SEÑOR PRESIDENTE.- Continuando con este acto de conmemoración en
memoria de las víctimas del Holocausto, tiene la palabra el señor legislador
Gloodtdofsky.
SEÑOR GLOODTDOFSKY.-
Señor Presidente: queremos dar la bienvenida a todos quienes hoy nutridamente
nos acompañan y sorprenden porque, en los tiempos en los que vivimos, no es
usual ver poblada la Barra de la Casa de todos, si bien la ocasión lo justifica
y la oportunidad es la mejor.
Esta es una conmemoración solemne que debe estar imbuida
de un gran recogimiento y de una gran introspección; una conmemoración que nos
lleve a realizar una reflexión tan profunda como cada uno de nosotros pueda
hacer acerca de hechos de tamaña gravedad histórica que han justificado que el
Holocausto sea considerado como un acontecimiento singular y único en la
historia del hombre.
Más de seis millones de
personas fueron exterminadas, ¡no como consecuencia de un acto bélico –con toda
la irracionalidad que ello supone–, no por diferencias en torno a lo que cada
uno de nosotros puede pensar! –injustificadas por cierto, e injustificables,
naturalmente–, sino simplemente porque se trataba de un proyecto político. He
ahí, entonces, la primera advertencia de la jornada que nos ocupa: el proyecto
político supone el involucramiento del Estado y la responsabilidad de los
pueblos. He ahí, señor Presidente, la advertencia que supone para que la
humanidad no deje, ¡ni por un solo minuto!, ni abandone, ¡ni por un solo
minuto!, el estado de alerta que la causa convoca.
El proyecto de ley sobre
este día de recordación de las víctimas del Holocausto del pueblo judío ingresó
al Senado el 3 de mayo de 2011, a partir de una iniciativa presentada en el año
2007 por el entonces Diputado Tabaré Hackenbruch, que no culminó su trámite de
aprobación y que en la actual legislatura fue promovida por los señores
Diputados Magurno, Espinosa y Osorio.
El 1.º de noviembre de
2005, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución n.º 60/7,
por la que designó la fecha del 27 de enero «Día Internacional de Conmemoración
anual en memoria de las víctimas del Holocausto». Como señalaba el señor
legislador Trobo, ese día, pero del año 1945, las fuerzas armadas rusas
liberaron en tierras polacas el mayor campo de exterminio nazi en Auschwitz,
situado cerca de Cracovia, en Polonia, un lugar de montes y pantanos que en el
año 1943 llegó a tener hacinados, en doscientos cincuenta barracones de madera
y piedra, a aproximadamente cien mil personas y en el que en sus crematorios
podían ser quemados cuatro mil setecientos cincuenta y seis seres humanos.
¡Este el tamaño de la barbarie!
En el informe del
proyecto de ley aprobado por la Comisión correspondiente, se señala: «Con estas
actividades se busca movilizar a la sociedad civil en el sentido de la
recordación del Holocausto y la educación al respecto, con el fin de ayudar a
prevenir actos de genocidio en el futuro».
Creo que resulta
sobreabundante decir a los señores legisladores y a quienes nos acompañan en el
día de hoy que las horas que vive el mundo más que justifican, no solamente
este acto sino también lo que sabiamente se indica en la exposición de motivos.
Hoy es muy importante el recuerdo, no por el recuerdo en sí porque, como decía
Borges, el olvido es una forma de la memoria; significo especialmente este
acto, ¡porque es voluntario, porque manifiesta nuestra convicción de recordar!
¡No es un recuerdo porque sí, involuntario! ¡Es un acto de convicción! ¡Es la
voluntad especialmente puesta en recordar, porque no solamente alcanza con
aquello que quedó en nuestra memoria, sino que lo más importante es,
precisamente, lo que se dice en una parte del informe: «prevenir actos de
genocidio en el futuro»! Y agrego yo: prevenir actos similares. No podemos
cambiar el pasado, pero nuestra responsabilidad es precisamente esta:
¡prevenir, actuar, recordar, refrescar la convicción y la voluntad!, aspectos
todos señalados con claridad meridiana en el proyecto de ley.
Asimismo, este es un
propósito que apunta a honrar a las víctimas y a enseñarnos a aprender de las
circunstancias que pueden llegar a perpetuar el crimen contra la
humanidad.
En el informe también se establece que la
conmemoración debe servir para mantener vivo el recuerdo y nos advierte que las
instituciones y los valores democráticos no se sostienen por sí mismos, sino
por actos de este tipo: de convicción republicana, que necesitan ser
apreciados, cuidados y protegidos. Nos alecciona diciéndonos que el Holocausto
no fue un accidente de la Historia, sino que ocurrió porque las organizaciones
y los gobiernos –como decía al inicio: los proyectos políticos– tomaron
decisiones que no solo legalizaron la discriminación, sino que favorecieron los
prejuicios, el odio y, en última instancia, los asesinatos en masa. Este Día y
esta conmemoración ayudan a tomar conciencia acerca del valor del pluralismo y
animan a la tolerancia en una sociedad diversificada y plural; muestran los
peligros del silencio, la apatía y la indiferencia frente a la opresión.
Decía que hoy es un día de recogimiento y reflexión, de
recuerdo voluntario y de expresión del convencimiento que tenemos sobre la
necesidad de mantener vivos estos temas.
Ahora quisiera reseñar algo que decía Golda Meir, y
discúlpeseme por hacer una pequeña digresión personal. En el período de
1985-1990, en momentos en que integrábamos la Junta Departamental con quien me
precedió en el uso de la palabra, el legislador Trobo, tuve la suerte y el
honor de presentar un proyecto para levantar un monumento en la ciudad de
Montevideo en memoria de Golda Meir, por quien profeso una especial admiración.
Ese proyecto contó con el auspicio de un entrañable amigo a pesar de la
diferencia de edad, el contador Samuel Bregman, que aprovecho la oportunidad
para recordarlo. Juntos le pusimos el hombro y al día siguiente de que
terminara la legislatura, el 16 de febrero, el ya Intendente Tabaré Vázquez, en
uno de sus primeros actos, inauguró el monumento –obviamente, concurrí al acto–
que se encuentra entre el Mercado Central y el Teatro Solís. Cada vez que paso
por allí, por ese humilde logro personal, recuerdo las palabras de Golda Meir
en cuanto a ponernos en el lugar del otro. Precisamente, hace tantos años ya,
en esa Junta mantuvimos un debate respecto de cómo hacíamos para entender la
Historia poniéndonos en el lugar del otro.
Golda Meir decía:
«Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. Pero nunca les vamos
a perdonar el hacernos matar a los suyos. La paz llegará cuando los árabes amen
a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros». Si enfrentamos estas palabras
a un espejo, veremos que lo que nos están diciendo, lo que se dicen a sí mismas
es: ¡lo imperdonable es parecernos a quienes nos hacen daño; lo imperdonable es
que nos pongamos en el lugar de quien nos agrede, agredamos y seamos igual a
él! Esa es una convicción profundamente democrática y propia del Occidente
cristiano, del Occidente judeocristiano al que pertenecemos todos nosotros,
porque todos somos herederos de esa misma cultura. Estamos hablando de la
empatía, de ponernos en el lugar del otro, como decía Golda Meir, de lo que en
el cristianismo se llama poner la otra mejilla.
Lamentablemente, Señor
Presidente, esto no ocurre en estos días. Hoy se escuchan voces que niegan el
Holocausto, que proclaman la voluntad de que desaparezca el Estado de Israel;
hoy crece el armamentismo de vecinos poderosos que hacen alarde de su
potencialidad atómica, que construyen cohetes que alcanzan a civiles en el Estado
de Israel, que bombardean constantemente asentamientos fronterizos y ciudades;
hoy se denuncia la participación de países tan lejanos en nuestra vecina
Argentina, donde se produjo el atentado a la AMIA, que apuntó a matar civiles
inocentes: ancianos y niños. ¡Es por todos estos hechos que debemos mantener
vivo el recuerdo! Lo que ocurría en Alemania en 1938, hoy sucede en todo el
mundo. Hoy, en Francia la grande, la cuna de la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano, allí donde se establecieron las garantías y donde
cambió la historia, vuelve a arder la llaga que propiciaran aquellos a quienes
se los señaló como colaboracionistas. ¡Hoy hay colaboracionismo en el mundo
entero! ¡Hoy esa misma llaga nos arde a todos y nuestra decidida convicción es
la única que puede sanarla! Lo mismo ocurre en la República Argentina. No hace
falta profundizar en tales hechos; pero sí vale la pena recordar que a
principios del siglo XX, en Rosario, había pogromos, y allí nació la conocida
expresión: «Yo, argentino». ¿Saben por qué? Porque le pegaban a cuanta persona
encontraban en la vía pública, rompían vidrios al atentar contra locales
comerciales. Y como le pegaban a cualquiera, automáticamente, cuando alguien se
sentía agredido decía: «Yo, argentino», para que no le pegaran. En esa época se
daban situaciones sumamente parecidas a las que tanto recordamos y lamentamos
del continente europeo. Se dieron acá al lado, en esa nación tan hermana y tan
lejana como lo es la República Argentina. Lo digo con respeto, pero insisto y
lo ratifico: tan hermana y tan lejana.
Señor Presidente: entendemos que de todo lo señalado nace
la importancia de este acto, como importante fue la creación del Estado de
Israel. Como dije, pertenecemos a la misma cultura, somos lo mismo, y nuestro
deber es siempre ponernos en el lugar del otro.
Pese a algunas señales preocupantes que nos hacen estar
alerta, en Uruguay nos sentimos orgullosos de esa diferencia. Desde hace
treinta años, en mi despacho trabaja el hijo de una polaca judía, tengo
sobrinos nietos y sobrinos judíos, mis patrones en la actividad privada lo son,
y estoy rodeado de amigos judíos, y en cada judío siento un uruguayo que piensa
lo que piensa en función de sus valores y de su cultura. Tengo el libro del
doctor Günther Drexler «Como el Uruguay no hay (No hay cómo llegar)», en el que
relata la inmensa travesía partiendo desde Alemania para llegar a nuestro país
en aquellos tiempos. Allí cuenta un episodio vivido por un tío a quien iba a
buscar la Gestapo. Ese hombre, que había peleado por Alemania durante la
Primera Guerra Mundial, se puso el uniforme del ejército, esperó detrás de la
puerta y cuando los soldados golpearon, él abrió y lo vieron con su uniforme.
Perplejos, los agentes de la Gestapo retrocedieron y se fueron; salvaría su
vida después el veterano Siegfried. ¡Ese es el ejemplo! Reitero que ese es el
ejemplo: dónde estaba la barbarie, dónde estaba el absurdo y dónde estaba el
sentirse propio de la tierra, pensando lo que es y siendo heredero de lo que se
recibe. Esa es la conclusión de un siglo XX tan fascinante y, a la vez, tan
cruel; ese es el norte que debe guiarnos a todos por encima de fronteras y de
nacionalidades, de religiones y de diferencias.
Es posible, señor Presidente, que hoy sea la última vez
que hable en este Parlamento, y no pude tener mejor suerte y honor que hacerlo
abordando este tema, que va mucho más allá de la política y de la tarea
parlamentaria: simplemente hace a cada uno de nosotros como ser humano.
Muchas gracias.
(Aplausos en la Sala y en
la Barra).