El antisemitismo no existe

14/Abr/2026

Seúl, Argentina- por Alejo Schapire

 

 

Una reflexión que cuestiona la negación contemporánea del antisemitismo y analiza cómo, bajo nuevas formas discursivas, el rechazo hacia los judíos se redefine —muchas veces como “antisionismo”— en un debate cargado de tensiones políticas e históricas.

 

El antisemitismo no existe, o es “residual”, como afirma el líder de la izquierda francesa, Jean-Luc Mélenchon. El movimiento antirracista global que conjuga el Black Lives Matter, la descolonización y la lucha contra la “islamofobia” no registra el antisemitismo en su radar. Sólo sale de sus bocas para decir que es un concepto instrumentalizado por “la propaganda del Estado genocida de Israel”. De ser cierta, la noticia del fin de un mal que lleva 2.000 años de persecuciones y la mayor matanza industrial organizada por la humanidad es fantástica. El problema es que la realidad es testaruda.

 

Desde el 7 de octubre de 2023, las estadísticas oficiales en Occidente a partir de denuncias registradas (sin contar las que se callan) muestran un aumento global explosivo de casos, con récords anuales en países como Francia (x 4, +1.000% en los tres meses posteriores al 7 de octubre), Reino Unido (x 6) y Estados Unidos (superando máximos históricos por cuarto año consecutivo). En su informe de enero de 2026, la UNESCO señala “la presencia de antisemitismo en el 78% de las aulas de la Unión Europea”. En la España de Sánchez, el salto también fue espectacular: “los delitos vinculados al antisemitismo, un 60% más”, informa EFE.

 

Entonces, ¿es un problema que ha afortunadamente desaparecido o está en su momento más grave desde el Holocausto? Porque las dos afirmaciones no pueden coexistir. A menos que vaciemos de significado el concepto de antisemitismo y ya no quiera decir atacar a los judíos por ser judíos. Y esto es, precisamente, lo que hace buena parte de la izquierda, que se ha aficionado a cambiarle el sentido a las palabras. Hace un puñado de años, decidió que el racismo ya no era discriminar a una persona por su etnia y religión, sino que se manifiesta sólo cuando una persona blanca ataca a una persona no blanca; con este pase de magia, el antisemitismo deja de ser una forma de racismo, ya que esta misma gente clasifica al judío como blanco, independientemente de la diversidad étnica del pueblo judío y la opinión muy contraria de los verdaderos supremacistas blancos. A esto se agrega que el Estado judío, el más heterogéneo y con más derechos de la región, incluyendo a sus ciudadanos árabes, es visto por esta izquierda como la punta de lanza del apartheid blanco en una parte del mundo “racializada”.

 

A nadie se le ocurriría discutirle a una persona negra lo que es el racismo, a un homosexual lo que es la homofobia, a un discapacitado lo que es el validismo, pero al judío sí se le puede negar su propia definición del antisemitismo.

 

Desvincular racismo y antisemitismo

 

La desvinculación que opera la izquierda entre los conceptos de racismo y antisemitismo no hace más que profundizarse. Es la victoria de la concepción inicialmente marginal de la Teoría Crítica de la Raza en los campus de Estados Unidos y que se ha impuesto: el racismo sólo se manifiesta cuando hay discriminación + poder, lo que implica que quienes son vistos como blancos son necesariamente privilegiados opresores, mientras que los demás son siempre víctimas por un determinismo biológico que los privaría de poder. Esto explica que para la izquierdista Whoopi Goldberg el Holocausto “no se trataba de un asunto de raza”, sino de un tema entre “dos grupos de personas blancas”. Y lo afirmó en televisión apoyándose —con razón— en la redefinición moderna del racismo de la ADL (Liga Antidifamación Americana), que en 2020 reescribió su entrada para decir que ahora racismo es sólo “la marginación u opresión de personas de color basada en una jerarquía racial construida socialmente que privilegia a las personas blancas”. Después de la controversia, la ADL dio marcha atrás y abandonó su definición woke para volver a una universalista: “El racismo ocurre cuando individuos o instituciones muestran una evaluación o tratamiento más favorable a un individuo o grupo basado en raza o etnia”.

 

Uno podrá decir que estas disquisiciones son estupideces que interesan únicamente a un pequeño grupo de especialistas, militantes y estrellas de Hollywood. Error, son ideas que hace rato integran las legislaciones de la “discriminación positiva”, el “delito de odio” y el derecho penal de autor, es decir, que se juzga menos el acto que lo que quien lo comete, por lo que “es” o lo que “puede hacer”.

 

En marzo de 2026, una resolución de la ONU impulsada por Ghana calificó la trata transatlántica de africanos esclavizados y la esclavitud racializada como “el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”. Lo importante de esta resolución no es lo que dice, sino lo que evita decir. Excluye mencionar la esclavitud en el ámbito islámico (donde duró 10 siglos más que en Occidente), la trata dentro del continente africano o las formas modernas de esclavitud. Cínicamente, países como Mauritania, donde actualmente existe la esclavitud hereditaria, votaron a favor de la resolución. Los europeos se abstuvieron, mientras que Estados Unidos, Argentina e Israel votaron en contra. Aparte de que detrás de la resolución, no vinculante, acechaba el pedido de reparaciones históricas, la objeción era por establecer un doble estándar y, sobre todo, establecer una jerarquía dentro del sufrimiento de la humanidad. ¿Es necesario poner a competir la trata de esclavos transatlántica con el Holocausto? Es exactamente lo que pretendía la resolución.

 

Esta misma concepción miope del racismo desemboca en la idea de que hoy “el antisemitismo ya no existe”. De hecho, como Whoopi, creen que el antisemitismo nunca fue una forma de racismo, pese a la codificación extremadamente precisa que los nazis imprimieron con las leyes raciales de Núremberg.

 

Judíos en un bar

 

Estos debates sobre definiciones pueden parecer controversias semánticas abstractas, pero tienen repercusiones reales. ¿Cómo luchar contra un fenómeno cuando no se lo puede nombrar? Esa es la discusión detrás de la integración de la definición de antisemitismo que da en 2016 la IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, presidida en este momento por Argentina). De los 11 puntos de la definición, algunos tratan de los tropos del viejo antisemitismo: la acusación de pueblo deicida, la negación del Holocausto o las clásicas teorías conspirativas de titiriteros en las sombras. Otros ítems abarcan el nuevo antisemitismo: la nazificación de los judíos (“hacen a los palestinos lo que les hicieron los nazis”), la negación exclusivamente para el pueblo judío de tener derecho a un Estado y el doble estándar de exigirle a Israel un comportamiento ejemplar que no pide a ningún otro país. La izquierda sabe reconocer el antisemitismo hasta 1945, pero es ciega, muchas veces voluntariamente, al segundo. Por este motivo, Zohran Mamdani, en su primer día en funciones como alcalde de Nueva York, abrogó la adopción de la definición de la IHRA por su predecesor Eric Adams y levantó restricciones al boicot BDS contra Israel. Por la misma razón, en 2025 Lula retiró a Brasil como miembro observador de la IHRA, llamando “genocidio” a la ofensiva israelí en Gaza y comparándola con el Holocausto. En 10 días, la Asamblea Nacional francesa tratará un proyecto de ley impulsado por el oficialismo justamente “contra las nuevas formas de antisemitismo” que estallaron tras el 7 de octubre. El texto es combatido por la izquierda, temerosa de que sea “un peligro para la libertad de expresión”. Mientras tanto, la dirigente de La Francia Insumisa (LFI) y eurodiputada Rima Hassan es investigada por “apología del terrorismo” por celebrar a Kozo Okamoto, uno de los autores del atentado perpetrado el 30 de mayo de 1972 en nombre del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) en el aeropuerto de Tel Aviv, en Israel. El terrorista mató a 26 personas, entre ellas un canadiense, ocho israelíes y 17 ciudadanos estadounidenses de Puerto Rico. Así se entiende que LFI lanzara una petición para recoger 500.000 firmas e imponer un debate contra el proyecto de ley. También que la diputada del Frente de Izquierda, Vanina Biasi, procesada por incitar a la discriminación antisemita, se solidarizara con Hassan.

 

El problema es que es el nuevo antisemitismo, que se hace llamar antisionismo, el que hoy mata, viola, pega, quema sinagogas, aterroriza a los judíos a quienes, además, se les priva de definir lo que les está pasando. No lo hace en nombre del antisemitismo; quienes están detrás de los ataques dicen actuar en nombre del antirracismo. Sí, existe un grupúsculo dentro de los judíos ortodoxos, Neturei Karta, que se opone por motivos teológicos a la existencia de Israel (no quiere un Estado de Israel antes de la llegada del Mesías). Sí, también existen los que el historiador Georges Bensoussan llama los “judíos sublimes”, judíos alejados de la realidad de la violencia antisemita, convencidos de su superioridad moral, usados de coartada por los Hassan y Biasi de este mundo para justificar su odio contra los sionistas, que son la inmensa mayoría de los judíos.

 

La realidad es como el chiste ese de que entran al bar un judío sionista y un judío antisionista y el barman les dice: “Acá no atendemos a judíos”. ¿Importa si no les sirven por judíos o sionistas? El resultado es el mismo. El bar izquierdista Partisan de Río de Janeiro, que prohibía el ingreso a israelíes y estadounidenses, ¿por qué nunca tendría esa política hacia los rusos por la invasión imperialista de Ucrania, o hacia los chinos por perseguir y meter a la minoría musulmana uigur en campos de concentración? Mientras no se entienda que de eso está hecho el antisemitismo que hoy discrimina, agrede y mata por antisionismo, el antisemitismo “no existe”.