Leonardo Guzmán
El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en el Palacio de Chaillot -París- la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Su Preámbulo proclamó: «la libertad, la justicia y la paz tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana».
Apenas tres años después de terminar la 2ª Guerra Mundial, ese texto elevó la tragedia ensangrentada a concepto doliente: «el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad».
o se quedó en diagnóstico. No aceptó la dictadura de los hechos. Colocó «la conciencia» por sobre las justificaciones. Y por encima de datos y miserias, alzó ideales y propósitos: «la aspiración más elevada del hombre» es «el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias».
Rigurosa, la Declaración retomó la regla de equivalencia de toda persona ante el Derecho, con las palabras que usaron la Ilustración y El Contrato Social desde mediados del siglo XVIII y que el 26 de agosto de 1789 selló la Revolución Francesa para «el Hombre y el Ciudadano» con mayúscula reverencial. Y repitió «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos».
Pero -otra vez- no quedó en eso solo. Convocó a los deberes: «dotados como están de razón y conciencia», los hombres «deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Con ello, situó los derechos en la frontera de los deberes y el quicio del amor. «Fraternalmente» acogió las asperezas de toda discusión como vasos comunicantes con la función unificadora de los sentimientos; y en el hombre individual enclavó lo colectivo, no para limitarlo sino para que pudiera realizarse como protagonista.
Como las Siete Partidas, el Bill of Rights y nuestra Constitución, la Declaración de 1948 nació pensada desde y para la grandeza del hombre. Fue redactada cuando acababan de caer los mitos de raza y nación de los totalitarismos pardos, como un límite infranqueable para las demasías de cualquier Estado o corporación que en el futuro quisiere explotar cualquier otro mito abarcador.
Por eso, la Declaración es ariete y convocatoria.
No nos habilita a cruzarnos de brazos frente a la basura ni a justificar el fracaso educativo por la inequidad social: al revés, nos llama a recordar cómo, desde honrosa pobreza, se alzó lo mejor de nuestra sanidad y nuestra educación. No legitima lo que somos: nos convoca a lo que debemos ser. No nos perdona flaquezas. Nos interpela desde lo permanente, que no es el peso muerto de lo que traemos sino la gestión viva de lo que cada uno está llamado a hacer en el aquí y ahora de las horas que la vida le presta.
Por eso, hoy en el Uruguay necesitamos redefinir la clase de hombre al que referimos derechos, deberes y garantías. Lo cual puede parecerles teórico a quienes no saben que la faena del Derecho viene vaciándosenos porque, a vista de todos, se nos empobrece el hombre.
Derechos del Hombre
10/Dic/2010
El País, Leonardo Guzmán