Día internacional de la mujer.

08/Mar/2019

Día internacional de la mujer.

En el mes de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. En diarios y páginas de internet publican sobre el origen de esa celebración. Es un día para aprender a respetar el trabajo de la mujer. Se habla de la “marcha de las costureras” de New York, demandando mejores condiciones de trabajo en 1857, de las jóvenes trabajadoras fallecidas en el terrible incendio de una fábrica en 1911. Otros sitúan el origen el 8 de marzo de 1917, durante la Primera Guerra Mundial, cuando las mujeres de Rusia se declararon en huelga en demanda de ”pan y paz”.
Y ¿qué pasa con el trabajo de la mujer en la Biblia?
Muchas de las profesiones femeninas que recuerda la Biblia siguen hasta el día de hoy, sin grandes cambios. Maimónides expresa: “La gloria de la hija del rey está en su hogar”. La gloria de la mujer, está en el interior de la casa. En lo que hasta hoy se llama “ama de casa”. Cuidar la casa y ayudar en la tarea del marido, ya fuera labranza de tierra, aprendiz de artesano o asistente de comercio.
En la fuente bíblica, el trabajo de la mujer se establece desde el mismo momento de su creación. Lo más interesante es que son dos momentos en realidad, porque en la Biblia no hay un solo relato de la Creación del ser humano, sino dos. Hoy vamos a comentar sólo una.
En Génesis Capítulo II (1) , “Creó el Eterno al hombre con polvo de la tierra y le insufló aliento de vida y fue el hombre alma viviente… Tomó el Eterno al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo trabajara y lo cuidara…”
Más tarde dijo el Eterno: no es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda kenegdó (idónea, o apropiada).
En este relato Adán es creado solo; polvo de la tierra al cual el Señor insufla aliento de vida, hasta que el hombre se transforma en alma viviente. Su misión es labrar y guardar la tierra y el huerto del Señor. Una tarea callada y humilde. Desde que nace, Adán está solo. No tiene con quién comunicarse a su mismo nivel. El Señor opina que esa situación no es buena, pero Adán tiene que dar una parte de sí mismo para tener compañía humana. Su Eva nace después de él, de una tsela (costilla, costado o cola) (2) del mismo Adán (3).
¿Cómo es la mujer en este relato? Es un ser humano de menor categoría que el hombre. Para cumplir el mandato con que fue creado, este Adán debe guardar y cuidar la tierra del Señor, esta Eva tiene que cuidar a Adán, por él, para él y aun poniéndose en contra de él. Desde el principio, está claro que a una mujer así, la Ley bíblica no la va a dar las mismas obligaciones, trabajos ni posibilidades que al hombre. La Edad Media discutió si la mujer “tenía alma”, dado que sólo se habla de alma en la creación del varón. Los racionalistas judíos entendieron que el alma es la facultad racional del hombre, la inteligencia. ¿Qué inteligencia podía tener una mujer?
Por otra parte, en el Talmud (4), dice Rabí Iehuda Ha Nasí: La mujer fue dotada con mayor inteligencia que el hombre. Pero es inteligencia natural, que las mujeres no pueden desarrollar y en consecuencia a pesar de ser inteligentes, tienen poco entendimiento. Maimónides, en sus obras jurídicas, habla de “seres simples y de poco entendimiento, como mujeres y niños”. Un midrash (5) pregunta. ¿Por qué el Eterno creó primero al hombre y después a la mujer? Y la respuesta es: “Porque no quería consejos de cómo hacer las cosas”.
Los rabíes que compilaron la jurisprudencia hebrea en el Talmud, se plantean la interrogante: ¿Cuál es la ayuda kenegdó, idónea, que la mujer presta al hombre? ¿Qué trabajos significa?
Rabí Iosí formula imaginariamente esa duda nada menos que a un profeta del Señor: el profeta Elías, con estas palabras: “Si él tiene trigo, ¿ella muele trigo? Si él tiene lino, ¿ella hila el lino?” (6).
Rabí Iosí vivía en Galilea entre fines del siglo I e.c. y principios del siglo II e.c. Tiempos turbulentos, con la tierra de Israel sometida a Roma, los judíos esperaban la pronta venida del profeta Elías como heraldo del Mesías. Rabí Iosí cree que Elías ya se acerca, sueña con él, piensa que ya está escuchando a los seres humanos. Plantea su duda al profeta y ya en su pregunta se ve qué es lo que Iosí opina: Eva se limita a ayudar a Adán en el trabajo que él disponga, sin alzar la voz y sin protestar ni reclamar independencia. Su tarea se limita a cuidar la casa, los niños y la comida y ayudar al marido en su taller. Es un concepto muy extendido en todo el mundo, aún al día de hoy.
En la contestación del profeta Elías, se expresa una idea distinta: “Ella le trae claridad a la vista y lo pone de pie”. Esta es una opinión minoritaria en la tradición hebrea, que en las palabras del profeta, plantean una tarea diferente para la mujer: Eva sitúa al hombre de cara al futuro y lo pone de pie, eleva a su marido, gracias a ella, él puede despegarse de sus necesidades básicas y levantar la mirada hacia el cielo y las estrellas. Es bueno saber que este no es concepto que haya inventado el moderno movimiento feminista. Es un viejo concepto hebreo, tiene 2000 años de antigüedad y está recogido por escrito en el Talmud.
Rabí Eleazar da otra respuesta: “Si él es digno, ella lo ayuda. Si no es digno, se vuelve contra él”. Eleazar deduce este concepto del doble significado de la palabra hebrea “kenegdó”; Eva presta una ayuda a la vez “para” y “contra” Adán. También podría entenderse como una alegoría: la Ley de Israel se para frente al hombre y le exige que cumpla con sus mandamientos; la mujer también, se para frente al marido y le exige que cumpla con ella. “Si él es digno, ella lo ayuda”. Habría que preguntarse ¿cómo es el hombre digno? ¿Eso depende de lo que consideren los demás o de la opinión de su mujer? Rabí Shlomo ben Isaac, más conocido como Rashi, (1040-1105), lo explica así: “Él tiene que merecerla”. Ese es el marido digno, el que se toma la tarea de merecer a su mujer.
Rashi vivió en Troyes, al Noroeste de Francia. El redactó por escrito, en idioma hebreo, la explicación de todos los puntos oscuros de la Biblia y el Talmud, para hacerlos entendibles a los judíos franceses de su tiempo. Cuando el hebreo bíblico no le resulta suficiente, Rashi explica “en buen romance“, es decir en la lengua del pueblo que lo rodea en el siglo XI, francés transliterado a letras hebreas. (7) Su comentario ha sido usado durante estos últimos 900 años para aclarar las palabras de la Ley hebrea de la Biblia y Talmud.
La idea de Rashi “él tiene que merecerla”, nos lleva a una relación personal e íntima de cada pareja. El concepto es muy actual. ¡Los ancianos rabíes conocían mucho más de sicología de lo que pudiéramos pensar! Hoy en día diríamos que marido y mujer tienen que tomarse el trabajo de merecer al otro, pero los problemas de la pareja siguen radicando en lo que planteaban desde hace mucho los rabíes: ella y él necesitan ser el justo complemento. Aplicándola a las relaciones humanas, la misma teoría ha presentado en la sicología del siglo XX, el profesor norteamericano Eric Berne, llamándola “análisis transaccional”. (8)
Las relaciones humanas buscan todas, su equilibrio, su justo complemento, dice Eric Berne. Uno domina, si el otro se deja dominar. Pueden trabajar como socios si cada uno acepta al otro a su mismo nivel. Pero si uno pretende dominar y el otro quiere que los dos tengan igual categoría, surgirán las peleas. La relación mutua funciona si en sus relaciones la pareja consigue equilibrio, si se complementa lo que uno ofrece con lo que el otro espera merecer.
1 Génesis 2: 7, 15 y 18.
2 Talmud, Tratado Eruvin, folio 18 a.
3 Ver “La soledad del hombre de Fe “de Iosef Soloveichik, Publ. OSM, Jerusalem, 1977, págs. 33 a 37.
4 Talmud: redacción escrita de la jurisprudencia hebrea. Esta cita es del Tratado Nidá (menstruación e impureza de la mujer) folio 45 b.
5 Midrash: Investigación rabínica del texto de la Biblia.
6 Talmud, Tratado Iebamot (Cuñadas), folio 63ª.
7 Ver más ampliamente este tema el Tomo II de “Talmud y Derecho” publicado en el año 2009 por la Facultad de Derecho de la UdelaR, Ed. Fondo de Cultura Universitaria, págs 84 a 110.
8 Ver de Eric Berne,” ¿Qué dice usted después de decir “Hola”?. Ed. Grijalbo, Barcelona, 1974, Capítulo 2, págs. 25 a 36.