SEÑALEROJORGE ABBONDANZA
Malala Yousafzai es una estudiante paquistaní, tiene 14 años y lucha abiertamente por la creación de un fondo destinado a que las niñas pobres de su país tengan acceso a la educación, superando barreras sociales y religiosas. El martes 9 salía de la escuela con varias compañeras y se dirigía a tomar un ómnibus para volver a su casa, cuando recibió un balazo en el cuello que estuvo a punto de matarla. Unas horas después, en el hospital militar de la cercana ciudad de Peshawar, la operaron para extraer el proyectil, que estaba alojado junto a la médula espinal y exigió una prolongada intervención en plena madrugada. Quienes le habían disparado con tiros de fusil eran dos militantes de la secta talibán, como respuesta al activismo de la víctima y en demostración de los métodos ultraconservadores de ese movimiento islamista. El miércoles 10, en referencia al episodio, un vocero talibán hizo tres declaraciones que conviene conocer:
1) considera a Malala «una joven profana que promueve la cultura occidental y se ha mostrado contraria a los talibán», por lo cual sostuvo que «es necesario matarla».
2) «estamos totalmente en contra de la educación mixta y de un sistema educativo laico». Hace 15 años, cuando un gobierno talibán asumió el poder en Afganistán, cerró todas las escuelas para niñas.
3) «cualquier mujer que, por el medio que sea, juegue un papel en la guerra contra los mujaidines, debe morir».
Malala ya había recibido amenazas de muerte y dos de sus amigas también resultaron heridas en el atentado. Acompañando esa barbaridad, el portavoz talibán citó pasajes del Corán donde se justifica el asesinato de mujeres y niñas. Un día después, sin embargo, atenuó sus afirmaciones, porque el caso de Malala conmovió a la opinión pública mundial, a la prensa y a las autoridades de Pakistán, un bloque frente al cual no parece fácil sostener posturas extremistas, ni siquiera para el enardecido discurso talibán. Pero la batalla que libra Malala no está ganada en esas madrigueras fundamentalistas de Asia central.
En un marco razonablemente civilizado, no existe creencia religiosa, tendencia ideológica, sistema político ni doctrina moral capaces de defender el asesinato de una niña de 14 años, presentándolo como un compromiso sagrado, un acto de fe o un deber disciplinario. Pero los talibán son una excepción a esa regla universal, y su ferocidad debe relacionarse con la etapa de desarrollo que viven hoy ciertas mentalidades musulmanas. Porque Mahoma (570-632) murió cuando el Cristianismo ya llevaba seis siglos de evolución en el mundo mediterráneo, de manera que el Islam actual equivale al estado en que vivía la Iglesia occidental en el siglo XIV, una época afiebrada donde la quema de brujas en la hoguera también se practicaba como una ejecución purificadora.
En el siglo XXI, empero, ante los ojos de un mundo horrorizado, el peligro que corre Malala cuenta con otros auxilios y dispone de otras defensas, capaces de demostrar que el misticismo desenfrenado de los victimarios (encerrados en su atmósfera medieval) no pertenece al ámbito de la devoción sino al terreno del homicidio. Como resultado irónico del episodio, los balazos del martes 9 han convertido a una profana en una heroína. Y hasta es posible que el revuelo provocado logre facilitar el acceso de las niñas pobres de Pakistán a la educación que por el momento no reciben.
El asesinato por devoción
17/Oct/2012
El País, Uruguay, Jorge Abbondanza