Diputada Daisy Tourné: “El régimen nazi fue terriblemente duro y cruel con las mujeres…”

05/Feb/2014

Discurso del Diputada Daisy Tourné en la Comisión Permanente del 27 de enero de 2014, Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto

Diputada Daisy Tourné: “El régimen nazi fue terriblemente duro y cruel con las mujeres…”

Y para culminar el cuarto y último discurso pronunciado en la sesión especial del 27 de enero pasado, en esta ocasión por la Diputada Daisy Tourné.SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra la señora Legisladora Tourné.SEÑORA TOURNÉ.- Señor Presidente: para mí es nuevamente un honor representar a la bancada del Frente Amplio en esta oportunidad de honrar la memoria y la dignidad de las víctimas del pueblo judío y otros colectivos, tal como establece la ley que nos rige. En lo personal, jamás he podido evitar recordar, tal cual figura en el libro de Eduardo Galeano «Recordis. Volver a pasar por el corazón», la carga de emoción y de profunda conmoción que estos hechos tienen para mí, y creo que para todas y todos los que estamos acá.La memoria es muy importante y por eso me parece absolutamente pertinente lo que estamos realizando. El señor Legislador Abdala acaba de leer un testimonio impresionante en donde Rajchman, en su libro «Un grito por la vida», nos habla de la importancia de recordar. Hay un bello texto de Eduardo Galeano que habla de la memoria y dice: «Como trágica letanía se repite a sí misma la memoria boba. La memoria viva, en cambio, nace cada día porque ella es desde lo que fue». Por eso creo que es muy importante cumplir hoy con la función que tengo: yo represento, vuelvo a presentar. Por ello he elegido, hoy que tengo voz, honrar la memoria y la dignidad de las mujeres, y hago esa opción porque coincido con la periodista y escritora Montse Armengol, española, autora del libro «Ravensbrück, el infierno de las mujeres» con que, en la historia, a veces, entre los olvidados, hay quienes son más olvidados que otros.Para eso me he basado en este libro «Ravensbrück, el infierno de las mujeres» y también en un estudio realizado por otra española denominado «Cuando sus cuerpos se hicieron humo: Lo indecible de la Shoá a través de los textos literarios femeninos», que dice lo siguiente: «La exaltación de la raza y de la sangre arias llevó a la denigración y aniquilación de judíos, eslavos, gitanos y negros; comunistas, socialistas y unionistas; escritores, artistas, religiosos, homosexuales y discapacitados. Todos ellos fueron perseguidos brutalmente, sin discriminar la política racial hitleriana a ninguna víctima por su sexo, edad, condición o clase». Esto no fue fruto de la locura o de la insanía; esto fue una opción política clara de un régimen opresor. No había locura en esto sino una opción política clarísima. Continúa: «Hombres, mujeres y niños judíos vivieron experiencias comunes en los guetos y en los campos de trabajo y de exterminio nazi, y los cuerpos de todas las víctimas y supervivientes fueron vejados, mutilados y/o gaseados. En el horror del Holocausto no puede haber comparaciones entre el sufrimiento de hombres y mujeres judíos. Sin embargo, el cuerpo de unos y otras marcó sus destinos, porque ellos fueron perseguidos y maltratados de acuerdo a su especificidad». Fueron maltratados y vejados de distinta manera por la condición de género.Más adelante dice: «Ravensbrük, ‘el puente de los cuervos’ en alemán fue inaugurado oficialmente en 1939. Está situado al noroeste de Alemania, solo a 80 km. de Berlín.- El 15 de mayo de 1939 Ravensbrük ya está a punto para recibir a sus primeras 837 prisioneras. El campo tenía capacidad para 4.000 detenidas, pero un año después de su inauguración ya sobrepasaba esta cifra. A partir de allí Ravensbrück fue el infierno para 132.000 mujeres y niños» y niñas que pasaron por ese campo, de los cuales murieron noventa y dos mil.¿Por qué hago esta diferencia por condición de género? Porque exterminar a los judíos era una opción política clara y, por lo tanto, ser madre era un delito. En los guetos, las mujeres vivieron su maternidad con la misma ansiedad que en los campos de concentración. En muchos de ellos el aborto, que bajo el régimen nazi dejó de estar penado y fue practicado abiertamente sobre mujeres de raza inferior, se declaró obligatorio y toda aquella que era descubierta en los meses de gestación era obligada a deshacerse del feto o se la enviaba en el primer transporte a alguno de los campos, donde inmediatamente era gaseada. En 1942 en Ravensbrück, los médicos de las SS recibieron la orden de provocar el aborto a todas las mujeres cuyo embarazo fuera inferior a los ocho meses. Perdóneseme la crudeza, pero si no se recuerda con la crudeza que corresponde, no se es honesto con la realidad de lo que pasó. En 1943, uno de los verdugos, el físico Percy Treite, juzgó preferible esperar al parto y hacer estrangular a los recién nacidos en presencia de sus madres. Resistiéndose a las brutales leyes nazis, que condenaban automáticamente a los hijos y unían el destino de sus madres a ellos, muchas mujeres eligieron la muerte antes que el aborto; otras, en las peores condiciones, siguieron viviendo como resistentes, porque seguir viva era una forma de lucha. Eso también lo saben muchas uruguayas.Al bajar de los camiones y de los vagones de los trenes que las trasladaban hacinadas desde los guetos y las ciudades ocupadas, las judías eran separadas mediante un proceso de selección en la llamada «rampa»: todas aquellas cuyos vientres hinchados delataban su preñez y el surgir de una nueva vida, y toda judía que llevase a niños en brazos o cogidos de la mano eran apartadas para morir inmediatamente, a pesar de que eran mujeres jóvenes con capacidades plenas para soportar el duro trabajo al que eran sometidas, al cual también me referiré.Hay un testimonio terrible, una cita de Nomberg Przytyk, un oficial de las SS que, justificando la matanza de mujeres y niños, dice textualmente: «Cuando un niño judío nace, o cuando una mujer viene al campo ya con un niño […] no sé qué hacer con el niño. No puedo dejar al niño libre porque ya no hay judíos que vivan en libertad. Tampoco puedo dejarlo en el campo porque no hay facilidades allí que permitan al niño desarrollarse normalmente. No sería humanitario enviar a un niño a los hornos sin permitir a la madre estar allí para ser testigo de la muerte del niño. Ese es el motivo por el que envío a la madre y al hijo juntos a los hornos de gas». Este es el testimonio confeso de un Oficial de las SS. No era un loco; sabía lo que hacía.En este libro que leí en forma apasionada y que, lamentablemente es muy difícil de conseguir hay testimonios de trece mujeres que pasaron por los campos de Ravensbrück y lograron sobrevivir. Porque como les decía sobrevivir era parte de la lucha, quedar vivo para hablar, para contar, para decir una y otra vez lo que habían padecido era parte de la lucha y sigue siéndolo. Por eso nunca estaremos de acuerdo con el silencio obligado ni con la impunidad de los delitos.Edita Fischer checoslovaca deportada por ser judía cuenta: «Nos mataban de distintas maneras, y todas eran terribles. Pegaban a la gente hasta la muerte, o los mataban de hambre, o los colgaban en la horca… Pero para mí, lo más duro eran las cámaras de gas. Me resulta horroroso imaginármelo. Cuando leo las historias de aquellas pobres mujeres con sus hijos… Una mujer que estaba a punto de entrar en una cámara de gas con sus cuatro hijos le gritó al director de Auschwitz: ‘¿Cómo es posible que matéis a estos cuatro niños tan guapos?’. Evidentemente, no le sirvió de nada. Contaban que primero caían los niños y después los adultos, y por último los hombres, y cuando se abrían las puertas estaban todos tiesos, de color azul y verde. Y todo eso yo lo sigo viviendo dentro de mí, de día y de noche. Y en los últimos años aún más intensamente. ¡Es horrible! Matar a esa gente con gas, el Zyklon-B, como si fueran insectos, como si de piojos se tratara… Es una idea increíblemente retorcida». Pero es una opción política pensada, no una casualidad.El régimen nazi fue terriblemente duro y cruel con las mujeres, precisamente, por su diferencia: su capacidad de reproducción.Neus Catalá es otra de las mujeres que da su testimonio en este libro. Ella no era judía sino una resistente española, catalana y creo que comunista, que escapó del régimen franquista y luchó con los maquis en la resistencia francesa contra el fascismo y fue capturada. Neus Catalá, que da también un conmovedor testimonio, cuenta cómo eran transportadas a Ravensbrück: «Eran trenes de ganado con unas cien personas en cada vagón, con un poco de paja en el suelo y no te daban nada de comida. Hacía mucho frío; cuanto más al norte, más frío. Teníamos un cubo para hacer nuestras necesidades, pero con el traqueteo del tren las porquerías se te caían por encima. Íbamos apretadas como sardinas. Nosotras estuvimos cinco días de viaje, y durante el trayecto mirábamos por una rendija e íbamos tirando papelitos con mensajes. Sabíamos que muchos ferroviarios se jugaban la vida recogiendo esos papelitos y haciéndoselos llegar a nuestras familias para que supieran que estábamos vivas y dónde estábamos». Yo vi un papelito escrito en yiddish en el Museo de Yad Vashem, en Israel, que decía «Nos van a matar pero yo los amo», y estaba firmado por una mujer. Continúo: «Pero cuando vimos un cartel en alemán con letras góticas entendimos que ya no hacía falta tirar más papelitos… Ya estábamos dentro de la trampa, ya no había huida posible. Llegamos de noche, hacia las tres de la madrugada, porque estos viajes siempre se hacían de noche. Nos hicieron bajar a bastonazos, pero algunas ya estaban muertas en el vagón. Nos hicieron ir corriendo por un camino hasta la entrada del campo y allí nos esperaban diez SS a cada lado con diez aufseherinnen y diez perros lobo. […] Nos hicieron pasar por la calle central del campo, la strasse, y en ese preciso momento las prisioneras salían del appell, del recuento. Esas mujeres eran calaveras que nos miraban, sólo veías ojos y calaveras. Nosotras decíamos: ‘Pero, ¿esto qué es? ¡Hay muertas que nos están mirando!’. Estábamos anonadadas, y ellas también, porque ver llegar a 1.000 mujeres de golpe era muy fuerte».Stanislawa Baffia, que era una polaca que fue detenida, también, por la resistencia al fascismo, como combatiente, y fue a dar a Ravensbrück, expresó: «La entrada en el campo la tengo grabada en mi cabeza como si fuera una película en blanco y negro. Nos hicieron formar y por nuestro lado desfilaron todas las prisioneras que ya vestían el uniforme de rayas. Parecían autómatas: andaban tintineando, con la mirada perdida e inexpresiva. Ellas no podían decirnos nada, ni siquiera mirarnos, y nosotras tampoco. Estábamos en la formación y cualquier movimiento, cualquier palabra, podría haber significado la muerte.- Nos obligaron a desnudarnos, allí mismo, delante de todo el mundo, y después nos hicieron entrar en las duchas. Nos afeitaron la cabeza al cero y nos dieron el uniforme de rayas con el número correspondiente. Ya no éramos las personas de antes: nuestro aspecto físico había cambiado radicalmente, pero también habíamos cambiado por dentro, habíamos perdido nuestra identidad y libertad, y desde aquel momento los SS harían todo lo posible para que también perdiésemos nuestra dignidad».¿Acaso nosotros no conocemos eso? Necesitamos esta historia. Por supuesto que el horror se puede repetir; los uruguayos lo sabemos. Sabemos de las peladas y los pelados; sabemos de los uniformes y de borrar los nombres para dejar solo números. Conocemos ese dolor. Sabemos que, a veces, seguir vivo, resistir es una forma de luchar, y eso es algo que estas dignas mujeres, con una enorme solidaridad entre ellas, protegiéndose, ayudándose, supieron dar: seguir vivas. ¿Para qué? Para poder dar el testimonio, para poder poner en palabras el horror a efectos de que no se repita.Entre los testimonios que figuran en ese documento que habla de lo indecible de la Shoá a través de los textos literarios femeninos, hay uno que habla de ese factor, que también es una decisión política: no ser lo que sos, perder tu identidad, vejarte, humillarte. Eso es parte del aniquilamiento que querían hacer hasta llegar a la muerte. El hambre fue otro aspecto. Tenían que andar con una escudilla colgada al cuello para recibir una inmunda sopa sucia, pero las mantenía vivas, y se las daban unas a las otras; inclusive, aquellas que estaban tan débiles que no podían mi moverse eran alimentadas por sus hermanas para que pudieran seguir vivas.Stanislawa Baffia expresó: «Todo cuanto amé y preservé en el mundo como sagrado lo perdí en el Holocausto, incluyendo casi seis preciosos años de mi vida. Todo lo que me quedó en el mundo después de la liberación de Malchow, Alemania, fue mi cuerpo esquelético (menos el pelo y mi ciclo mensual), un andrajoso traje de lager, sin ropa interior, un par de zuecos de madera desparejados y destrozados y mi ‘insignia de honor’, un gran número azul, el 25673, que los nazis tatuaron en mi antebrazo izquierdo el día de mi iniciación al infierno de Auschwitz».Las mujeres fueron utilizadas como conejillos de indias por Mengele y sus secuaces. Stanislawa Baffia continúa: «Setenta y siete mujeres polacas fuimos utilizadas para que los médicos alemanes hicieran prácticas con nuestros cuerpos, como si de ratas de laboratorio se tratara. Al principio hacían las operaciones sin anestesia de ningún tipo, pero como la enfermería estaba al lado del barracón de oficiales, al parecer se quejaron porque los gritos les molestaban. Entonces nos empezaron a suministrar morfina durante todo el día. Vivíamos en un estado de semiinconsciencia, sin saber muy bien lo que sucedía. […] Estábamos todas atadas en las camas y siempre drogadas. Intentábamos hablar entre nosotras en los pequeños momentos de lucidez que teníamos, pero nos era muy difícil concentrarnos. Éramos conscientes de que nos estaba pasando algo terrible, pero no teníamos ni idea de dónde estábamos, ni de qué nos hacían. Las enfermeras ni siquiera entraban en nuestra habitación: sólo tenían acceso la doctora Oberheuser,» fiel a las SS «que todas las mañanas nos controlaba las constantes vitales, y el doctor Schidlausky». Lamentablemente, también hubo mujeres que fueron amanuenses de la brutalidad. Es verdad.Señor Presidente: la memoria, el testimonio, traer la voz, la palabra de quienes tanto sufrieron, conmover, recordar en el sentido de volver a pasar por el corazón, saber la verdad es la única forma de detener que estas cosas vuelvan a suceder. Por eso, estas conmemoraciones son muy importantes; por eso, hay que recordar en ese sentido. Es muy difícil recordar, porque es doloroso, porque a las víctimas les ocasiona un profundo dolor. A nuestras mujeres que padecieron prisión, tortura, vejámenes, violaciones en las cárceles del Uruguay, en las épocas oscuras de la opresión, les costó mucho abrir la boca y hablar.También testimonia este dolor estoy finalizando; hablaría sin parar, pero sé que sería una falta de respeto una mujer, que expresa: «Rompí el silencio muchos años después. […] de repente, empecé a hablar. Y desde ese momento tuve que empezar a asimilar muchas cosas. El silencio era como una enorme losa, y al romperlo me empecé a sentir realmente liberada, y por ese motivo ahora puedo leer libros sobre este tema. Antes no hubiera podido. Leo todas esas obras, y mucha gente me pregunta por qué lo hago. Pero tengo que hacerlo. Es mi manera de asimilarlo. A medida que me hago mayor, los recuerdos se me hacen más presentes.- Siempre me he preguntado por qué sobreviví yo. Muchos supervivientes tenemos un sentimiento de culpabilidad. ¿Por qué yo me salvé y los otros no? Y aún hoy no he encontrado la respuesta. No hay respuesta para ciertas preguntas».Por eso cuento. Por eso preservo la memoria y por eso creo que es importante cumplir con nuestra función de representar, de traer de nuevo la voz de las víctimas para que se oiga, para que nos conmueva, porque es la única forma de preservar la memoria. Levantar la losa del silencio y encontrar la verdad es la única manera para que estos hechos no se sucedan nunca más, señor Presidente.(Aplausos en la Sala y en la barra)