Dachau, Buchenwald
y Sachsenhausen. Casi el 10% de ellos murió durante el encierro. Algunos judíos
fueron apaleados hasta la muerte durante aquella noche. Otros fueron forzados a
mirar cómo ardían sus casas o sus tiendas. Los rollos de la Torá y los libros
de oraciones ardieron en piras junto a los mantos de oración y los libros de
religión y filosofía. Docenas de cementerios fueron profanados.
A 78 años de esta atrocidad, uno debe
preguntarse qué lección cabe extraer de este episodio de la historia de Europa.
El nazismo, el comunismo y, en general, las ideologías totalitarias
proliferaron en el continente y las islas desde donde que se gobernaba la mayor
parte del mundo conocido. Esto debería enseñarnos que ni la cultura, ni el
desarrollo económico ni el progreso tecnológico son antídotos frente a la
barbarie. Las ideologías del odio que arrasaron la Europa del siglo XX no han
desaparecido. El antisemitismo sigue vivo en un continente que no ha logrado
deshacerse por completo de sus fantasmas. Ahí están las campañas que llaman al
boicot contra los judíos so pretexto de ser contra Israel, el Estado judío. Ahí
siguen resonando las renacidas teorías de la conspiración judía mundial. Ahí
continúan los intentos de deslegitimación, las demonizaciones y los dobles
raseros. El antisemitismo en la Europa de nuestros días se difunde a través de
las redes y círculos de la extrema derecha, la extrema izquierda y los
movimientos islamistas y yihadistas. Las tres formas de totalitarismo confluyen
así, en el odio a los judíos.
En los días siguientes a la Noche de los
Cristales Rotos, casi nadie alzó la voz en defensa de los judíos. Hubo críticas
por el descrédito que Alemania sufriría en el exterior o por los daños que las
aseguradoras tendrían que pagar, pero apenas hubo nadie que denunciase la
atrocidad de apalear hasta la muerte a seres humanos o incendiar lugares de
oración, casas y comercios. Casi nadie alzó la voz contra las tumbas abiertas,
los cementerios profanados ni los rollos de la Ley hechos cenizas. Cuando los
presos fueron liberados de los campos -recordemos que no habían hecho nada- se
les obligó a abandonar Alemania. Tampoco hubo muchas protestas por esto. En
realidad, apenas hubo ninguna.
Una de las grandes
tragedias de Europa ha sido la de aquellos que contemplaron el mal sin
reaccionar ni enfrentarse a él. Junto a los verdugos y las víctimas, hay que
recordar a la multitud de los observadores: los cobardes, los indiferentes, los
cómplices voluntarios del silencio y el rostro vuelto. Mientras el
antisemitismo no desaparezca de Europa, estos acontecimientos de 1938 -y
aquellos otros que vinieron después- seguirán imponiendo sobre nosotros, los
europeos del siglo XXI, la misma responsabilidad de recordar y obrar en
consecuencia, es decir, el deber de reaccionar y no permanecer indiferentes.
El deber de reaccionar
08/Nov/2016
El Imparcial, España, Por Ricardo Ruiz de la Serna Analista político