Desde el kibutz Nir Itzjak junto a Gaza, una historia de esperanza

24/Abr/2026

Semanario Hebreo Jai- por Ana Jerozolimski

 

 

Janet Cwajgenbaum Swierzenski, uruguaya-israelí, sabe que hay mucho que celebrar en este Iom Haatzmaut, a pesar de todo lo vivido y los muchos problemas por resolver.

 

El 7 de octubre del 2023, Janet y su familia se salvaron, pero su kibutz Nir Itzjak pagó un duro precio por el horror. En el ataque terrorista fueron asesinados en el kibutz Iaron Shajar, Oren Goldin, Boaz Avraham, Ofek Arazi, Tal Haimi y Lior Rudaeff. Los dos últimos fueron secuestrados ya sin vida a Gaza y fueron devueltos en el marco del último alto el fuego. Ela Hamoi sufrió heridas graves en el festival Nova y 3 semanas más tarde falleció en el hospital. Además un joven del kibutz que estaba en el ejército, Ofir Melman, murió en la base de Maguen Sufá, cerca de Nir Itzjak. En total, 8 miembros del kibutz murieron a raíz del ataque de Hamas.

 

Los nombres de las víctimas mortales fueron agregados al monumento recordatorio de los caídos del kibutz en guerras y otros eventos nacionales anteriores.

 

Fueron secuestrados Clara Merman y su pareja Luis Har, Fernando Merman, Gabriela Leimberg y su hija Mía. Y ya sin vida, Tal Haimi y Lior Rudaeff.

 

2 miembros del kibutz resultaron heridos pero lograron escapar de sus captores: Moshe y Diana Rozen.

 

Y 120 casas fueron dañadas.

 

Janet, su familia, amigos y vecinos, nunca lo olvidarán. Pero la actividad que hay en el kibutz, el regreso de gran parte de las familias, los momentos compartidos, dejan en claro que se pone énfasis en lo mucho que vale la pena preservar el hogar y seguir adelante.

 

Entrevistamos hace muy poco a Janet y volvimos a hablar con ella días atrás, a raíz de la guerra con Irán. La entrevista completa se publicará en la próxima edición. En este número especial, compartimos su testimonio de hace unos días, sobre Nir Itzjak en tiempos de guerra con Irán.

 

“Los 40 días de guerra se vivieron en Nir Itzjak de forma muy especial. Ante todo, porque justamente quienes estaban dudando si volver, por todo lo que había pasado, en esta época de guerra retornaron al kibutz. Y lo mejor es que muchos de ellos ya decidieron quedarse definitivamente y no esperar el verano para regresar al kibutz. Así que podríamos decir que el 90-94% de la población del kibutz regresó a casa, lo cual los puso a todos muy contentos”, cuenta con satisfacción.

 

Janet aparece aquí con varios de los tailandeses que volvieron a trabajar en el kibutz hace ya bastante más de un año, a pesar del trauma de lo vivido el 7 de octubre

 

Le preguntamos sobre la guerra, la última…por ahora.

 

“Fue una guerra diferente, sin duda. También en la de junio contra Irán, nosotros en la zona adyacente a Gaza lo vivimos de otra manera que el resto del país. Lo principal es que tuvimos muchas menos alarmas, prácticamente días enteros en los que no hubo ninguna, lo cual dio mucha tranquilidad.

 

Eso nos permitió también que casi 200 personas vengam a estar en el kibutz. O sea, no sólo ijos de los miembros que viven en el kibutz que vinieron a estar  con sus familias, sino que muchos de ellos trajeron en distintos momentos amigos o familias amigas, para que pudieran de algún modo respirar un poco de tranquilidad”.

 

El fenómeno fue bastante generalizado en muchas localidades de la zona, que recibieron a gente que llegó del norte y centro de Israel, sintiendo que podían corresponder a la hospitalidad que muchos recibieron cuando tuvieron que irse de sus casas por el horror del 7 de octubre.

 

Janet lo sintió en forma personal. “Fue una época muy especial en lo personal porque después de tantos años de haber estado necesitando en lo personal salir del kibutz, irnos a otro lado y ser recibidos por amigos o por familia en distintas partes del país, esta vez nosotros pudimos recibir a otros”.

 

¿Quiénes? Pues mejor preguntar quién no.

 

“Recibimos amigos, recibimos amigos de nuestros hijos, recibimos familia. Pudimos dar, pudimos retribuir, pudimos de algún modo a nivel familiar abrir los brazos y decir vengan que acá está más tranquilo. Eso da mucha satisfacción”.

 

A Janet y su esposo Leo les gusta recibir gente en casa. Abren su corazón. Así que es fácil imaginar la dinámica.

 

“Prácticamente casi todos los fines de semana recibimos gente, ya fuera por dos o tres días o simplemente a pasar el día, el Shabat con nosotros, y eso nos dio mucha satisfacción, nos permitió abrir los brazos, abrazar, poder dar el abrazo en lugar de ser solo los que necesitan ser abrazados de algún modo, ¿verdad? Así que estuvo muy bueno”.

 

Eso no fue sólo una satisfacción personal sino una situación que incidió claramente en el ambiente general en el kibutz

 

“Fue impresionante. De pronto veíamos por todos lados no solo hijos de amigos que vinieron con sus nietos, lo cual nos permitía al fin conocerlos, sino en general recibir a otra gente que había llegado buscando un poco de tranquilidad. En general, por supuesto, todos los que llegaron son conocidos de alguien, pero lo interesante fue que gente que tenía sus casas deshabitadas, digamos, que no han vuelto al kibutz, sí permitieron que amigos o gente conocida entre a sus casas y se aloje en ellas, incluso hasta tres semanas”.

 

Y evidentemente la caridad debe comenzar por casa, como afirma el dicho popular. Y el propio hijo de Janet, Guilad, que estudia en la ciudad de Beer Sheba y reside en un departamento en el que no sólo no tiene habitación blindada sino que tampoco tiene refugio en el edificio, podía tener una solución en el kibutz en el que creció, que sigue siendo el hogar de sus padres. “Eso nos dio mucha tranquilidad, especialmente porque Beer Sheba estuvo seriamente en la mirilla de Irán”.

 

Lo mismo con Ariana , su hija, que vive en la ciudad de Ramat Gan. “Si bien tiene refugio en su edificio, como a Ramat Gan disparaban mucho y hubo varios impactos de misiles a su alrededor, fue una gran cosa que también ella haya podido venir a casa. Pudimos compartir todo ese tiempo y así nosotros podíamos estar tranquilos. Y era sin duda una experiencia interesante volver a tener a los hijos adultos en casa. Pero bueno, es otra cosa porque todos cocinan, todos ayudan, todos prenden la máquina para lavar la ropa o hacen compras, o sea que de algún modo eso nos permitió a mí y a Leo seguir de algún modo yendo a trabajar también”.

 

Esta singular experiencia, que Janet resume en términos positivos, tiene un lado oscuro, que a Janet no se le escapa.

 

“Las guerras se suceden y cada vez uno entiende que las amenazas siempre son muchas y van cambiando los frentes de modo que cada vez hay otro lugar inseguro. Y el motor que mueve todo esto es siempre el mismo: el intento de destruirnos, lo cual es muy desalentador. Es muy difícil vivir de esta manera”.

 

Pero ya mencionamos al principio el optimismo y las ganas de vivir.

 

“Como siempre digo, hay que seguir pedaleando porque si no, uno se cae de la bicicleta. Así que bueno, no hay más remedio que seguir para adelante, también cuando sentimos que es como una locura. Pero además, se pasa, como se dice ahora, de 0 a 100. Se acordó alto el fuego y tras una dinámica con numerosas alarmas por día, ya volvieron en gran parte del país los chicos a las escuelas y a los jardines y la gente a trabajar y uno dice, bueno, pero ¿y el día de respiro? Es como que acá no pasó nada y bueno, estábamos en guerra, ahora no estamos por dos semanas. Volvamos a la normalidad. Es una realidad muy difícil.

 

Como todo, como yo siempre digo, miremos el medio vaso lleno y sigamos para adelante y viendo todo lo bueno que nos pasa. Yo miro como algo muy bueno esto que nos pasó a nivel de kibutz, a nivel familiar, que fue poder recibir a todo el que quiso venir, el que estaba necesitando ese mimo de un poco de tranquilidad. Y eso nos hizo muy bien, sin duda».