El antisemitismo: una nueva peste mundial

03/Jun/2026

Enlace Judío México- por Ruben Kaplan

 

 

El flagelo del antisemitismo vuelve a expandirse por el mundo con una intensidad que pocos habrían imaginado posible en pleno siglo XXI. No obstante los extraordinarios avances científicos, médicos, tecnológicos y otros formidables desarrollos alcanzados por la humanidad, una de las formas más antiguas del odio parece haber encontrado nuevos canales de propagación y otras formas de legitimación. Lo que durante años fue considerado por muchos un prejuicio residual ha reaparecido con una fuerza alarmante.

 

El miasma deletéreo creado por el ser humano se esparce por el mundo y su efluvio está contaminando a la humanidad. Este azote, cuya existencia se remonta a miles de años, avanza implacablemente y parece haber alcanzado un nuevo grado paroxístico. Durante siglos hubo períodos en los que la plaga menguaba temporalmente, permaneciendo agazapada hasta volver a recrudecer con mayor intensidad. Lo más dramático e inexplicable es que, a pesar del tiempo transcurrido desde su origen y de la extraordinaria evolución material de la civilización, la catástrofe no cesa.

 

Esta inconcebible calamidad afecta a una minoría en particular, pero quienes la propagan pertenecen a los más diversos sectores culturales, sociales y políticos. Fanáticos religiosos, extremistas de derecha e izquierda, ignorantes o instruidos, violentos o respetables ciudadanos confluyen en un mismo fenómeno. Todos ellos, a pesar de sus profundas diferencias, terminan contribuyendo a la propagación de una misma peste: el antisemitismo.

 

Paradójicamente, tras la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre de 2023, el fenómeno experimentó una expansión global difícil de ignorar. Las agresiones físicas, amenazas, actos vandálicos, campañas de hostigamiento y expresiones de odio contra judíos se multiplicaron en numerosos países. Lo más preocupante es que muchas de estas manifestaciones ya no aparecen confinadas a grupos marginales, sino que encuentran espacios de legitimación política, académica, mediática e incluso institucional.

 

La enfermedad, sin embargo, ha mutado. Ya no se presenta únicamente bajo las formas clásicas que marcaron buena parte de la historia europea. En la actualidad adopta múltiples rostros y discursos. Se manifiesta tanto en sectores de la extrema derecha como en ámbitos de la izquierda radicalizada; aparece en movimientos identitarios, en determinados espacios universitarios y también en sectores influenciados por corrientes islamistas que encontraron terreno fértil en diversas sociedades occidentales.

 

Particular preocupación genera la situación en una Europa donde el crecimiento de sectores islamistas radicalizados ha coincidido con un aumento de manifestaciones antisemitas. En algunos casos, discursos hostiles difundidos desde determinadas mezquitas, centros comunitarios y ámbitos educativos han contribuido a alimentar ese fenómeno. Durante siglos El Viejo Continente fue escenario de persecuciones, expulsiones, pogromos y finalmente del Holocausto. Hoy algunos judíos vuelven a preguntarse si existe un futuro para ellos en determinados países europeos. En numerosas ciudades de Europa, portar una kipá, exhibir una estrella de David o cualquier símbolo visible de identidad judía se ha convertido para muchas personas en una decisión que implica evaluar riesgos de agresión, insultos o discriminación. No deja de resultar significativo que el líder británico de religión judía Adrian Cohen, un prominente abogado londinense y vicepresidente senior de la Junta de Diputados de los Judíos Británicos, anunció que va a emigrar a Israel debido al alarmante aumento del antisemitismo que ha experimentado el país. Su drástica decisión está generando un fuerte debate sobre si el Reino Unido, al igual que otros países europeos, sigue siendo un lugar seguro y acogedor para las futuras generaciones judías.

 

Sin embargo, quizá la mayor alarma reside en los Estados Unidos, donde se acreditó en un informe de mayo de 2026 emitido por el Institute for the Study of Global Antisemitism and Policy (ISGAP) que Qatar destinó 65,3 millones de dólares a lo largo de 17 años (entre 2009 y 2025) para financiar programas educativos en Estados Unidos con el fin de influir en las aulas e impulsar narrativas anti israelíes.

 

La principal democracia occidental y hogar de una de las comunidades judías más importantes del mundo experimenta un preocupante aumento de incidentes antisemitas. Universidades, redes sociales, organizaciones políticas y manifestaciones callejeras se han convertido en escenarios donde discursos que antes resultaban marginales parecen encontrar una legitimidad cada vez mayor. También allí numerosos judíos manifiestan inquietud ante la posibilidad de expresar abiertamente su identidad religiosa o cultural sin convertirse en blanco de hostilidad. Cabe agregar que el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, no asistió al desfile del Día de Israel celebrado en esa ciudad,  quebrando una tradición mantenida por sus pares neoyorquinos desde 1964. Su ausencia fue interpretada por numerosos sectores como un gesto coherente con posiciones que consideran crecientemente hostiles hacia Israel y hacia la identidad judía de la ciudad.

 

A ello se suma un fenómeno particularmente perturbador: la convergencia de sectores ideológicamente enfrentados que coinciden en su hostilidad hacia los judíos o Israel. Extrema derecha, extrema izquierda y corrientes islamistas pueden discrepar prácticamente en todo, pero terminan encontrando puntos de contacto en un mismo prejuicio. En muchos casos, además, estas campañas reciben respaldo político, mediático y financiero de actores interesados en alimentar la polarización, el resentimiento y el conflicto.

 

Otro aspecto preocupante es el papel desempeñado por determinados organismos internacionales. Para numerosos observadores, la ONU y algunas de sus agencias han mantenido durante años una actitud marcadamente sesgada hacia Israel, aplicando criterios que no parecen utilizarse con igual rigor frente a otros conflictos y violaciones de derechos humanos. Desde esta perspectiva, ese tratamiento desigual no sólo erosiona la credibilidad del organismo, sino que contribuye indirectamente a legitimar narrativas que terminan alimentando formas contemporáneas de antisemitismo bajo la apariencia de una crítica exclusivamente política.

 

Lo más inquietante es que numerosos judíos comienzan a percibir señales que creían definitivamente sepultadas en el pasado. En distintos países de Europa y también en Estados Unidos, identificarse abiertamente como judío vuelve a ser, para muchos, una decisión que exige cautela. El simple hecho de manifestar públicamente una identidad religiosa o cultural no debería representar un riesgo en sociedades democráticas. Sin embargo, la realidad parece avanzar en sentido contrario.

 

Resulta difícil evitar ciertas analogías históricas. Aunque cada época posee características propias y toda comparación exige prudencia, el nivel de antisemitismo observable en numerosos países, la normalización de discursos hostiles hacia los judíos y la creciente tolerancia social frente a expresiones de odio evocan fenómenos que Europa y el mundo conocieron durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Algunos observadores sostienen incluso que la magnitud global alcanzada actualmente por el fenómeno podría equipararse, e incluso superar en determinados ámbitos, la existente durante aquel período.

 

Quizá una de las mayores tragedias de nuestra época consiste en comprobar que, pese a los extraordinarios avances previamente mencionados alcanzados por la humanidad, una de las formas más antiguas del odio continúa reapareciendo con inquietante vitalidad. Cambian los lenguajes, los pretextos y las consignas. Mutan los escenarios y los protagonistas. Pero la enfermedad persiste.

 

Y tal vez allí resida uno de los aspectos más perturbadores de esta nueva peste mundial: que después de siglos de historia, persecuciones, guerras y millones de víctimas, el antisemitismo continúa demostrando una capacidad de supervivencia que desafía toda lógica y obliga a preguntarnos cuánto ha evolucionado realmente la condición humana.

 

Rubén Kaplan

Periodista y escrito